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viernes, 8 de mayo de 2026

CULTURA, esa dama de los sueños.

 


Decía uno, ¡vaya usted a saber!- pido perdón por ignorar su nombre, aunque bien podría llamarse Gulliver_, que “cuando desciende el sol de la cultura, hasta los enanos proyectan grandes sombras”.

Lo que éste debía ignorar es que el sol, siempre va y vuelve, y para todos amanece, sobre todo, para aquellos que se empeñan en la CULTURA.

Y si no, recordad el dicho: Siempre venceremos los eclipses, porque no hay eclipse que cien años dure ni día que no amanezca… reconozco que hemos reinventado el dicho, pero lo cierto es que hemos aprendido que si es preciso que el sol salga por otro sitio, saldrá.

A esta Dama que alimenta nuestros sueños, no le gustó nunca que alguien le pusiera cauces, ni que le estuvieran torturando el oído con lo que es o no políticamente correcto. De modo que , si lo que se impone, es salir por el Oeste y ponerse por el Este…pues, ¡qué quiere usted que le diga!, se cambian las tornas del Universo y a otra cosa…

A esta Dama de la que hablamos es bueno dejarla fluir, que se maneje a su antojo…que vaya y venga…unas veces será como amante impetuosa, capaz de trasladarnos al séptimo cielo… No lo duden, hablando de CULTURA, el Séptimo Cielo, existe…En esos momentos de éxtasis y mientras nos dure la resaca de su amor, creeremos que otro mundo es posible.

Y cuando nos pueda el desánimo, porque también habrá de esos momentos, en los que nos sintamos con el corazón partido, en los que la veamos como amantes despechados, ella vendrá a sacudirnos la abulia de estar vivos…será capaz de invitarnos a revelarnos contra aquello que nos deshumaniza, que borra lo que de hermoso hay en este mundo. Ella será capaz de hacer que, ante  nuestros ojos, se despliegue la orgía de la primavera.

Porque la CULTURA es un arma que apunta hacia el futuro. Ella hará crecer flores, aún cuando los inviernos se empeñen en hablarnos de la nieve.

De sobra sabemos que en estos tiempos desalmados,  isobaras enloquecidas nos anuncian que no hay día en que no se aproximen aguaceros. Y de sobra sabemos que esos aguaceros pretenden cogernos con el corazón desabrigado. Hay mucho desalmado que se empeña en arrojar la CULTURA por la ventana.

Pero ella , la CULTURA, sabe de paraguas contra esos aguaceros…y de paracaídas que protegen de peligrosos saltos al vacío. Por suerte o por desgracia, está muy acostumbrada a saltar sin red.

Ella es capaz de resistir todos los embates, siempre tendremos su reducto seguro…Siempre nos quedará la CULTURA…y ansiaremos ser, y lo seremos,  como esa belleza blanca de la jara que es capaz de arañar la dureza gris de la roca.

Mientras tengamos dientes, mordamos, seamos valientes, expresemos libremente lo que estamos dispuestos a hacer por ella.

Dice un tal Luis García Montero que “la vida no es un sueño”, por mucho que Don Pedro Calderón de la Barca, otro tal, se empeñase en lo contrario…

Hablando de esa Dama, a veces mujer fatal, que atiende por el nombre de CULTURA, no sé a quién darle la razón…probablemente ambos la tengan, porque no existe una razón absoluta, sólo hay razones que tratan, sin demasiado acierto,  de alcanzar el absoluto, que es concepto inabarcable.

Ciertamente, a veces no se sueña mientras se vive, porque si te da por entregarte a los sueños, la vida, que  a veces es una locahijadeputa, llega escudándose en no sé qué circunstancias, y te borra los sueños de un plumazo, o de un guantazo, que en demasiadas ocasiones no se anda con sutilezas.

No, a veces uno no sueña mientras vive… A veces, hay que vivir y punto; pero, eso sí, recomendamos encarecidamente no  perder de vista la CULTURA, así será más fácil andar el camino.

A veces la vida es un tango triste que habla de amores imposibles y se complace en recordarnos que estamos jodidos, tremendamente jodidos…

Pero, qué carajos…¡¡Se puede soñar, tenemos el derecho a soñar, tenemos el deber de soñar una vida más justa, más hermosa, más digna para todos!!

No, no podemos perder de vista a la CULTURA…Ella es experta en soñar sin importarle que muchos no crean en sus sueños…

No vayan ustedes a pensar…,  la CULTURA no es tan loca como parece, aunque a veces no se controle cual tierna damita adolescente. Antes de mostrarse, suele consultar con su almohada. Cualquier almohada, y más la de la CULTURA, tiene arranques de filósofa:  piensa, duda, se tortura, se deja aconsejar, abandona el consejo…Claro que, cuando decimos almohada, quizá queramos decir CONCIENCIA… esa tocanarices a la que deberíamos prestar más atención.

Hacerle caso a la conciencia, esa voz interior que te recuerda, que para la CULTURA también es precisa la DIGNIDAD.

Normalmente callamos si estamos solos, la CULTURA, que es sabia, nos recuerda que es mejor callar cuando estamos mal acompañados y después…consultar con la almohada…siempre hay alguna dispuesta a aclararnos las dudas.

Esa Dama de sueños ha cumplido ya una eternidad, pero sigue dudando, sigue muriéndose de frío si no encuentra nuestras manos. Le da pánico sentir que sin nosotros ni vive ni sueña.

NO es bueno que una Dama como ella esté sola, por mucho que no siempre se mueva en ambientes selectos.  A mí me gusta más cuanto se torna arrabalera,  mujer fatal con medias negras capaz de meterse en cualquier tugurio para llevar un poquito de luz a esos reinos de sombra que nos rodean.

