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Os dejo el pregón en honor a San Benito Abad, que tuve la inmensa dicha de compartir con los cañaveraliegos ayer 16 de Abril.
Hermandad
de San Benito, presidente y directiva.
Señores
Mayordomos.
Señores
cofrades.
Señor
Cura-Párroco de Santa Marina.
Señora
Alcaldesa.
Amigos
y vecinos de Cañaveral.
Dejad
que comience sincerándome y que os diga
que, a la par que profundamente agradecida, me siento abrumada y nerviosa por
presentarme en este hermoso marco, ante vosotros y tener la osadía, nada menos,
que de pregonar a San Benito, sin ser cañaveraliega.
¿Por
qué acepté estar aquí esta noche, pregonando algo que es tan vuestro y que sólo
vosotros, que lo habéis vivido desde la infancia, conocéis a la perfección?
Sólo vosotros, queridos cañaveraliegos, sabéis el amor y la devoción que
profesáis y demostráis a este santo con cara de niño.
Son
varias las razones que me llevaron a
decir sí a este encargo tan difícil y tan especial.
Una
de las razones es Lola Santos, que me llamó una mañana y me anunció la buena
nueva, y que no era otra, que a la
Hermandad de San Benito le gustaría que yo fuera la pregonera de este 2017.
-¡Pero
si yo no he visto nunca la fiesta!, dije en mi defensa.
No
sé cómo se las apañó esta mujer de dulce y eterna sonrisa, pero de repente y
sin saber muy bien cómo, me vi pronunciando un sí enorme y convencido. Y no
podía ser de otra manera, ese sí debía de ser rotundo por Lola y por Leopoldo
que, hace ya algunos años, se convirtieron en “compañeros del alma”, gracias al bendito Vía Dalmacia, el instituto
que une a nuestros pueblos y en el que hemos vivido mil y una aventuras.
Y
dije sí, porque la infancia de esta torrejoncillana son recuerdos de una fonda,
que ahora mismo araña mis sentidos, en el Puerto de los Castaños, a la que iba
con la abuela María Elvira a rendir visita a su pariente tía Jacinta “La del Puerto”, como yo la llamaba.
Aún
hoy, y mira que ya han pasado años, me llega el olor de aquellos guisos,
exquisitos y sencillos que preparaban las “muchachas”,
las hijas de tía Jacinta. No tengo que forzar mucho la memoria para verme
sentada en aquella cocina humilde ayudando, vaya usted a saber, a cortar judías , escogiendo lentejas o las
más de las veces, como sería lo más
normal, correteando como un duendecillo
entre fogones. Éste es uno de los recuerdos que me reconfortan el alma cuando
una se pone un poquito mohína.
Otro
lazo que me une a Cañaveral es la relación radiofónica que conecta vuestro
pueblo con el mío. Las ondas han sido capaces de crear una relación muy
estrecha entre nosotros, y el punto de conexión, el que ha sido capaz de
enchufar los cables adecuados, no ha sido otro que Antonio J. Canales que, lo
que son las cosas, está casado con Rosa, una de las nietas de tía Jacinta. Como
podéis comprobar, la vida está hecha de
conexiones, yo lo creo profundamente. Todo, absolutamente todo, está conectado
en este mundo.
Como
véis, son muchas y de peso las razones por las que no pude negarme a la
propuesta que me hacía llegar Lola con tanta ilusión. Pero hay otra razón más
que pesa tanto como las otras.
Hoy,
16 de Abril, es Domingo de Resurrección,
y la vida para mí, en un día como hoy, tiene la peculiaridad de cubrirse de
blanco. Esa vida es creada de nuevo por
manos divinas. Resurge con fuerza la energía renovada, la confianza en que el
mundo un día terminará por estar hecho a la medida del hombre.
Domingo
de Resurrección, hermoso día para pregonar el advenimiento de la luz, para
poner nuestros pies sobre el sendero de luz que nos llevará al lugar donde se
aloja el verdadero gozo de vivir.
