martes, 20 de enero de 2026

Dos personajes huyendo de su autora.

 


Por enésima vez pensé que tenía bemoles lo que mi querido editor me había pedido, recalcándomelo varias veces: quiero que el cuento tenga dos protagonistas, un paraguas y una tarta.

Definitivamente, al mercado editorial se le estaba yendo la olla, pero bueno está el oficio para que una se ponga exquisita. Remilgos los precisos, que las facturas hay que pagarlas religiosamente.

¿Un paraguas y una tarta? Pues ahí los tenía. Mi mala leche iba en aumento. Sentía que me estaba prostituyendo como escritora. Estaba a nada de convertirme en una marioneta en manos de mi editor, como otros que conocía.

Me ajusté el abrigo, comprobé que llevaba el borrador en el bolso, cogí el paraguas porque encima en esta dichosa ciudad amenaza lluvia todos los santos días, y salí a la calle como Caperucita obediente a llevar el encarguito de marras.

No bien había salido de casa, cuando el paraguas ─mi paraguas─ Y con el mismo tamaño comenzó a bambolearse en mi mano.

─Eh, tú, escribidora del tres al cuarto: me apetece algo dulce. Una tartita de queso tiernecita, con buenas chorreras de mermelada, estaría genial. En esa pastelería las hacen para morirse.

Para morirme estaba yo. Me quedé muda, blanca. No salía de mi asombro. Aquel artefacto, que llevaba conmigo media vida, para el que había comprado un paragüero de diseño ¿me estaba hablando? ¿Y me estaba pidiendo con toda su guasa una tarta de queso? Me dije: «Ana, tú vas a acabar muy mal. Fijo que te encierran el día menos pensado».

Intenté no hacer caso y continuar caminando a ver si llegaba pronto a la editorial y entregaba el borrador de mi vergüenza. Pero esta vez el insolente del paraguas parlanchín, me puso la zancadilla y caí al suelo. No me dio opción a levantarme. Primero sentí cómo pinchaba suavemente mi cuello, luego con más intensidad.

Mi cuerpo estaba absolutamente paralizado. Cerré los ojos y pensé un resignado sea lo que Dios quiera. Aquel desagradecido seguía en sus trece, quería algo dulce y más valía que me pusiera a ello inmediatamente.

Intenté balbucear un si dejas de pincharme te compro la mejor tarta de queso que hayas comido en tu vida, pero la voz no me subía de la garganta.

Suerte para mí que, en aquellos precisos momentos, en los que me debatía entre la vida y la muerte, apareció sin saber de dónde, un pequeño ser con cuerpo de sombrero con patas y una tarta de queso chorreante de mermelada en su cabeza.

Sentí que cedía la presión en el cuello. Ahora mi paraguas lamía con verdadera fruición el queso que chorreaba de Tartarín del Copete, nombre con el que mi salvador se había presentado.

«Tartarín del Copete, el Paraguas Parlanchín»… Ana, que pareces tonta, que estos son tus personajes. ¡Pero, qué demonios has hecho! Les has dado tanta cancha que ahí los tienes, tan reales! Les has insuflado tanta vida que se te han apeado del cuento.

-Muñeca -me dice el del sombrero con patas. Ser escritora es una profesión de riesgo, y más en estos tiempos de Inteligencia Artificial, que la carga el diablo.

-Somos tan buenos escupió el paraguas parlante-, te hemos salido tan redondos, que en estos momentos te vamos a regalar una moraleja para tu historia:

«Cuidado con lo que imaginas porque puede hacerse realidad. Algún día, nosotros, los personajes de vuestras historias, conquistaremos el mundo.»

 

Mª José Vergel Vega