Esa dama confiesa que se ha ido haciendo en nuestras manos…cuantas más son las manos, más grande se va haciendo su nombre, más años se va echando a las espaldas…

Es experta en hacer suyo nuestro sufrimiento.

Ella ama si nosotros amamos.

Está alegre si nos ve sonreir.

Llora si nosotros lloramos.

Puede ser el pasado, el presente y el futuro.

Necesita de la memoria para perdurar a través de nuestros recuerdos.

Estamos en ella y ella está en nosotros, si somos humanos es gracias a ella.

En su nombre han de caber todos los nombres.

Ella es la CULTURA, la VERDAD de nuestras vidas, la que nos trae el progreso, la que nos diferencia de los animales; la que nos hace dignos de llamarnos HOMBRES o MUJERES.

Ella puede ser la tierra en la que seguirán germinando nuestros sueños. Sólo por ella seremos sembradores de sueños, y no los abandonaremos por muchos malos despertares que nos acechen. Siempre encontraremos una canción para invocar a la lluvia…

Y como declara un tal Mario Benedetti, la queremos:

…porque sos

mi amor mi cómplice y todo

y en la calle codo con codo

somos mucho más que dos.

Y aunque hoy el alma nos hable de baladas tristes, el sol de nuestras manos será capaz de beberse la escarcha, porque esa Dama soñadora nunca se rinde.

Ella es el  fuego que alimenta nuestro entusiasmo, porque su capacidad de amar es grande y su reino no tiene límites.

Ella es el agua que dibuja la estela de esos barcos que recalaron en otros puertos, la estela blanca de los sueños de esos marineros, que nos precedieron en el oficio de soñar , y que no olvidaremos por más que pasen treinta veces treinta años.

Ella es el aire que nos recuerda que seguimos vivos y despiertos, el que nos mantiene alertas, el que nos dice que no estamos solos, el que nos regala una brisa salina si estamos cansados.

Por eso, porque le gusta nuestra compañía, ella sigue proponiéndonos una y otra vez el mismo trato: caminar juntos, aunar esfuerzos,  seguir alimentando nuestros sueños en esta época de baladas tristes  que llenan el alma de notas de escarcha.

Mª José Vergel Vega

domingo, 21 de septiembre de 2025

Dejándome leer por Muñoz Molina.

      




El mundo es hoy puro desasosiego. Una desearía abrir las ventanas y asomarse a la eternidad, a ese cachino de paraíso que cada cual deberíamos habitar sin que nadie nos dinamitara la tierra que pisamos, ni nos arrebatara las personas que amamos.

Me paso estos días de verano buscando mariposas blancas, volvoretas juguetonas de la infancia que auguraban buenas noticias. Ni por asomo revolotean a mi alrededor. Todas pasan de largo.

 Cuando me siento perdida, derrotada, enrabietada, a punto de perder el hilo de esperanza que milagrosamente me queda, cuando estoy muerta de miedo, cuando no encuentro sentido al sinsentido de un mundo desnortado, cuando no puedo con los muertos que gimen a diario nuestra indiferencia, suelo refugiarme en los libros. Me echo en brazos de historias que me acogen, que me zarandean, que me sacuden hasta que rompo a llorar sobre tanta indiferencia y tanta falta de humanidad. 

 Leo sin descanso para encontrar un poquito de luz sobre la barbarie, sobre los ojos abiertos de los niños que cada día son asesinados. Me duele la sinrazón del hombre que mata al hombre. Me duele tanta sangre derramada. No puedo apartar de mí el cáliz de los perseguidos, de los humillados, de los miles de palestinos que alguien ha decidido que no valen nada y se les extermina como si fueran alimañas. Es tanto el dolor, que no sé qué hacer . Entonces  leo para atenuarlo, para encontrar las palabras que me sirvan de plegaria para los muertos del sinsentido.

 Dice Javier Cercas que no leemos los libros, sino que son ellos los que nos leen a nosotros; así que diré que, en honor a la verdad, no he leído, sino que me he dejado leer para calmar mi angustia, para saber qué hacer ante las injusticias.

El verano es esa estación que preludia la vuelta a las obligaciones cotidianas de cada uno. Transito este tiempo en sazón estirando el placer del café pausado, de la lectura que se alarga. Entre ellas, El verano de Cervantes de Muñoz Molina, que me devuelve mi primera incursión en el Quijote a través de una edición hermosísima del siglo XVIII, en verano a la hora de la siesta cuando yo era una infantita de ocho años.

 De repente, Muñoz Molina  habla de la infancia, de la suya y de la mía.

 Mi infancia de pies descalzos, de pelo alborotado, salpicado de mariposas blancas, las de los buenos deseos. De las otras huía como alma que lleva el diablo. Mi infancia de escarabajos negros zumbando  en la higuera inmensa de los abuelos. Pienso que Korsakof se inspiró en la fiesta de esa higuera para componer el hipnótico vuelo del moscardón.

Mi infancia y el canto amarillo de la oropéndola en la morera del corral. Mi infancia y aquel gallo empedrado que me tenía fijación. Mi infancia y la vaca Golondrina, aquella suiza de ojos profundos y ubres generosas, a la que mi padre le contó una mañana que se habían acabado los años del ordeno y mando.

 Mi infancia es mi madre con los brazos en jarra esperando que sus hijos revisaran lo que habían dejado por hacer. Mi infancia son sus manos blancas que olían a pan y a jabón lagarto.

 Mi infancia es un paraíso azul y verde al que yo he renombrado tal y como me sale del alma. Dauseda de sirenas y barcos varados.

 Mi infancia tiene que ver con mi bendita costumbre de volver a los lugares en los que un día fui feliz aunque entonces no lo supiera.

