De pronto, un día mamá ─vamos
a llamarla X─, acogió un hijo más en su memoria. Era otro hijo, al que llamaremos
Y, que se superponía, suplía y/o completaba al que ya tenía. Ambos se sentaban
a diario a la mesa con Mamá X.
Así las cosas, llega a mis
manos de manera buscada la nueva novela de Máximo Huerta, Mamá está dormida, que comienza con el mismo argumento que bulle en
la cabeza de Mamá X.
─Y tu hermano, ¿dónde está?
Ahora que los años van
tendiendo un abismo hacia la juventud, a una le da por pensar que la vejez es
ese estado de la vida en que comenzamos a sentirnos vulnerables y temerosos.
Todo empieza a dar un pánico terrible. Decir futuro es lanzarse a los brazos del
peligro, de la insensatez más supina.
Comienzo a intuir a cada
paso “preguntas llenas de eco”, que
no sé quién va a responder. Quizá el silencio y nos lanzamos a convertir “vacíos en historias”. Últimamente no
hago otra cosa.
Mamá está dormida es un
canto de amor a las madres, a los cuidados de los hijos hacia ellas, que
siempre fueron casa, hogar que nos lleva al tiempo mullido de la infancia.
Cierro los ojos y recuerdo
el tacto de las manos blancas y heladas de mi madre, siempre llenas de
sabañones de lavar en el río. Necesito recuperar las manos de mi madre. Abro el
viejo álbum que guarda fotos en blanco y negro y la primera imagen que me
encuentro es una foto de mis padres con unos amigos en el puerto de Gijón.
Intuyo que es la primera vez que veían el mar. O esa otra en la que madre está
a la puerta de casa con los brazos en jarra junto a la abuela. Ambas nos miran
arrobadas a mi hermano y a mí, plantados en medio del tapiz de alfalfa poniendo
caras raras y posturas imposibles.
De pronto, la angustia. Hace
tiempo que no soy capaz de recordar la voz de mi madre. Algo parecido a un
calambre se me agita en el pecho.
Ahora me detengo en esa en
la que padre, jovencísimo, posa subido a un tractor, con ese porte a lo James
Dean que siempre tuvo. Estoy perdiendo también la mirada de mi padre.
Dice Máximo que los libros
son “máquinas del tiempo”, y le doy
la razón. Los recuerdos fluyen y por un momento nos sentimos capaces de
recuperar todo aquello que perdimos.
Me pregunto qué pasará
cuando ya no nos reconozcamos en las fotografías o cuando los viajes nos
produzcan más desazón que gozo, cuando queramos huir y no encontremos islas en
las que naufragar como diría el cantor.
El protagonista y su madre
están a punto de subir a una autocaravana. Un viaje que les sirva para resolver
preguntas, zonas oscuras que necesitan ser iluminadas, pero también ese viaje
posiblemente sea el viaje de despedida de una madre. Es bonito ese gesto. Lo
apunto para que no se me olvide compartirlo con mis hijos.
Y cuando ya no me reconozca
en las fotos, ni me sirvan los viajes para encontrarme, me quedarán los libros,
las historias en las que recalar y reconocerme. Ahora me viene a la memoria aquel
barco pintado de verde, amarrado al viejo chopo, que yo llenaba de versos. Hubo
un tiempo en que quise ser juglar y peinar la cabellera de las sirenas.
Dicen que es muy peligroso
tratar de volver al lugar en el que fuimos felices. La razón es muy sencilla.
Nos daremos de bruces con un lugar que ya no existe, o lo que es peor, que ya
no reconocemos.
En mi cabeza, en una sordina
melancólica, resuena el eco del poema de Juan Ramón “El viaje definitivo”. Siempre me pareció hermosa esa imagen de
marcharse y que los pájaros sigan cantando como si todo o como si nada.
Aún estamos aquí, celebrando
la vida. A pesar de tantos destrozares, nos aferramos a un sueño en forma de
rabo de nube que enciende el candil de la esperanza. Y seguiremos cerrando
heridas “aunque sea de un portazo”.
Mª José Vergel Vega