Hoy
me sumerjo en el blanco para invitaros a nacer de nuevo, para que renovéis la
esperanza en quienes os rodean, para que desterréis los malos augurios, la
desgana de vivir que las cosas malas de este mundo nos producen. En medio de
ese mar tan blanco del Domingo de Resurrección, flotan unas palabras de Santa
Teresa de Jesús, la santa de Ávila, que me acompaña en muchos momentos, sobre
todo en aquellos en los que la vida se descose un poquito: “Tristeza y
melancolía no las quiero en casa mía”. Y eso es el Domingo de Resurrección: dar
de lado a las tristezas y coser la vida para que brille de alegría.
Perdonad
que no pueda incluir entre mis razones las vivencias y recuerdos de esta fiesta
que tanto amáis. Intentaré que mis palabras sean capaces de hacer justicia a
este santo sencillo, y haceros justicia a vosotros , a vuestro pueblo y a vuestras
hermosas tradiciones.
¡Que
San Benito me guíe en este cometido!
Uno
de mis mayores miedos, ese que se me presentaba en medio de la noche,
perturbando mi descanso, era qué podía decir yo, una profana en la materia,
puesto que no había tenido la ocasión de vivir la fiesta en primera persona.
Una
vez calmada la ansiedad que todo nuevo reto provoca en nuestro ánimo, lo
primero que me cuestioné fue qué podía aportarnos, a nosotros habitantes de
este siglo XXI que a veces, día sí día también, ¿verdad?, nos asfixia tanto, qué podía aportarnos este santo con cara de
niño y poso de sabio, en estos tiempos de noticias asesinas que tiñen de
sombras nuestros días.
La
Regla de San Benito, que tiene ya muchos
siglos de existencia, puesto que se fecha allá por el año 530 , aunque no se
puede afirmar categóricamente que sea esta fecha, fue donada a través de un
manuscrito por el Papa Zacarías a la Abadía de Montecasino a mediados del siglo VIII. Allí,
en Montecasino, la encontró Carlomagno, unificador de las tierras cristianas de
Occidente, a finales del siglo IX y ordenó repartir un ejemplar a cada
monasterio del Imperio. Una de las copias de ese manuscrito se conserva hoy en
el Monasterio suizo de Saint Gall, para
que no olvidemos nunca volver nuestros ojos a estas enseñanzas.
Una
regla, basada en un sencillo y llano sentido común, en la que San Benito insiste en la vida
comunitaria y el espíritu familiar y que fue escrita en un principio para los
monjes cenobitas, que eran los más estables, ya que vivían en un monasterio
bajo la tutela de un Abad, los otros tipos de monjes, más nómadas, no ofrecían
todas las garantías a San Benito.
Pudiera
parecer que esto no va con nosotros, ciudadanos del siglo XXI, pero
comprobaremos que estamos muy equivocados si leemos la historia de San Benito Abad, y nos
detenemos a reflexionar sobre su Regla. Comprobaremos que de su lectura extraemos fácilmente, ejemplos prácticos para la vida,
unos fundamentos filosóficos para andar por el mundo que buena falta nos hace
llevar a mano en nuestro equipaje de caminantes.
Dicen
de él que fue un monje perfecto. Ya desde niño, refleja San Gregorio Magno, que
“tuvo cordura de anciano”.
A
solas consigo mismo, con las tribulaciones de su alma, dicen las crónicas que
abandonó su casa y los bienes de su padre y decidió huir del mundanal ruido y
dedicar su vida a Dios como principio y fin, como Alfa y como Omega.
Benito
de Nursia fue un maestro de virtudes, amante entregado de la soledad. Supo
vivir consigo mismo por amor a Dios, pero sobre todo, yo creo que por amor a
la Humanidad, porque prefirió buscar el modo
correcto de darse a los demás a través
de hacer un ejercicio de introspección. Comprendió que sólo conociéndonos a
nosotros mismos, en la soledad del corredor de fondo, indagando en lo que somos, podemos llegar a
conocer al prójimo y respetarlo como el
ser sagrado que es y del cual formamos parte.