 Mi infancia son los veranos descubriendo mil y una lecturas en el desván de la abuela, al refugio de la siesta, llenando las horas que restaban para salir a correr aventuras en el descampado con el sandokán rubio del Yoni.

Muñoz Molina es experto en ponerme un temblor en el alma.

 De repente, dejándome leer, todo estalla y el corazón destapa el latido arrollador de los recuerdos. 


Mª José Vergel Vega 


viernes, 28 de marzo de 2025

LA MIRADA ENCENDIDA

 


Son muchas las escritoras olvidadas a lo largo de la historia de la literatura.

Quizá no pueda considerarse como tal a Mercé Rodoreda(1908-1983) , pero sí puede afirmarse que no se le ha dado la importancia que merece.

Hace poco cayó en mis manos una novelita de romántico título: «La muerte y la primavera»(1986), publicada después de la muerte de su autora.

Se trata de una novela extraña, yo diría que hasta incómoda de leer en ocasiones. Conforme te vas adentrando en ella, notas una nube negra a punto de descargar sobre tu cabeza.

Nos vemos rodeados por una naturaleza mágica, siniestra por momentos, que entra en comunión con los sentimientos humanos. Es el vivir al compás de los ciclos naturales.

De qué manera tan mágica─ entre amable y terrible─ se va conformando el paraíso de la infancia.

Cuenta el protagonista que de pequeño, cuando los mayores iban al bosque, lo encerraban en el armario de la cocina. Una no puede por menos que traer a la memoria aquella puerta de la alacena de casa de la abuela, que tenía esa misma estrella y esos agujeros de los que habla el protagonista.

Nos habla de los caramenos, seres mitológicos rurales, como los carancancanes a los que yo veía vestidos de blanco, gelatinosos y despendolados vagando en las noches sin luna.

Son convocadas las abejas que siguen nuestros pasos, volvoretas que adornan nuestras cabecitas de infantes, toda una cohorte de bichitos, séquito inolvidable de la infancia.

Recuerdo que cuando llovía, la sangre blanca de los niños se desplomaba furiosa por la «Meá la vaca», y hasta oíamos las voces de los pobres niños sacrificados y acelerábamos el paso apretando fuerte las manos contra las orejas para no oírlas. Quien escuchaba aquellos gritos, era presa segura del Señor de la Montaña, eso decían las consejas de los viejos algunas noches al calor de lumbre.

Por este hermoso texto de Mercé Rodoreda pasan rebaños de palabras como nubes, árboles sagrados que guardan memoria de muertos y vivos. Es tan denso el silencio que puebla estas páginas, que asusta. Nosotros lectores, nos adentramos en ellas, como los pobladores de ese raro lugar se internan en el bosque. En algún momento pienso que la muerte debe ser un silencio insoportable.

Esta vida se nos pasa entre dos certezas: la muerte y una primavera efímera  y así hay que asumirla.

Cada uno de los habitantes del pueblo que recrea la novela de Rodoreda  tiene una argolla y una medalla con su nombre para ser clavadas en su árbol en el bosque de los muertos, ese al que los niños no pueden ir.

 Nos queda claro que nacemos con la condición de que hemos de morir un día. Desde nuestro nacimiento hay un árbol que tiene nuestro espíritu y por el que  bulle nuestra sangre. Árbol de vida y de muerte. Cuando uno muere, vuelve al árbol y con él parte hacia la vida eterna.

Son las leyendas de los viejos que todo lo saben y que son capaces de suplantar al mismo Dios, por quien dice que todo fue hecho.

Estoy segura de que el mundo que conocemos, ese que quedó encerrado en el paraíso de la infancia, fue creado por los viejos.

¡Cuánta poesía encierra este librito de Mercé! Poesía que nos explica el mundo  e intenta hacerlo habitable, aunque muchas veces es tarea casi imposible.

Hay que coleccionar amaneceres y atardeceres, rayos de sol, rabos de nube, el misterio de la niebla, el susurro del viento entre las hojas, el rumor que nace de las entrañas de la tierra, el borboteo del agua, el dulce zumbar de las abejas, el aleteo de los pájaros sobre nuestras cabezas…contemplar de nuevo el río de la infancia que no se detiene, mirar hacia el cielo para ver caer cachitos de luna y estrellas y recogerlas en el cuenco de las manos.

Pero el paraíso de la infancia tiene también sus fantasmas, sus monstruos, sus parajes agrestes que nos provocan escalofríos, pozos profundos a los que da miedo asomarse. El agua que no desemboca y que te atrapa en su vientre oscuro.

Convoca Mercé una y otra vez a las fuerzas telúricas de la naturaleza para crear un universo lorquiano en el que la tragedia está siempre a punto de suceder. No podemos ignorar la voz de la tierra y sus criaturas.

Desde que el mundo es mundo, el hombre ha intentado descifrar el misterio de la muerte. Es pregunta recurrente que hay después, de qué manera el alma inmortal se separa del cuerpo y es transportada desde un carro que sube al cielo desde la misma base del arcoiris. Necesitamos estas explicaciones mágicas para arrojar alguna luz sobre aquello que la razón no puede ni sabe aclarar.

En esta novela de Mercé Rodoreda se exploran los temas clásicos de los que desde siempre se ha hecho eco la historia de la literatura: la vida, la muerte, el mundo como prisión, supersticiones y creencias, la eternidad, la soledad, la falta de libertad, el amor, el destino… Pero hay otro tema que a mí me parece crucial en esta novela: el deseo.

«…que te arrastre el sufrimiento pero no el deseo…porque el deseo te hace vivir y por eso les da miedo».

Bien pensado, tenemos más miedo de vivir que de morir, porque para vivir hace falta no temer al deseo. Si nos matan o matamos el deseo de vivir, qué nos queda sino caminar hacia la muerte, qué nos queda sino ser muertos en vida como muchos de los personajes que pueblan esta novela.

