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Niña frente al mar. Joaquín Sorolla |
Siempre decían en mi casa que resucitó al tercer día, según unas Escrituras Sagradas que la abuela Julia debía conocer muy bien, porque siempre lo decía muy segura.
La mañana del Domingo de Resurrección, la abuela me levantaba
muy temprano. Me metía en el barreño de zinc rebosante de agua templadita y me
lavaba a conciencia con una esponja que rascaba un poquito y que olía a
henodepravia.
Desde luego, aquel baño de los domingos de resurrección sería capaz de poner en pie hasta a los muertos, no me cabía duda.
Cuando consideraba que ya estaba lo suficientemente limpia,
la abuela Julia me envolvía en una toalla blanca de rizo grueso y calentita del
brasero. Y me sonreía. Y aunque la abuela Julia siempre sonreía, sus labios
adquirían un rictus distinto los domingos de resurrección.
La sonrisa de la abuela era blanca, igual que el vestidito
que me ponía para ir a la misa del Padre Solís, en la que siempre me echaba un
sueñecito; blanca como la túnica con la que yo me imaginaba que Jesús saldría
del sepulcro, triunfador de la muerte.
Todo era blanco los domingos de resurrección. Todo debía ser
perfecto; y si la abuela al mirarme me notaba mohína, repetía festiva
pellizcándome las mejillas, aquella rima de Santa Teresa que a mí tanto me
gustaba:
“Tristeza y melancolía , no las
quiero en casa mía”
Yo me reía a carcajadas y me dejaba peinar por las manos
viejas de la abuela…y todo se inundaba de blanco… y hasta las campanas de
Santiago debían seguir un pentagrama inundado de níveas notas…
Siempre oí decir en mi casa que al tercer día todo fue blanco
y, aunque no puedo asegurar si esto lo decían las Escrituras, lo que sí sé muy
bien es que los Domingos de Resurrección de mi infancia tenían la peculiaridad
de ser blancos como el “Pan de Ángel” que la abuela Julia le compraba a las
monjitas si conseguía no dormirme en misa en día tan especial…Palabra de Julia.
Mª José Vergel Vega