San
Benito tuvo el acierto de acomodarse a vivir en los pronombres, como más tarde
dijera uno de aquellos miembros de la maravillosa y necesaria Generación del
27, Pedro Salinas. Unos versos que os recomiendo y que a mí me hicieron
conectar al poeta con el santo, sería quizá por una de esas conexiones que
encuentras en el camino, sin saber muy bien cómo; o quizá porque los poetas, al
igual que los santos, tienen la dicha de comunicarse con el mundo divino:
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
¡Qué
curioso! ¿Verdad? ¡Qué cerca Benito de Nursia y Pedro Salinas a tenor de estos
versos. Sólo los poetas y aquellos que son tocados por el aliento divino son
capaces de comprender que debemos nuestra voz al prójimo y a ella ha de
encaminarse para fundir el yo en el nosotros y reconocernos en él, y esto sólo
se consigue desde la soledad del yo. San Benito lo supo.
Porque
“por la exaltación se baja y por la humildad se sube”, reza una de las reglas
de San Benito, reglas que no sólo sirven, insisto, para el mundo monacal, sino que están ahí para
alumbrarnos y facilitarnos el camino a los seglares, a los caminantes que paso
a paso, caminamos hacia el horizonte un día tras otro en busca de un cachito de
paraíso en esta tierra inhóspita que habitamos. Y el horizonte y la utopía ,
como diría Eduardo Galeano, tienen la mala costumbre de alejarse un paso más
cuanto más cerca estamos de ellos, y puede que, cansados de caminar, nos
dejemos vencer y detener nuestros pasos.
Pero no hay que detenerse, caminantes, porque la utopía y el horizonte alguien
los puso en el mundo para alentarnos a eso, a seguir caminando. Sólo aquel que
no desiste, llega a buen puerto. Se hace camino al andar que dijo Machado. ¡Qué
cerca los santos y los poetas!
Que
tratemos siempre de ser ornados por la “humilitas”, ese sentimiento de pequeñez
que debería embargarnos a los
hombres frente a todo lo creado. Por eso, la vida en los pronombres, el
diluirnos en el otro para reconocernos como criaturas humildes y sabernos limitados; esa vida desde el nosotros
que nos permita despojarnos de
inflamados egos que sólo conducen a convertir en siervos a nuestros semejantes,
utilizándolos para encumbrar al Yo a Director
General del Universo: el Yo como dios en la tierra y esto es muy peligroso.
San
Benito, conocedor y ejemplo de “humilitas”, pregonó la normalización de lo
heroico y la heroicidad de lo cotidiano; o lo que es lo mismo, sólo a través de
amar las pequeñas cosas llegaremos a ser grandes. Somos criaturas al servicio
de los demás y no debemos vanagloriarnos de nuestros actos, pues esto sólo
conduce a la deshumanización y, por ende, a la cosificación del hombre.
Pequeñas cosas, de las que sabe mucho San Benito, como por ejemplo la lectura en voz alta
durante las comidas, intenso placer del que disfrutaban los monjes de la orden
de San Benito, que debían de respetar el silencio como una de las normas
sagradas de la comunidad en la que
vivían, cuando precisaban algo durante la comida debían solicitarlo por signos,
de tal manera que ninguna voz interrumpiera la voz del lector, porque ese
lector estaba cumpliendo un encargo divino: dar alimento al alma: ¡Dejad leer y
dejad danzar!, diría Voltaire más tarde.
Os
invito a vivir en los pronombres y volver
los ojos hacia el ejemplo vital de San Benito Abad, al “Ora et Labora”, regla
de reglas, precepto a tener en cuenta a la hora de echar a andar cada día cada
cual a nuestros asuntos. Orar cada uno como le salga del corazón, profese la
religión que profese, abrace el credo político que crea conveniente…orar de manera libre, como nuestra alma sepa o
necesite hacerlo. Y trabajar para que las labores cotidianas no nos conduzcan a
la alienación ni a la falta de dignidad. Oración y trabajo como regalos de la
divinidad.
