Por enésima vez pensé
que tenía bemoles lo que mi querido editor me había pedido, recalcándomelo
varias veces: quiero que el cuento tenga dos protagonistas, un paraguas y una
tarta.
Definitivamente, al
mercado editorial se le estaba yendo la olla, pero bueno está el oficio para
que una se ponga exquisita. Remilgos los precisos, que las facturas hay que
pagarlas religiosamente.
¿Un paraguas y una
tarta? Pues ahí los tenía. Mi mala leche iba en aumento. Sentía que me estaba
prostituyendo como escritora. Estaba a nada de convertirme en una marioneta en
manos de mi editor, como otros que conocía.
Me ajusté el abrigo,
comprobé que llevaba el borrador en el bolso, cogí el paraguas porque encima en
esta dichosa ciudad amenaza lluvia todos los santos días, y salí a la calle
como Caperucita obediente a llevar el encarguito de marras.
No bien había salido de
casa, cuando el paraguas ─mi paraguas─ Y con el mismo tamaño comenzó a
bambolearse en mi mano.
─Eh, tú, escribidora del
tres al cuarto: me apetece algo dulce. Una tartita de queso tiernecita, con
buenas chorreras de mermelada, estaría genial. En esa pastelería las hacen para
morirse.
Para morirme estaba yo.
Me quedé muda, blanca. No salía de mi asombro. Aquel artefacto, que llevaba
conmigo media vida, para el que había comprado un paragüero de diseño ¿me
estaba hablando? ¿Y me estaba pidiendo con toda su guasa una tarta de queso? Me
dije: «Ana, tú vas a acabar muy mal. Fijo que te encierran el día menos
pensado».
Intenté no hacer caso y
continuar caminando a ver si llegaba pronto a la editorial y entregaba el
borrador de mi vergüenza. Pero esta vez el insolente del paraguas parlanchín,
me puso la zancadilla y caí al suelo. No me dio opción a levantarme. Primero
sentí cómo pinchaba suavemente mi cuello, luego con más intensidad.
Mi cuerpo estaba
absolutamente paralizado. Cerré los ojos y pensé un resignado sea lo que Dios
quiera. Aquel desagradecido seguía en sus trece, quería algo dulce y más valía
que me pusiera a ello inmediatamente.
Intenté balbucear un si
dejas de pincharme te compro la mejor tarta de queso que hayas comido en tu
vida, pero la voz no me subía de la garganta.
Suerte para mí que, en
aquellos precisos momentos, en los que me debatía entre la vida y la muerte,
apareció sin saber de dónde, un pequeño ser con cuerpo de sombrero con patas y
una tarta de queso chorreante de mermelada en su cabeza.
Sentí que cedía la
presión en el cuello. Ahora mi paraguas lamía con verdadera fruición el queso
que chorreaba de Tartarín del Copete, nombre con el que mi salvador se había
presentado.
«Tartarín del Copete,
el Paraguas Parlanchín»… Ana, que pareces
tonta, que estos son tus personajes. ¡Pero, qué demonios has hecho! Les has
dado tanta cancha que ahí los tienes, tan reales! Les has insuflado tanta vida
que se te han apeado del cuento.
-Muñeca -me dice el del sombrero con patas. Ser
escritora es una profesión de riesgo, y más en estos tiempos de Inteligencia Artificial,
que la carga el diablo.
-Somos
tan buenos escupió el paraguas
parlante-, te hemos salido tan
redondos, que en estos momentos te vamos a regalar una moraleja para tu
historia:
«Cuidado con lo que
imaginas porque puede hacerse realidad. Algún día, nosotros, los personajes de
vuestras historias, conquistaremos el mundo.»
Mª José Vergel
Vega

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