sábado, 30 de diciembre de 2017
domingo, 10 de diciembre de 2017
La tierra prometida
“ He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo
que existe”
(J. Ortega y Gasset)
Ha pasado el tiempo demasiado deprisa,
velozmente han ido sucediéndose las
estaciones, y allí sigue varado en la orilla, acompañando con su sombra a aquel
barco que un día pintamos de esperanza. El viejo chopo va dejando al
descubierto sus cansadas raíces y se inclina hacia el agua quieta del río,
coqueto aún, intentando conservar la compostura . Mi gigante verde siempre me
recibe con las ramas abiertas.
¡Cuántos momentos de ocio he pasado
en aquel barco amarrado a la cintura del chopo y que se mecía al compás de la
brisa suave de la siesta! Cuando pienso en aquel tiempo tan azul ,me recuerdo
siempre con un libro entre las manos, poniendo rumbo a los mares del sur en
compañía de esa loca que es la imaginación de los niños y de las historias de
Jack London, por supuesto. Otras veces me quedaba muy quieta, con los ojos
puestos en el movimiento aleteante de las hojas del viejo chopo, hasta que me
quedaba dormida y me dejaba llevar por el sueño hacia cualquier expedición por
la luna. Yo de pequeña quería ser muchas cosas, pero sobre todo, astronauta;
ahora tengo vértigo, ay que ver cómo te cambia el tiempo. Otras veces, componía
canciones con los poemas que me rondaban la cabeza y me ceñían el corazón,
echando mano de aquella guitarra que jamás aprendí a tocar, porque mis dedos
siempre fueron torpes. Me viene a la memoria aquel romancillo de Góngora que
dice:
La más bella niña
de nuestra ciudad ,
hoy viuda y sola
y ayer por casar…
Recitando esos versos rasgaba las
cuerdas de la guitarra, poniendo énfasis en un estribillo que me quemaba las
entrañas, porque yo siempre he sido muy vehemente, y me ponía tanto en la piel
de aquella viudita, que me creía ella misma a la hora de repetir : Dejadme llorar/ orillas del mar… Han
pasado los años y no he olvidado aquel poema que con mucho más acierto que yo,
dónde va a parar, cantaba Paco Ibáñez.
miércoles, 25 de octubre de 2017
Historia de un instante
Ocurrió en el preciso instante en que
la Luna de Maíz se detuvo para decirle al sol lo mucho que lo había extrañado
durante siglos.
También, una mujer y un perro,
detuvieron sus pasos para no empañar el sagrado encuentro.
Después, con la emoción contenida, continuaron caminando entre dos luces siguiendo la estela de esos amantes
celestes, contemplando la danza de esas dos criaturas que se aman y se repelen
a un tiempo.
Un sol racial, con su danza guerrera,
buscaba imponerse sobre todo el universo. Luna, más dulce y delicada, con
movimientos leves de bailarina, se alejaba de su amado y enemigo, hasta perderse
entre los velos del horizonte.
Cada septiembre ocurre esa danza en
honor a las criaturas de la dehesa. Ellas saben contemplarla mudas, sumergidas en
un silencio envolvente.
Maravilloso espectáculo el del amanecer con esa luna
amarilla hecha de dientes de maíz, que aquella mañana también saludó con
nosotros el nuevo día, la vida, el preciso instante en que sabemos con certeza
que el mundo está bien hecho.
Hermoso y mágico, como una oración,
el instante efímero del amanecer. Es un momento en que parece que el mundo está
en suspenso. No se oye absolutamente nada. Instante en que el silencio y la nada fluyen
y confluyen.
Los pájaros apagan sus trinos y
enmudece por entero la dehesa. Las vacas rumian ese impasse acostadas sobre la
hierba, aunque también hay alguna despistada que se rasca la testuz, a cámara
lenta, contra el esqueleto de una encina. Tampoco cesan en su búsqueda continua
de alimento ,una bandada de gansos del Nilo que, de vez en cuando, estiran sus
alas como dando gracias al dios de los pájaros por ponerles cada día a
disposición de sus picos su maná particular.