Orar
y trabajar en esta Europa de la que formamos parte y de la que es patrón San
Benito desde que en 1964 Pablo VI lo proclamara como tal a través de la Carta
Apostólica “Pacis”; esta Europa que
necesita con urgencia que lo moral prime sobre lo económico. Esta vieja Europa
que necesita no mirar hacia otro lado
ante las guerras que asolan el mundo y que no nos quedan tan lejos; ante la
gente sin patria que vaga por los caminos y a los que encerramos como animales
para que no osen alterar nuestro estado de tranquilidad; ante los mil y un
náufragos que no encuentran un puerto seguro en el que recalar día tras día, a
los que contemplamos impasibles morir en la arena a los pies de nuestra
indiferencia…, ante los 800 millones de nuestros semejantes que se acuestan con
hambre cada día y a la aurora les pueden el dolor y la desesperanza de sentirse
abandonados por una Europa que cada vez recorta más en cooperación y desarrollo
. Y, desgraciadamente, suma y sigue.
Hay que cambiar ese hay que hacer algo para
después no hacer absolutamente nada: “
Igual que una flor bella y de brillante color, pero sin perfume, así de
estériles son las buenas palabras de quien no las pone en práctica” (Buda).
Traigo esta cita a colación para qué veáis qué cerca están los fundamentos
morales en todas las religiones del mundo, somos nosotros los que levantamos
muros de intolerancia y nos dejamos llevar por los radicalismos.
Porque
tendemos a creer que aquel que viene de fuera, ¡qué concepto tan extraño: “aquel que viene de fuera”. ¿Somos acaso
dueños de la tierra? Somos, merced a todas estas cosas, seres contradictorios que a la par que
hablamos de globalización acotamos el terreno que consideramos nuestra porción
de tierra prometida. ¿Por qué cerrar fronteras, si el mundo debería ser un
lugar libre de ataduras y libre de ataduras debiera de estar la gente que lo
habita? El mundo no es de nadie y es de todos.
Hemos
de ser valientes y pasar de los lamentos a los hechos y hemos de hacerlo por
aquellos que no pueden con la piedra de la opresión que portan sobre su
espalda. Y debemos hacerlo, aún a sabiendas, que aquel que se atreve no ya a
decir, sino a hacer lo que ha dicho, lo más probable, es que esta sociedad tan
intolerante en la que vivimos, en la que sigue muy presente, y que nadie se me
escandalice, aquel cruel Código de
Hammurabi (ojo por ojo…) y no la Regla de San Benito…le salga al paso y acabe
con los buenos propósitos de construir un futuro mejor.
Quien
se atreve a ser libre en sus dichos y en sus actos, termina por ser un proscrito
de la sociedad. Pero hay que buscar la manera de no achantarnos ante las
injusticias; conociendo nuestra propia indignidad, decía San Benito, haremos
dignos a quienes nos rodean, que son nuestros semejantes, no lo olvidemos.
Nuestro acto de rebeldía para con este mundo ha de ser vivir pese a todo.
Haremos
un mundo más justo cuando nos sintamos orgullosos de lo bueno que llevamos
dentro. Hemos de intentar, intentarlo al menos, ofrecer a los demás la parte de
santidad que cada uno albergamos dentro. No olvidemos que somos humanos y que
hemos de amar al prójimo sobre todas las cosas. En todas las almas hay
sembradas semillas de bondad, sólo hay que dejar que florezcan.