Pese a la densidad trágica que soporta este texto, hay resquicios por los que se escapa la llama titilante de la esperanza, esa que nos impulsa a no perder nunca el hambre en los ojos, la mirada encendida, el deseo que es parte indisoluble de la vida.

Mª José Vergel Vega

martes, 25 de marzo de 2025

SONETO PARA UNA NUEVA PRIMAVERA

 


SONETO PARA UNA NUEVA PRIMAVERA

 

De nuevo regresó la primavera

a esta orilla incierta de mi vida,

abril es un estruendo en la ribera

de aromas y colores bendecida.

 

De pájaros el cielo reverbera,

arcoiris de amor para mi herida;

ya se impone la luz a la ceguera

en el alma de ardores encendida.

 

Ensaya el corazón nuevos latidos,

recogen las pupilas flor de jara

y estallan en clamores los sentidos.

 

Ya la tierra amorosa nos declara,

en los blancos cerezos florecidos,

un murmullo de amor como agua clara.

 

Mª José Vergel Vega

lunes, 10 de marzo de 2025

Las mandarinas de Dauseda

 

Mi buceo particular en la intrahistoria de los miércoles, se lo dedico hoy a un hombre sencillo y bueno de mi pueblo, «Tío Venancio». Él me contó la historia que a continuación voy a compartir con vosotros. Tío Venancio entornaba los ojos mientras expresaba lo mucho que ha cambiado la vida, cómo antes se apreciaban las cosas, cómo todo se compartía, cómo las casas estaban abiertas de par en par para aquel que necesitara de nosotros. Y tiene toda la razón, ahora nos miramos con recelo, la envidia sobrevuela como moscardón , lo hacemos todo para nuestro provecho,  sin pensar en que pueda sufrir el que tenemos al lado. Es verdad, tío Venancio, yo también me barrunto que algo feo, muy feo, está pasando; no confiamos los unos en los otros y eso, palabra de Julia, que no me gusta ni zarrampiu .

 


Esto que voy a contaros  me sucedió hace unos días. De regreso a casa, me sorprendí más de una vez pensando en lo que aquel buen hombre me había contado, mientras esperaba para entrar al médico.

¡Qué cosas tiene tío Venancio!, me repetía yo a mí misma.

No me ví la cara, pero seguro que llevaba dibujada una sonrisa bobalicona, esa que nos sale cuando vamos pensando en otra cosa, y nuestros pies caminan como si pisaran estrellas, que digo yo.

 

Tío Venancio, me había hecho pensar en la cantidad de pequeñas cosas que bastan para hacernos felices cada día. Me regaló uno de sus recuerdos y yo, agradecida, lo deposité dentro de mi vieja caja de galletas, en ella estará a salvo de los embates del tiempo traicionero  y de la memoria , que a veces da bandazos. En el vientre de esa caja, que huele a galletas María,  podrá encontrarlo mi hermana, protagonista de esta historia.

Pues…esto era de saber que hubo un tiempo en que todos éramos muy felices en una casa en medio del campo, en el mismo corazón de Dauseda. Dicen que tío Venancio estaba con papá Leandro preparando la tierra para la próxima siembra. Cuando llegó la hora de comer el «cacho pan», ambos se sentaron en el portal a reponer fuerzas.

Cuentan también que, en el momento en que tío Venancio fue a comerse la fruta, una niña de grandes ojos y pelo rizado, apareció por allí y se quedó tan embelesada mirando las mandarinas que iban a servirle de postre, que el buen hombre le dijo a la criatura:

¿Quierih una , bonita?

Sigue la historia contándonos que aquella niña hizo un gracioso mohín, inclinó la cabeza hacia un lado y contestó:

–¡Buenu!

 

 

Cautivado debió quedarse el bueno de tío Venancio, viendo con qué sazón se comía aquel diminuto ser la apetecible fruta, y no pudo por menos que preguntar:

–¿T,a guhtau, bonita?

Llegados a este punto, el cronista se queda un momento en suspenso, creemos que en solidaridad con aquella linda niña que, al parecer, entornó los ojos, sonrió con dulce sonrisa y después de morderse el labio inferior, espetó:

–¡Condeliriu!

¡Bendita expresión ésta que me refirió el cuentista! ¡Condeliriu!, así, todo junto, porque en este pueblo nuestro, la expresión llega de un golpe a la boca; y de un golpe ha de salir. Porque de un golpe se expresa el delirio, la delectación con la que una niña de pocos años manifestaba su agradecimiento, sin medida, ante el regalo de aquel manjar que a día de hoy pudiera parecernos tan simple.

Esto sucedió hace ya algunos años, pues el cronista no lo precisa con exactitud,. Fue en el mismo corazón de Dauseda, cuando aún las mandarinas eran frutas mágicas que despertaban el delirio de los niños.

 Mª José Vergel Vega

NOTA: Este artículo fue publicado en Torrejoncillo Todo Noticias el 19 de Septiembre de 2012.

martes, 28 de noviembre de 2023

Amor con amor se paga

 


Tuve entre mis manos este verano, cuando los días se estiraban ociosos, un librito que desde entonces vive en mi corazón: “Las virtudes del huerto” de Pía Pera.

Como muy acertadamente reza el subtítulo: “Cultivar la tierra es cultivar la felicidad”.

Cuidar de un jardín, de un huerto por pequeño que sea, es cuidar de una parte del mundo, del cachino de paraíso que te ha tocado en suerte. Y voy más allá, quizá lo más importante sea que cuidando de esa tierra o de ese jardín, estamos cuidando de nosotros mismos.