Nada puede turbar la paz de este
momento. Es hora de abrir las puertas del alma y contemplar, mirar con los ojos
del corazón y dar gracias por el nuevo día; sentirnos agradecidos porque nos es permitido ser partícipes de la belleza de todo lo creado.
¡Ójala todos supiéramos contemplar la hermosura de cada amanecer, la belleza de la vida y no nos dejáramos llevar por
pájaros oscuros que habitan nuestras cabezas, por esos trinos siniestros que
nos ponen en el camino de la destrucción!
martes, 17 de octubre de 2017
Los pájaros de Damasco
Toda la noche en Damasco
sonaron las sirenas.
Lo hicieron con tanta
urgencia, que los oídos me estallaron y la voz se me quebró para siempre.
Desde entonces, unos ojos
negros y enormes velan mi sueño.
Sonríe cuando le sonrío. A
veces me toma de la mano, me acaricia las mejillas o me aparta algún mechón
rebelde sobre la frente.
Y aunque mis oídos están
vacíos, sé que me habla de los pájaros.
Ahmed se entrega en cada
abrazo y me aferro al olor a pan reciente que sale de su cuerpo.
Ahmed me mira y me sonríe.
Deben de estar sonando de nuevo las sirenas. Pero yo no tengo miedo, sé que Ahmed
pondrá voz a mi silencio, y que siempre estarán ahí sus ojos, aceitunas de miel,
a la caída de la tarde.
Estoy cansada. Cierro los
ojos. Duermo. Sé que Ahmed me susurra que cuando despierte volarán los pájaros
sobre el cielo de Damasco.
De los ojos negros, enormes, de Ahmed, se escapa
una lágrima.
Mª José Vergel Vega
jueves, 12 de octubre de 2017
El sueño y las escaleras
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Para aquellos que saben lo que es aferrarse a una escalera y parir un sueño. |
Una vez me contaron de una mujer que
guardó un sueño tras un balcón cerrado. Me dijeron que su sueño venía de una
noche lejana, de un tiempo de guitarras, de una vieja ciudad con besos
trasnochados, en medio de un arrebato de versos heridos de amor.
Desde aquellos días lentos, guarda un
retrato ajado en un viejo álbum de fotos; también guarda la promesa de un beso
y la lluvia presentida como estación de reencuentro.
Esa mujer llegó a estar convencida de
que hay sueños que duermen tan profundamente, que uno mismo los condena a no
despertar jamás.
Pero después de tanto mirar a la Luna,
un día comprendemos, ella también lo comprendió, que siempre amanece, incluso
para los sueños.
Sólo necesitan una sombra tras los
visillos del balcón, una ráfaga de
viento que llega en las alas de las mariposas de la noche, un olor a nuevo
mundo, ese que sólo preludia la lluvia.
Aquella mujer que soñaba fue dejando
que sus manos fueran haciéndose carne en otras manos; sus ojos se encendieron
en otros ojos y consiguió que aquellos versos, llenos de amor, no hirieran sino
a los que están vacíos de palabras y tienen por corazón un pellejo reseco; pero de eso, no es
culpable su sueño.
Aquel sueño se fue moldeando en el
taller del alma, y necesitó muchos días y más noches aún, para que alientos
sucesivos, fueran dándole forma en el cuenco blando de las manos, que es el
vientre de alquiler de cualquier sueño.
La mujer que soñaba, supo un día que
debía dejar que otros soñaran su sueño; porque fabricar un sueño requiere de
una organizada cadena de montaje.
En esta compleja cadena de montaje, no
se puede obviar la necesidad de una escalera. Los sueños hay que colgarlos bien
alto para que los que abominan de ellos, siquiera por un instante, los tomen en
cuenta.