Oración
y trabajo para terminar con la indiferencia, para al menos intentar hacer de este mundo la
antesala del paraíso. ¿Es posible un mundo menos inhóspito en el que todos
tengamos reservado el lugar en el que rozar , siquiera unos instantes, la
felicidad y la dicha de estar vivos? ¡Eso es una utopía!, gritarán y se reirán
en nuestra cara los que no les interesa
que los vencidos, los parias del mundo- etiquetas que ponen ellos- en las
muchas batallas de la vida, puedan arrancarse los jirones de desprecio y
vestirse, someramente, de dignidad.
¡Benditos los utópicos porque ellos saben que
sólo caminando pueden conseguirse las metas, hacerse realidad los sueños!
“Hay
que tener un deseo tremendo de ir al cielo”, éstas fueron , según rezan las
crónicas, las últimas palabras que salieron de la boca de San Benito. Hemos de
vivir con ese deseo, es necesario que así sea. Y yo añadiría que hay que desear
que el cielo esté en esta tierra maltratada por hombres de baja estopa que
juegan a ser dioses y que cada vez hunden más en el fango a los débiles.
Debemos esforzarnos por hacer de la tierra la antesala del cielo, y esto sólo tiene
un camino: nuestras manos dispuestas.
Utilizar
nuestras manos para construir un paraíso que a todos acoja, borrar fronteras,
derribar los muros que algunos se empeñan, día tras día y discurso a discurso en levantar.
Seamos
valientes, como lo fue San Benito, caminemos hacia Utopía. Tengamos el coraje
de cogernos de la mano y moldear un futuro en el que nuestras almas y anhelos
se encuentren y se abracen.
Los
“yoguis” utilizamos la palabra “Namasté”
cada vez que nos entregamos a la hermosa tarea de reconciliarnos con nosotros mismos y con el mundo:
“Namasté”, o lo que es lo mismo, mi alma saluda a tu alma, que es como decir,
aférrate a mi mano y seremos capaces de poner el cielo a nuestros pies.
SALUDAR,
hermosa palabra, que no es otra cosa que “dar salud”, la misma palabra lo dice.
¡Qué
gesto tan sencillo, pero cuánto nos cuesta! ¡Cuánto nos cuesta encontrar unas
normas que no dañen a nadie y faciliten la convivencia del nosotros global, sin
ninguna distinción. Lo mejor, o lo peor, según como se mire, es que esas normas
existen, me atrevería a decir, desde el
principio de los tiempos, y sabios y santos como este San Benito vuestro, y
ahora ya un poco más mío, vino al mundo para recordárnoslo: “Cada comunidad debe ser como una buena
familia donde todos se amen”.
Una
comunidad o una familia donde se nos valore por lo que somos y no por lo que
tenemos. Que aquello que atesoremos tenga un cariz inmaterial, porque eso nunca se acaba, cuanto
más damos más recibimos y más tenemos para volver a dar: a la tarde de la vida te examinarán del amor, decía San Juan de la
Cruz, puesto que el amor es la fuerza que mueve el mundo. Que estemos
dispuestos a repartir a manos llenas: humildad, amabilidad, paz, dignidad, amor…conceptos
que la mayoría de las veces guardamos bajo siete llaves por miedo, tal vez, a
parecer ñoños; pero, creedme, que en este mundo, que una tiene la sensación de
que se nos está yendo de las manos, nos hace falta mucha , pero que mucha ñoñez.
Nos
hacen falta gestos amables, manos dispuestas para caminar unidos, para
encontrar caminos de entendimiento, nos hacen falta palabras de aliento…
Digámonos
palabras hermosas, regalémonos el oído, porque a través de la liturgia de la palabra podemos
llegar a ese punto del camino en que todos entendamos lo que la vida es en
esencia: darse uno mismo para reconocernos en el otro. ¿No es esto vivir en los
pronombres?, como San Benito, como Pedro Salinas, como tantos santos,
sabios y poetas, hombres y mujeres de
buena voluntad han pregonado desde el alba de los tiempos lo mismo que estoy
pregonando yo esta noche. Ofreceros mi yo para vivir en el nosotros, para que
hagáis vuestras mis palabras si lo creéis necesario, para que todos hagamos
nuestras las palabras de San Benito.