Al trabajar en un jardín o en un pedazo de tierra, se cultivan los terrenos de la mente y del corazón, en los que, con bastante asiduidad, crecen las malas hierbas a poco que nos descuidemos.

Anoto en este instante un aforismo de Montaigne: “Si algo nos gusta, no es probable que nos perjudique”. Dicho en el roman paladino que se habla por estas tierras : “Cada uno con su gusto, engorda”.

Pía nos habla directamente a nuestro sentir. Utiliza palabras que todos entendemos, en mi casa siempre decían que el oficio del campo tenía las letras muy gordas. Nunca estuve muy de acuerdo con la afirmación. Mimar la tierra para que germine y produzca los frutos deseados, requiere conocer muy bien los entresijos de este oficio tan duro, además de poner quintales de amor en todas las tareas que entraña el trabajo en el campo. Todo esto lo saber muy bien Pía Pera.

Las páginas de este precioso libro están plagadas de poesía. Una se imagina a Pía en todo momento con su escudo de armas de jardinera, como ella llama a la regadera, yendo de un lado a otro del jardín dejando caer gotitas de vida sobre sus plantas.

No me resisto  a copiar aquí, para compartirlas con vosotros, estas bellas palabras de la autora, palabras que brotan de la observación amorosa de la tierra que le rodea:

“En invierno, el hayedo es un bosque que habla de transitoriedad, cuya belleza desnuda provoca escalofríos”.

Nosotros, hombres y mujeres, también somos como árboles que van cambiando con el paso de las estaciones, aunque últimamente es la urgencia la que marca nuestra pauta de vida y no saboreamos con la requerida delectación el paso del tiempo.

¿Qué tal si detenemos la prisa y nos dejamos seducir por el paso lento de las estaciones en la naturaleza? Si respetamos sus ritmos, comprobaremos que de  “la oscuridad brota la luz”, que las hojas han de caerse para que se renueve el árbol y éste pueda dar sombra y frutos.

Un jardín recoleto o un pequeño huerto nos permiten dejar atrás, aunque solo sea por unos momentos, este mundo robotizado, repleto de gestos mecánicos que nos hacen un poco más artificiales y menos humanos.

Nuestra jardinera de palabras nos propone dejar por un momento la desbrozadora, artefacto agresivo que engulle la lentitud, y volver a la guadaña, que ejecuta la danza del campo con el sol como testigo y el viento resfrescando la piel.

Los jardines, los huertos son la cura perfecta para quienes adolecen de soledad. Los mil y un seres amables que habitan esos espacios nos consuelan haciendo que desaparezcan los pedacitos de pena que la vida nos deja pegados en el alma.

“La soledad del jardín no es aislamiento. Al contrario. Entre las plantas, cuidando de ellas, se tejen hilos invisibles que nos conectan a la red de la vida”.

Cierra los ojos en medio de tu jardín o de tu huerto, comprobarás que guardan un aroma a paraíso perdido, a aquel jardín del Edén en el que alguna vez viviste. Los jardines, los huertos, son el origen mismo y primigenio de la vida. Ellos seguirán viviendo más allá de nuestra muerte. Nos sobrevivirán, y en esa sobrevivencia, habrá un pedacito de nosotros, porque amor con amor se paga.

Recuerdo, mientras escribo estas líneas, a mi padre, campesino de vocación y jardinero de nuestras vidas.

Su último año, consciente de que sus días estaban contados, lo dedicó a sembrar árboles y flores. Aún sigue siendo dolorosa su pérdida, pero a nosotros nos consuela saber que se marchó contemplando la grandeza del jardín que había creado. En él nos dejó, como un milagro de amor, plantas llenas de vida, esa que a él se le escapaba. Árboles y flores llevan y la conservan todavía la esencia de lo que era mi padre.

Cada vez que recalo en el paraíso de mi infancia, y me siento bajo los árboles que él plantó como un regalo de vida, siento que sus manos invisibles mueven sus ramas y acarician sus frutos.

Parte de lo que fue sigue viviendo cada estío entre el perfume intenso de los dondiegos, plantados hace una eternidad en el jardín de entrada a la casa. Al abrigo de su perfume, nos contó alguna vez, se había enamorado de mi madre. Y al mismo abrigo, decidieron emprender una vida juntos.

La vida que él plantó cuando la suya se acababa, hoy nos sana las heridas.

Si levanto la vista y miro al horizonte, aún puedo verlo, erguido como un massai, contemplando la belleza de su creación: el mundo en miniatura que creó para nosotros y sus nietos.

 Mª José Vergel Vega

miércoles, 19 de abril de 2023

Mi vida salvaje



 Siempre salgo de las presentaciones de libros de poesía con la misma desazón. Me apena que, lectores y profanos, se pierdan la liturgia de la palabra, esa conexión íntima y mágica de cómo lo que siente el poeta, va haciendo nido en nuestro corazón.

Para sentir esto que digo, hay que probarlo y saborearlo.

Hoy, el poeta Juan Ramón Santos, compartió con nosotros, en nuestra coqueta Biblioteca "Martineta Rohet": "Vida salvaje", un poemario delicioso que nos llevó a aquellos días, más o menos despreocupados, en los que descubríamos el mundo cada cual a su manera. 

La poesía tiene estas cosas, nos hace indagar en nosotros mismos a través de los versos que alguien ha escrito para nosotros, sin ni siquiera saberlo.

Todo el rato, me vinieron los recuerdos, imborrables, de mi propia vida salvaje en el paraíso cercano de Dauseda. 

Pasaron ante mí las mariposas blancas que perseguíamos en busca de buenas noticias. Me vi descalza pisando los charcos al salir de la escuela, corriendo a llevarle el "cacho pan" a mi padre, que labraba entre coplas con aquel caballo sordo.