Costó mucho hacer entender a aquella
mujer la importancia vital de tan pedestre elemento, y salió con aquello de que
el alma no necesita escaleras…pero sí los sueños dijeron otras voces…
Nuestra escalera encierra una historia
de pasión y doloroso alumbramiento, en dos fases: un ascendimiento, el del
sueño de aquella mujer del balcón; pero también un descendimiento, la caída a
los sufrimientos del averno. Porque para tocar el cielo, se hace necesario enfangarse
con las miserias del infierno. Para tocar el cielo, los sueños deben ir rescatando besos al olvido de las cunetas,
allí donde los grillos cantan su cansancio desde las cuencas de las calaveras.
Manos y cuerpos en un escorzo
doloroso, soportando su cruz en una
orgía cuaresmal, para dejar bien claro
que un sueño de esta categoría se pare con dolor.
miércoles, 11 de octubre de 2017
La miel de los días
"A mis hijos, hermanos y sobrinos, por ayudarme a recoger , como abejita hacendosa, la miel de los días". |
Hemos de saborear la miel de los días, esas pequeñas cosas que quedan fuera-gracias a los dioses de este mundo cambalache- de la primera página de los periódicos, que cada día nos aprietan el corazón a la hora del desayuno dejándonos, abandonados, al borde del colapso.
Hemos de refugiarnos en pequeñas cosas como la vida en familia, ese andar despacio para sentir deprisa. Cosas tan sencillas como el agua, tan escasa este otoño, resbalando entre los dedos.
La vida, sólo a veces, nos ofrece sus frutos más dulces; esos frutos que también a veces, más de las que pensamos, se esconden detrás de las espinas.
Hemos de saborear la miel de los días para dejar atrás la náusea de estos días de banderas y puños en alto, que apenas nos quedaban aire para respirar.
Justo cuando escribo estas lineas son las tres de la madrugada y pienso qué distintas suenan las horas en el refugio cierto de la sierra, esas campanadas ponen en el alma todo el silencio de las montañas.
¡Qué descansada y consciente vida la del que huye del mundanal ruido, lejos de los titulares antipáticos del día a día, lejos del papel cuché de personajes por los que, desgraciadamente, no resbala la miel de los días!
Mª José Vergel Vega
miércoles, 12 de julio de 2017
O céu de Lisboa
De vez en cuando, me gusta
perder la cuenta de los días y atesorar la ternura de las gotas de lluvia en el
frasco transparente de los recuerdos.
Me miro las manos,
conectadas al corazón, y siento que
guardan la dicha de esos días.
La vida se compone de
momentos, las más de las veces complicados, de digestión difícil. Pero hay
veces, que la vida te besa dulcemente en la boca y tocas el cielo.
Cristo Rei puso a mi alcance
el cielo de Lisboa. Todo se detuvo. Sientes que flotas, que vuelas, y te dejas
llevar confiada por el viento…y manos invisibles te acarician y te dejas besar
por todas las bocas dispuestas a dar besos.
El cielo de Lisboa huele a
canela y al canto de las campanas en Alfama. Alfama… Las campanas en Lisboa
suenan diferentes…alguien dijo escuchar sones de fado…¡tenía tan verdes los
ojos…!
Y, entonces, te das cuenta
de que existe la primavera, y vuelas…y vuelas… y eres también ese velero de
velas blancas que surca el Tajo, inmenso, dejándose llevar por el arrebato
caprichoso del viento…
Cierro los ojos,¡ y es tan
mío el cielo de Lisboa!
Abro los brazos y dispongo
mi corazón para que todo lo que estoy sintiendo quede adherido a su latido.
lunes, 26 de junio de 2017
Moustaki o la luz de Alejandría
Hoy encontré estas palabras, escritas ya hace un tiempo, a la muerte de un ser de luz que forma parte de mi paraíso particular: Georges Moustaki. Creo que reúnen todos los requisitos para habitar estos Cuadernos.
