
Jugaba la luna por los cañaverales de Dauseda; al fondo,
eterna, seguía soñando la Casa de las Sirenas. Yo garabateaba con
nocturnidad-siempre tuve esa costumbre- nombres en la arena. Un guiño
descuidado, me hizo aquella que pasea
por las barandas del cielo, y, entonces,
decidí que debía escribirte estas cuatro letras.
Has dejado atrás el cielo de Tokio, ese que decías que no te
dejaba ver las estrellas. Ahora contemplas el cielo de Madrid, donde para tí se
rasgan las nubes y aparecen las lucecitas de todos cuantos te guardan desde
allá arriba que, bien pensado, no debe ser mal sitio.
Desde Madrid sí se ven las estrellas; y ella sabe bien que hay razones para creer y confiar
en ellas.
Yo la llamo “mi niña flamenca”. Otras veces me viene el
capricho de decirle “mi cielo”. Pero acabé por nombrarla “mi ángel bueno”, ese
que me cuida aunque nos separen distancias estelares. No hay distancia que no
cubran las alas de un ángel tan sensiblemente humano.
Dice que bailar la salva del desaliento, del dolor que pone
en el corazón, ¡ay!, algún amor traicionero.
Mi niña flamenca oye las voces de la tierra, voces campesinas
que le recuerdan que nuestras vidas son
la suma de muchas otras vidas: las que fueron, las que son y las que serán.
Mi niña flamenca me revoluciona por soleares la vieja caja de
galletas en la que guardo, entre envoltorios de caramelos- una colecciona cosas
extrañas-, su recuerdo.
Ella tiene los ojos grandes y risueños, expertos en cornás y
desengaños. Pero a pesar de ello sonríen y son
capaces de reparar los agujeros
negros, los lunares oscuros que cada quien lleva en el alma.
Mi niña flamenca es una loquita que habla sin parar. Ella es
mi loquita. Es ese remanso en el que reposan las cosas que mi corazón no puede
guardar él solo, esas cosas que descompensan mis sístoles y diástoles.
Dice que es un poco bruja, y debe ser verdad; aunque ya os
digo yo que es bruja despistada. Alguna madrugada he sorprendido a su sonrisa
colándose por las rendijas de mi ventana.
-¡Mi niña, vamos a hacer un conjuro para cuantos chuflas,
chufloides, palmeros y demás acompañamiento, quiera fastidiarnos el karma!
-¡Pues vamos allá, mi arma!, le digo yo remedando con las
manos ese salero que se gasta.
¡Tontita me pone cuando baila! Sabed que me pinta de azul el
cielo y es capaz de ponerme de nuevo en el camino necesario de la poesía.
Y , en estos tiempos en que la noche se empeña en hacerse
eterna, es bueno tener a mano a una niña con bata de cola que va sembrando
flores allá por donde pasa.
Mi niña flamenca es capaz de reparar alas rotas y balsas
golpeadas. Ella puede dar fe conmigo de que Ícaro no es tan vulnerable como parece. Y yo sé que hay
veces que siente su corazón dolido, porque que no nos cuenten milongas: el
corazón duele, y mucho. Por intenso que sea el dolor, ella nunca olvida que
amor con amor se paga.
Porque ella sabe de decepciones y de ojos traicioneros, pero
se cura bailando…Y baila… y baila hasta que vuelven a nacerle alas, y se siente
renacer de nuevo.
¡Baila, mi amor, no dejes de hacernos soñar! Porque cuando
bailas, soy capaz de imaginar que existe otro mundo humano, sencillo, a nuestra
medida de seres imperfectos, corrientes y molientes, a los que les puede el
corazón y la utopía.
Mª José Vergel Vega
NOTA: La foto es de Ismael Duarte Santos.