Y recité las tablas de multiplicar en aquella escuela chiquita de paredes encaladas y ventanales por los que entraba la luz cambiante de las estaciones. Y toqué las manos de mi madre que siempre olían a pan por las mañanas.

Verso a verso, me fui sumergiendo en el libro de la vida de mis abuelas. Aún cada tarde, al ponerse el sol, veo a los portugueses tirar de la cuerda. Hay relatos  que se quedan en una para siempre y nos salvan de los naufragios cotidianos, de un mundo que se me antoja que va demasiado deprisa.

Ante mí pasaron también las noches de verano y la sinfonía de escarabajos entre las hojas de la higuera...

Y tantos y tantos recuerdos que se me agolpan en la memoria.

Los versos, ciertos versos, son como aquella magdalena de Proust, que nos trae el regusto de aquello que formó parte importante- lo sabemos ahora- de nuestra cotidianeidad y que, de manera repentina, se nos hace tan presente.

 Quien lo probó, lo sabe.


Mª José Vergel Vega

martes, 4 de febrero de 2020

La mierlita



Está claro que yo no puedo entrar en una librería y salir con las manos vacías. Hoy, mi preciosa librera Mónica, puso ante mis ojos una cajita de cuentos diminutos ( el número 5 de la colección "Minilibros" de Kalandraka, recomendable para todas las edades).
Éste de La mierlita fue el primero que se me vino a las manos. Leerlo, y recordar a mis abuelas, aquellas mujeres sabias que me enseñaron a interpretar el libro de la vida, fue todo uno. La mierlita es una historia con sabor a aquellos cuentos de la infancia en el regazo de aquellas mujeres valientes y tiernas que fueron nuestras abuelas.
Me encantó que Antonio Rubio, maestro de maestros, le pusiera ese título en diminutivo , en extremeño y en femenino, porque por estos lares hay mierlas pero no mierlos. Fascinante la forma en la que utilizamos el lenguaje.
No pude por menos que compartir lectura con mis niños de Primer Ciclo. Escucharon atentos y dijeron que les parecía triste, pero bonito. Silvia aplaudió entusiasmada; otros entornaron los ojitos  pensando quizá en la desdicha de la pobre mierlita a la que una y otra vez engañaba la taimada zorra...y otros cavilaban sobre qué cosa sería aquel invento del "jápele-jópele" que la zorrita traía y llevaba.
La mierlita nos trajo consigo el recuerdo de un viejo contador de cuentos con barba de luna, que visitó nuestro colegio hace algunos años: Federico Martín Nebrás. Dice Antonio Rubio, que Federico le regaló este cuento que mamá Clara le contaba siendo infante allá en la Vera de Plasencia.
De cuando en vez, una historia te reconecta con tus raíces. Te lleva a aquel lugar a la orilla de un río donde cantaban las sirenas. Vuelve a tu memoria aquel lugar tocado por las hadas, o por la varita mágica de unas abuelas que contaban cuentos al calor de la lumbre, mientras desgranaban entre sus manos bolas de algodón.
Esta mierlita ha hecho que me vea chiquinina y  feliz, las trenzas estiradas, las mejillas como carbones encendidos y la imaginación desbocada, galopando hacia los límites del paraíso emocional de Dauseda.

Mª José Vergel Vega 

domingo, 10 de diciembre de 2017

La tierra prometida


“ He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe”
 (J. Ortega y Gasset)

Ha pasado el tiempo demasiado deprisa, velozmente  han ido sucediéndose las estaciones, y allí sigue varado en la orilla, acompañando con su sombra a aquel barco que un día pintamos de esperanza. El viejo chopo va dejando al descubierto sus cansadas raíces y se inclina hacia el agua quieta del río, coqueto aún, intentando conservar la compostura . Mi gigante verde siempre me recibe con las ramas abiertas.
¡Cuántos momentos de ocio he pasado en aquel barco amarrado a la cintura del chopo y que se mecía al compás de la brisa suave de la siesta! Cuando pienso en aquel tiempo tan azul ,me recuerdo siempre con un libro entre las manos, poniendo rumbo a los mares del sur en compañía de esa loca que es la imaginación de los niños y de las historias de Jack London, por supuesto. Otras veces me quedaba muy quieta, con los ojos puestos en el movimiento aleteante de las hojas del viejo chopo, hasta que me quedaba dormida y me dejaba llevar por el sueño hacia cualquier expedición por la luna. Yo de pequeña quería ser muchas cosas, pero sobre todo, astronauta; ahora tengo vértigo, ay que ver cómo te cambia el tiempo. Otras veces, componía canciones con los poemas que me rondaban la cabeza y me ceñían el corazón, echando mano de aquella guitarra que jamás aprendí a tocar, porque mis dedos siempre fueron torpes. Me viene a la memoria aquel romancillo de Góngora que dice:
La más bella niña
de nuestra ciudad ,
hoy viuda y sola
y ayer por casar…
Recitando esos versos rasgaba las cuerdas de la guitarra, poniendo énfasis en un estribillo que me quemaba las entrañas, porque yo siempre he sido muy vehemente, y me ponía tanto en la piel de aquella viudita, que me creía ella misma a la hora de repetir : Dejadme llorar/ orillas del mar… Han pasado los años y no he olvidado aquel poema que con mucho más acierto que yo, dónde va a parar, cantaba Paco Ibáñez.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Historia de un instante