Para
Narci, que compartió conmigo la luz de Alejandría, a través de las canciones de
Moustaki.
“Je déclare l´état de bonheur permanent…(Déclaration,
Moustaki)
Dicen
que Alejandro Magno tuvo un sueño en el que se le aparecía un anciano de
blancos cabellos, que le recitaba insistente unos versos de “La Odisea”:
“Hay a continuación una isla
en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros…”
Cuando
despertó, Alejandro fue a esa isla que aparecía en su sueño. Mandó traer harina
para enmarcar el enclave de la futura ciudad. Dibujó un círculo en forma de
manto macedonio. No bien hubo terminado, cuando llegaron unos grandes pájaros
que se comieron toda la harina. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, Alejandro
se turbó, porque pensó que aquello era un mal augurio. Pero, Aristandro, el
vidente que lo acompañaba, le advirtió que el proceder de los pájaros
pronosticaba que la ciudad sería rica y próspera y podría nutrir a hombres de
todas las razas.
Cada vez que escucho las
notas y los versos de Le Métèque, cobra vida esta hermosa leyenda.
Se me ha muerto Moustaki,
aquel judío errante de Alejandría que cantaba en francés, en aquella lengua
hermosa que más de una vez deseé que fuera la mía.
Se me ha muerto aquel Yussef de barba en flor,
con quien más de una primeriza universitaria, que éramos en aquellos tiempos,
hubiéramos querido tener algo, siquiera fuera que te cantara al oído, con su
facha de extranjero, los versos de Le
Métèque.
¡Éramos tan jóvenes en aquellos ochenta! ¡Y
tan locos! Tan locos éramos, que
creíamos en los sueños y en el amor , capaces de redimir al mundo de su ponzoña
de siglos. Quién más, quién menos, estábamos enamorados de amores, muchas veces
platónicos, que tenían, por ejemplo, los ojos azules de Paul Newman, o los de
aquel otro guapísimo y grandote Rock Hudson, que nos miraba, pícaro, desde
alguna de las paredes desconchadas del comedor de un piso de estudiantes …
Quién más , quién menos,
maldecíamos a aquel otro amor más real cuya figura aparecía en aquella foto
tomada un día luminoso en un parque cuyo nombre ya no recuerdas. En el pie de
aquella foto, había escritas unas palabras que, lo que son las cosas, jamás he
olvidado: “Lembras-te dos nossos projetos?
¡Claro que me acuerdo de
aquellos proyectos! Y de los que vinieron después ; unos que se perdieron en el tiempo y otros que,
incluso con la que está cayendo, aún intentamos
llevar a cabo. Proyectos que nos permiten caminar hacia nuestros sueños, hacia
la utopía que sigue en el horizonte…porque “el
hombre desciende de los sueños”, de sus pasos, de las huellas que sus
zapatos van dejando, de los caminos que camina…
sábado, 24 de junio de 2017
Yo, mí, me, con usted...siempre
Le confieso que más de una vez, en
estos tiempos del demonio que malvivimos, me ha tentado el ramalazo de negarlo
todo. He querido desandar lo andado, pasar de puntillas sobre lo vivido.
Reiventar la vida. Renacer de nuevo. Restañar heridas. Desatar una tormenta de
versos, de esos que desafían a los pararrayos y no hay dios que haga carrera de
ellos.
En estos tiempos en que una se siente
abandonada y ahogada en hastío , no veo
el momento de dormirme al abrigo de sus notas, Flaco, y decirle que lo quiero y
soy sinceramente suya desde la primera vez que me cantó sus trovas. Daría mis
siete vidas de gata maullando en los tejados por dejarme acunar por esas notas suyas que hacen
malabares en el pentagrama entre su vida y la mía.