¿Por
qué pudiendo ser amables, nos zaherimos?
“No soy digno de que entres en mi
casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Siempre
me pareció ésta una de las frases más hermosas que he escuchado nunca, una de
las pocas frases que es capaz de removérmelo todo por dentro. Palabras que
todos habéis reconocido y que fueron las que dijo a Jesús de Nazaret un
centurión romano cuyo criado estaba enfermo.
Las
palabras tienen la capacidad de sanar, de dar salud, de saludar, sólo hay que
usarlas desde el amor, desde el respeto, desde la humildad, desde el sabernos
iguales, considerando, eso sí y no es ninguna incongruencia, sagradas nuestras diferencias.
San
Benito hablaba de “Taciturnitas”, que
no es otra cosa que el uso adecuado y consciente de la palabra. Utilizar las palabras cuando
verdaderamente sean necesarias, no se ha de perturbar el silencio en vano.
Espero que yo esta noche no esté violentando esta sagrada regla. Porque usar la
palabra para alentarnos no es romper el silencio en vano, vale la pena romper
el silencio cuando es para insuflar ánimo en el otro.
Permitidme
que en esta última parte, porque hasta aquí he estado muy seria, ya que creí
necesario reflexionar sobre la sabiduría de vivir de San Benito, tan necesaria
para que no acabemos por sentirnos náufragos en medio de este mundo loco,
permitidme me convierta en aquella pregonera alegre de raigambre albertiana y pregone la
dicha que tenéis de vivir en esta tierra que continúa conservando el precepto
de la hospitalidad benedictina. Gracias por haber hecho que me sienta uno más
de vosotros.
Pregono,
una vez más, la dicha de vivir en los pronombres, como un día lo hicieran San Benito de Nursia y Pedro Salinas.
Que
San Benito bendiga esta tierra y los pasos que déis en ella cada día, porque en
ella el sol enciende luciérnagas entre las ramas de los árboles.
Que
San Benito bendiga estos lugares tocados por manos divinas en los que corren por el cielo ríos de
estrellas y el corazón late al ritmo caliente de las cigarras.
Bendita
sea vuestra intrahistoria. Benditos vosotros, cañaveraliegos, que os sentís
dichosos de transmitir vuestras costumbres de generación en generación, acto de
humildad y de grandeza para los que vendrán después. Con este gesto estáis
contribuyendo a hacer un mundo más
justo, puesto que lo que sois sale de esa parte buena del alma y hace
que os deis a los demás como regalo imperecedero.
Que
San Benito os guarde, cañaveraliegos, a vosotros y a este hermoso pueblo que,
estoy segura, merced a haber andado sus caminos, que lo guardan también las
hadas del Arquillo. Que este santo con cara de niño os siga haciendo caminar
por la senda de la alegría y la entrega a los demás, porque todo lo que hagamos
por el prójimo lo haremos por nosotros mismos, porque el yo sólo puede ser
grande si se reconoce en el nosotros y forma parte de él.
Que
San Benito nos lleve por esta senda de la vida en los pronombres para hacer de
esta tierra, en la que habitamos, un lugar digno en el que seguir echando
raíces y en el que permitamos recalar a los desarraigados. Que él, en este
domingo tan blanco, de Resurrección, nos ayude a desprendernos del hombre viejo
y a revestirnos del hombre nuevo para recrear un mundo de luz. Que las enseñanzas de San
Benito se hagan presentes , como ejemplo y guía, todos los días de nuestra
vida.
Mª José Vergel
Vega, Torrejoncillo Marzo-Abril de 2017.
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ResponderEliminarHermosisimo Maria Jose. Gracias por esas palabras tan inspiradoras que merecen ser releidas una y otra vez. Gracias por fundir tu yo con nosotros. Namasté.
ResponderEliminarGracias, Soledad. Para mí fue un placer compartir mis palabras con vosotros. Namasté.
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