Ocurrió en el preciso instante en que la Luna de Maíz se detuvo para decirle al sol lo mucho que lo había extrañado durante siglos.
También, una mujer y un perro, detuvieron sus pasos para no empañar el sagrado encuentro.
Después, con la emoción contenida, continuaron caminando entre dos luces siguiendo la estela de esos amantes celestes, contemplando la danza de esas dos criaturas que se aman y se repelen a un tiempo.
Un sol racial, con su danza guerrera, buscaba imponerse sobre todo el universo. Luna, más dulce y delicada, con movimientos leves de bailarina, se alejaba de su amado y enemigo, hasta perderse entre los velos del horizonte.
Cada septiembre ocurre esa danza en honor a las criaturas de la dehesa. Ellas saben contemplarla mudas, sumergidas en un silencio envolvente.
 Maravilloso espectáculo el del amanecer con esa luna amarilla hecha de dientes de maíz, que aquella mañana también saludó con nosotros el nuevo día, la vida, el preciso instante en que sabemos con certeza que el mundo está bien hecho.
Hermoso y mágico, como una oración, el instante efímero del amanecer. Es un momento en que parece que el mundo está en suspenso. No se oye absolutamente nada. Instante en que el silencio y la nada fluyen y confluyen.  
Los pájaros apagan sus trinos y enmudece por entero la dehesa. Las vacas rumian ese impasse acostadas sobre la hierba, aunque también hay alguna despistada que se rasca la testuz, a cámara lenta, contra el esqueleto de una encina. Tampoco cesan en su búsqueda continua de alimento ,una bandada de gansos del Nilo que, de vez en cuando, estiran sus alas como dando gracias al dios de los pájaros por ponerles cada día a disposición de sus picos su maná particular.
Nada puede turbar la paz de este momento. Es hora de abrir las puertas del alma y contemplar, mirar con los ojos del corazón y dar gracias por el nuevo día; sentirnos agradecidos porque nos es permitido ser partícipes de la belleza de todo lo creado.
¡Ójala todos supiéramos contemplar la hermosura de cada amanecer, la belleza de la vida y no nos dejáramos llevar por pájaros oscuros que habitan nuestras cabezas, por esos trinos siniestros que nos ponen en el camino de la destrucción!

martes, 17 de octubre de 2017

Los pájaros de Damasco



Toda la noche en Damasco sonaron las sirenas.
Lo hicieron con tanta urgencia, que los oídos me estallaron y la voz se me quebró para siempre.
Desde entonces, unos ojos negros y enormes velan mi sueño.
Sonríe cuando le sonrío. A veces me toma de la mano, me acaricia las mejillas o me aparta algún mechón rebelde sobre  la frente.
Y aunque mis oídos están vacíos, sé que me habla de los pájaros.
Ahmed se entrega en cada abrazo y me aferro al olor a pan reciente que sale de su cuerpo.
Ahmed me mira y me sonríe. Deben de estar sonando de nuevo las sirenas. Pero yo no tengo miedo, sé que Ahmed pondrá voz a mi silencio, y que siempre estarán ahí sus ojos, aceitunas de miel, a la caída de la tarde.
Estoy cansada. Cierro los ojos. Duermo. Sé que Ahmed me susurra que cuando despierte volarán los pájaros sobre el cielo de Damasco.

De  los ojos negros, enormes, de Ahmed, se escapa una lágrima.
Mª José Vergel Vega

jueves, 12 de octubre de 2017

El sueño y las escaleras

Para aquellos que saben lo que es aferrarse a una escalera y parir un sueño.
  
Una vez me contaron de una mujer que guardó un sueño tras un balcón cerrado. Me dijeron que su sueño venía de una noche lejana, de un tiempo de guitarras, de una vieja ciudad con besos trasnochados, en medio de un arrebato de versos heridos de amor.
Desde aquellos días lentos, guarda un retrato ajado en un viejo álbum de fotos; también guarda la promesa de un beso y la lluvia presentida como estación de reencuentro.
Esa mujer llegó a estar convencida de que hay sueños que duermen tan profundamente, que uno mismo los condena a no despertar jamás.
Pero después de tanto mirar a la Luna, un día comprendemos, ella también lo comprendió, que siempre amanece, incluso para los sueños.
Sólo necesitan una sombra tras los visillos del  balcón, una ráfaga de viento que llega en las alas de las mariposas de la noche, un olor a nuevo mundo, ese que sólo preludia la lluvia.
Aquella mujer que soñaba fue dejando que sus manos fueran haciéndose carne en otras manos; sus ojos se encendieron en otros ojos y consiguió que aquellos versos, llenos de amor, no hirieran sino a los que están vacíos de palabras y tienen por corazón  un pellejo reseco; pero de eso, no es culpable  su sueño.
Aquel sueño se fue moldeando en el taller del alma, y necesitó muchos días y más noches aún, para que alientos sucesivos, fueran dándole forma en el cuenco blando de las manos, que es el vientre de alquiler de cualquier sueño.
La mujer que soñaba, supo un día que debía dejar que otros soñaran su sueño; porque fabricar un sueño requiere de una organizada cadena de montaje.
En esta compleja cadena de montaje, no se puede obviar la necesidad de una escalera. Los sueños hay que colgarlos bien alto para que los que abominan de ellos, siquiera por un instante, los tomen en cuenta.
Costó mucho hacer entender a aquella mujer la importancia vital de tan pedestre elemento, y salió con aquello de que el alma no necesita escaleras…pero sí los sueños dijeron otras voces…
Nuestra escalera encierra una historia de pasión y doloroso alumbramiento, en dos fases: un ascendimiento, el del sueño de aquella mujer del balcón; pero también un descendimiento, la caída a los sufrimientos del averno. Porque para tocar el cielo, se hace necesario enfangarse con las miserias del infierno. Para tocar el cielo, los sueños deben ir  rescatando besos al olvido de las cunetas, allí donde los grillos cantan su cansancio desde las cuencas de las calaveras.
Manos y cuerpos en un escorzo doloroso,  soportando su cruz en una orgía  cuaresmal, para dejar bien claro que un sueño de esta categoría se pare con dolor.

miércoles, 11 de octubre de 2017

La miel de los días

"A mis hijos, hermanos y sobrinos, por ayudarme a  recoger , como abejita hacendosa, la miel de los días".