Después de medio siglo y algo más he
aprendido que puedo morirme de pan pero no de versos. Siempre estará usted ahí
para hacerme regresar al tiempo en que lo conocí; un tiempo de balcones
abiertos, de guitarras que daban la nota en medio de la noche en aquella
solitaria Plaza de la Audiencia. Noches de viernes traspasadas de luna y algún
beso furtivo que aún regresa de madrugada dejando en la boca un sabor a ceniza
y olvido.
¡Qué bueno que regresaste, querido
Joaquín, para negarlo todo y ponerme la vida panza arriba! ¡Qué bueno que me
trajiste de nuevo tus palabras para llenarme el alma de dicha!
Buenas noches, Flaco, mi corazón y yo
le agradecemos sinceramente sus desvelos y quedamos a los pies de sus versos.
Mª José Vergel Vega
domingo, 18 de junio de 2017
La última noche
Fue una noche de Junio en que oímos pasar los
elefantes.
Ambos
sabíamos que cada vez quedaba menos tiempo; que de allí a poco, llegaría el
momento que ninguno nos atrevíamos a nombrar.
Y aquel
momento llegaría, lo sabíamos ambos, más pronto que tarde.
Buscaste sus
manos, y él no rechazó las tuyas. El tiempo que os quedaba se había convertido
en un lago de aguas frías donde uno de los dos se sumergiría sin remedio.
Y tú lo
sabías, todo se acabaría ahí, en el fondo de aquellas aguas heladas.
Aún se oían
los elefantes y crecía en ti la necesidad de pedirle que aguardara un poco, que
no se fuera todavía. Acaso tú no lo sabías o no querías saberlo, pero para
entonces él ya estaba lejos, más allá de la frontera de los vivos.
Él se iba
dejándose mecer por el agua. Sonreía. Así querías creerlo; a fin de cuentas,
siempre había sonreído. Toda su vida había consistido en poner estrellas donde tú sólo veías
oscuridad.
Hay momentos
en que llegan las lágrimas cuando
piensas cuánto le querías, cuánto
necesitas de sus manos. Manos capaces de sostener todo tu universo.
miércoles, 10 de mayo de 2017
La danza de la lluvia
Llovía. Abrió el paraguas para que
aquella indumentaria, recién estrenada, no sufriera ningún desperfecto.
La asaltó el temor de que el mundo
pudiera borrarse con la lluvia, que cuando ésta cesara, no reconociera los
lugares en los que ahora habitaba libre y dichosa.
En otras circunstancias, esa lluvia,
machacona y anodina, la hubiera arrojado sin contemplaciones en brazos de la
melancolía; pero aquel vestido hilvanado de amor, la protegía de pensamientos
cobardes.
Caminó los caminos del aguacero
sabiéndose dueña del mundo.
Y como todo pasa, también pasó la
lluvia con sus lágrimas de cocodrilo, con su porte de gran señora de la tierra.
Y entonces, el Ojo de Dios limpió el vaho de su ventana celeste , para contemplar
el retrato en sepia de un mundo recién
creado y una mujer, que vestida de
amor, danzaba en pos del arcoiris.
Mª José Vergel Vega
lunes, 17 de abril de 2017
San Benito de Nursia: La vida en los pronombres.
![]() |
Foto TTN |
Os dejo el pregón en honor a San Benito Abad, que tuve la inmensa dicha de compartir con los cañaveraliegos ayer 16 de Abril.
Hermandad
de San Benito, presidente y directiva.
Señores
Mayordomos.
Señores
cofrades.
Señor
Cura-Párroco de Santa Marina.
Señora
Alcaldesa.
Amigos
y vecinos de Cañaveral.
Dejad
que comience sincerándome y que os diga
que, a la par que profundamente agradecida, me siento abrumada y nerviosa por
presentarme en este hermoso marco, ante vosotros y tener la osadía, nada menos,
que de pregonar a San Benito, sin ser cañaveraliega.
¿Por
qué acepté estar aquí esta noche, pregonando algo que es tan vuestro y que sólo
vosotros, que lo habéis vivido desde la infancia, conocéis a la perfección?
Sólo vosotros, queridos cañaveraliegos, sabéis el amor y la devoción que
profesáis y demostráis a este santo con cara de niño.
Son
varias las razones que me llevaron a
decir sí a este encargo tan difícil y tan especial.
Una
de las razones es Lola Santos, que me llamó una mañana y me anunció la buena
nueva, y que no era otra, que a la
Hermandad de San Benito le gustaría que yo fuera la pregonera de este 2017.
-¡Pero
si yo no he visto nunca la fiesta!, dije en mi defensa.
No
sé cómo se las apañó esta mujer de dulce y eterna sonrisa, pero de repente y
sin saber muy bien cómo, me vi pronunciando un sí enorme y convencido. Y no
podía ser de otra manera, ese sí debía de ser rotundo por Lola y por Leopoldo
que, hace ya algunos años, se convirtieron en “compañeros del alma”, gracias al bendito Vía Dalmacia, el instituto
que une a nuestros pueblos y en el que hemos vivido mil y una aventuras.
Y
dije sí, porque la infancia de esta torrejoncillana son recuerdos de una fonda,
que ahora mismo araña mis sentidos, en el Puerto de los Castaños, a la que iba
con la abuela María Elvira a rendir visita a su pariente tía Jacinta “La del Puerto”, como yo la llamaba.
Aún
hoy, y mira que ya han pasado años, me llega el olor de aquellos guisos,
exquisitos y sencillos que preparaban las “muchachas”,
las hijas de tía Jacinta. No tengo que forzar mucho la memoria para verme
sentada en aquella cocina humilde ayudando, vaya usted a saber, a cortar judías , escogiendo lentejas o las
más de las veces, como sería lo más
normal, correteando como un duendecillo
entre fogones. Éste es uno de los recuerdos que me reconfortan el alma cuando
una se pone un poquito mohína.
Otro
lazo que me une a Cañaveral es la relación radiofónica que conecta vuestro
pueblo con el mío. Las ondas han sido capaces de crear una relación muy
estrecha entre nosotros, y el punto de conexión, el que ha sido capaz de
enchufar los cables adecuados, no ha sido otro que Antonio J. Canales que, lo
que son las cosas, está casado con Rosa, una de las nietas de tía Jacinta. Como
podéis comprobar, la vida está hecha de
conexiones, yo lo creo profundamente. Todo, absolutamente todo, está conectado
en este mundo.
Como
véis, son muchas y de peso las razones por las que no pude negarme a la
propuesta que me hacía llegar Lola con tanta ilusión. Pero hay otra razón más
que pesa tanto como las otras.
Hoy,
16 de Abril, es Domingo de Resurrección,
y la vida para mí, en un día como hoy, tiene la peculiaridad de cubrirse de
blanco. Esa vida es creada de nuevo por
manos divinas. Resurge con fuerza la energía renovada, la confianza en que el
mundo un día terminará por estar hecho a la medida del hombre.
Domingo
de Resurrección, hermoso día para pregonar el advenimiento de la luz, para
poner nuestros pies sobre el sendero de luz que nos llevará al lugar donde se
aloja el verdadero gozo de vivir.
Hoy
me sumerjo en el blanco para invitaros a nacer de nuevo, para que renovéis la
esperanza en quienes os rodean, para que desterréis los malos augurios, la
desgana de vivir que las cosas malas de este mundo nos producen. En medio de
ese mar tan blanco del Domingo de Resurrección, flotan unas palabras de Santa
Teresa de Jesús, la santa de Ávila, que me acompaña en muchos momentos, sobre
todo en aquellos en los que la vida se descose un poquito: “Tristeza y
melancolía no las quiero en casa mía”. Y eso es el Domingo de Resurrección: dar
de lado a las tristezas y coser la vida para que brille de alegría.