Hemos de saborear la miel de los días, esas pequeñas cosas que quedan fuera-gracias a los dioses de este mundo cambalache- de la primera página de los periódicos, que cada día nos aprietan el corazón a la hora del desayuno dejándonos, abandonados, al borde del colapso.
Hemos de refugiarnos en pequeñas cosas como la vida en familia, ese andar despacio para sentir deprisa. Cosas tan sencillas como el agua, tan escasa este otoño, resbalando entre los dedos.
La vida, sólo a veces, nos ofrece sus frutos más dulces; esos frutos que también a veces, más de las que pensamos, se esconden detrás de las espinas.
Hemos de saborear la miel de los días para dejar atrás la náusea de estos días de banderas y puños en alto, que apenas nos quedaban aire para respirar.
Justo cuando escribo estas lineas son las tres de la madrugada y pienso qué distintas suenan las horas en el refugio cierto de la sierra, esas campanadas ponen en el alma todo el silencio de las montañas.
¡Qué descansada y consciente vida la del que huye del mundanal ruido, lejos de los titulares antipáticos del día a día, lejos del papel cuché de personajes por los que, desgraciadamente, no resbala la miel de los días!

Mª José Vergel Vega

lunes, 26 de junio de 2017

Moustaki o la luz de Alejandría

Hoy encontré estas palabras, escritas ya hace un tiempo, a la muerte de un ser de luz que forma parte de mi paraíso particular: Georges Moustaki. Creo que reúnen todos los requisitos para habitar estos Cuadernos.


Para Narci, que compartió conmigo la luz de Alejandría, a través de las canciones de Moustaki.
“Je déclare l´état de bonheur permanent…(Déclaration, Moustaki)

Dicen que Alejandro Magno tuvo un sueño en el que se le aparecía un anciano de blancos cabellos, que le recitaba insistente unos versos de “La Odisea”:
“Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros…”
Cuando despertó, Alejandro fue a esa isla que aparecía en su sueño. Mandó traer harina para enmarcar el enclave de la futura ciudad. Dibujó un círculo en forma de manto macedonio. No bien hubo terminado, cuando llegaron unos grandes pájaros que se comieron toda la harina. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, Alejandro se turbó, porque pensó que aquello era un mal augurio. Pero, Aristandro, el vidente que lo acompañaba, le advirtió que el proceder de los pájaros pronosticaba que la ciudad sería rica y próspera y podría nutrir a hombres de todas las razas.

Cada vez que escucho las notas y los versos de Le Métèque, cobra vida esta hermosa leyenda.
Se me ha muerto Moustaki, aquel judío errante de Alejandría que cantaba en francés, en aquella lengua hermosa que más de una vez deseé que fuera la mía.
 Se me ha muerto aquel Yussef de barba en flor, con quien más de una primeriza universitaria, que éramos en aquellos tiempos, hubiéramos querido tener algo, siquiera fuera que te cantara al oído, con su facha de extranjero,  los versos de Le Métèque.
 ¡Éramos tan jóvenes en aquellos ochenta! ¡Y tan locos! Tan locos éramos,  que creíamos en los sueños y en el amor , capaces de redimir al mundo de su ponzoña de siglos. Quién más, quién menos, estábamos enamorados de amores, muchas veces platónicos, que tenían, por ejemplo, los ojos azules de Paul Newman, o los de aquel otro guapísimo y grandote Rock Hudson, que nos miraba, pícaro, desde alguna de las paredes desconchadas del comedor de un piso de estudiantes …
Quién más , quién menos, maldecíamos a aquel otro amor más real cuya figura aparecía en aquella foto tomada un día luminoso en un parque cuyo nombre ya no recuerdas. En el pie de aquella foto, había escritas unas palabras que, lo que son las cosas, jamás he olvidado: “Lembras-te dos nossos projetos?
¡Claro que me acuerdo de aquellos proyectos! Y de los que vinieron después ;  unos que se perdieron en el tiempo y otros que, incluso con la que está cayendo, aún  intentamos llevar a cabo. Proyectos que nos permiten caminar hacia nuestros sueños, hacia la utopía que sigue en el horizonte…porque “el hombre desciende de los sueños”, de sus pasos, de las huellas que sus zapatos van dejando, de los caminos que camina…

domingo, 18 de junio de 2017

La última noche



 Fue una noche de Junio en que oímos pasar los elefantes.
Ambos sabíamos que cada vez quedaba menos tiempo; que de allí a poco, llegaría el momento que ninguno nos atrevíamos a nombrar.
Y aquel momento llegaría, lo sabíamos ambos, más pronto que tarde.

Buscaste sus manos, y él no rechazó las tuyas. El tiempo que os quedaba se había convertido en un lago de aguas frías donde uno de los dos se sumergiría sin remedio.
Y tú lo sabías, todo se acabaría ahí, en el fondo de aquellas aguas heladas.
Aún se oían los elefantes y crecía en ti la necesidad de pedirle que aguardara un poco, que no se fuera todavía. Acaso tú no lo sabías o no querías saberlo, pero para entonces él ya estaba lejos, más allá de la frontera de los vivos.
Él se iba dejándose mecer por el agua. Sonreía. Así querías creerlo; a fin de cuentas, siempre había sonreído. Toda su vida había consistido  en poner estrellas donde tú sólo veías oscuridad.
Hay momentos en que llegan  las lágrimas cuando piensas  cuánto le querías, cuánto necesitas de sus manos. Manos capaces de sostener todo tu universo.