Perdonad
que no pueda incluir entre mis razones las vivencias y recuerdos de esta fiesta
que tanto amáis. Intentaré que mis palabras sean capaces de hacer justicia a
este santo sencillo, y haceros justicia a vosotros , a vuestro pueblo y a vuestras
hermosas tradiciones.
¡Que
San Benito me guíe en este cometido!
Uno
de mis mayores miedos, ese que se me presentaba en medio de la noche,
perturbando mi descanso, era qué podía decir yo, una profana en la materia,
puesto que no había tenido la ocasión de vivir la fiesta en primera persona.
Una
vez calmada la ansiedad que todo nuevo reto provoca en nuestro ánimo, lo
primero que me cuestioné fue qué podía aportarnos, a nosotros habitantes de
este siglo XXI que a veces, día sí día también, ¿verdad?, nos asfixia tanto, qué podía aportarnos este santo con cara de
niño y poso de sabio, en estos tiempos de noticias asesinas que tiñen de
sombras nuestros días.
lunes, 13 de febrero de 2017
¿A qué saben los besos?
Esta tarde, después de disfrutar de una historia preciosa, que recomiendo a chicos y grandes: Mamá, ¿de qué color son los besos?, le propuse a Nerea escribir un cuento que llevara por título: ¿A qué saben los besos? Su primera reacción fue ponerse un poquito remolona. Negociamos durante un ratito y llegamos al acuerdo de escribir juntas la historia propuesta, utilizando la técnica del acordeón (ir doblando el folio en forma de acordeón, de manera que cada una debíamos continuar la frase que hubiera escrito la otra). Después de invocar a las musas a través de las notas relajantes e inspiradoras de la guitarra, éste fue el resultado.
Los besos son geniales pero: ¿alguien sabe a qué saben?
_¡Yo, yo lo sé! Ayer, al levantarme, vi un beso que sabía a tortitas con nata. Era un beso de ternura, el mejor para las mañanas de frío. Yo hoy he visto uno con sabor a tiramisú de canela. Era un beso cálido, muy cálido, de esos que calientan el alma. Cuando me lo comí, ¡todo olía tan rico!
_¿Has visto algún beso con sabor a chocolate?
_ ¡Sí, claro que sí! El que te da tu mamá al irte a dormir, un beso tranquilizador. ¿Sabes que hay besos con olor a rosas? ¿De qué serán?
-¡Pues creo que encontré uno debajo de la almohada al ir a dormir. Sabía a nube de fresa y hacía cosquillas en la boca. ¿Sería un beso juguetón?
_¡Pues claro que lo era! A mí los besos que más me gustan son los besos con sabor a torrijas, esos que te dan las abuelas tan fuertes.
_¡Claro, es que los besos de las abuelas son especiales! ¿Tú me regalarías un beso?
_¡Pues claro! Sería uno de melocotón, suave por fuera y dulce por dentro, que son los mejores.
Nerea Lorenzo y Mª José Vergel
miércoles, 1 de febrero de 2017
22 granos de arroz
He tenido entre mis manos un libro que huele a papel de estraza, a comercio antiguo de mi barrio de San Antonio.
22 granos de arroz lo ha llamado su autora, Isabel Castaño. En su interior hay gallos, gallinas y demás fauna, creados todos a brochazos de acuarela.
Textos que juegan con las posibilidades infinitas del lenguaje. Si eres de los que disfruta sacándole todo el jugo a las palabras, que es mucho, te gustará este libro repleto de tautogramas.
A su autora, granjera criada entre letras, no debe extrañarte si la encuentras poniéndose un mandilón enorme para meterse en su gallinero y llamar: ¡Pitas, pitas... a sus gallinas, a las que alimenta con palabras de primera calidad. Por eso, no es raro que recoja huevos bien hermosos en los nidales del abecedario.
Mª José Vergel Vega
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