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lunes, 10 de marzo de 2025

Las mandarinas de Dauseda

 

Mi buceo particular en la intrahistoria de los miércoles, se lo dedico hoy a un hombre sencillo y bueno de mi pueblo, «Tío Venancio». Él me contó la historia que a continuación voy a compartir con vosotros. Tío Venancio entornaba los ojos mientras expresaba lo mucho que ha cambiado la vida, cómo antes se apreciaban las cosas, cómo todo se compartía, cómo las casas estaban abiertas de par en par para aquel que necesitara de nosotros. Y tiene toda la razón, ahora nos miramos con recelo, la envidia sobrevuela como moscardón , lo hacemos todo para nuestro provecho,  sin pensar en que pueda sufrir el que tenemos al lado. Es verdad, tío Venancio, yo también me barrunto que algo feo, muy feo, está pasando; no confiamos los unos en los otros y eso, palabra de Julia, que no me gusta ni zarrampiu .

 


Esto que voy a contaros  me sucedió hace unos días. De regreso a casa, me sorprendí más de una vez pensando en lo que aquel buen hombre me había contado, mientras esperaba para entrar al médico.

¡Qué cosas tiene tío Venancio!, me repetía yo a mí misma.

No me ví la cara, pero seguro que llevaba dibujada una sonrisa bobalicona, esa que nos sale cuando vamos pensando en otra cosa, y nuestros pies caminan como si pisaran estrellas, que digo yo.

 

Tío Venancio, me había hecho pensar en la cantidad de pequeñas cosas que bastan para hacernos felices cada día. Me regaló uno de sus recuerdos y yo, agradecida, lo deposité dentro de mi vieja caja de galletas, en ella estará a salvo de los embates del tiempo traicionero  y de la memoria , que a veces da bandazos. En el vientre de esa caja, que huele a galletas María,  podrá encontrarlo mi hermana, protagonista de esta historia.

Pues…esto era de saber que hubo un tiempo en que todos éramos muy felices en una casa en medio del campo, en el mismo corazón de Dauseda. Dicen que tío Venancio estaba con papá Leandro preparando la tierra para la próxima siembra. Cuando llegó la hora de comer el «cacho pan», ambos se sentaron en el portal a reponer fuerzas.

Cuentan también que, en el momento en que tío Venancio fue a comerse la fruta, una niña de grandes ojos y pelo rizado, apareció por allí y se quedó tan embelesada mirando las mandarinas que iban a servirle de postre, que el buen hombre le dijo a la criatura:

¿Quierih una , bonita?

Sigue la historia contándonos que aquella niña hizo un gracioso mohín, inclinó la cabeza hacia un lado y contestó:

–¡Buenu!

 

 

Cautivado debió quedarse el bueno de tío Venancio, viendo con qué sazón se comía aquel diminuto ser la apetecible fruta, y no pudo por menos que preguntar:

–¿T,a guhtau, bonita?

Llegados a este punto, el cronista se queda un momento en suspenso, creemos que en solidaridad con aquella linda niña que, al parecer, entornó los ojos, sonrió con dulce sonrisa y después de morderse el labio inferior, espetó:

–¡Condeliriu!

¡Bendita expresión ésta que me refirió el cuentista! ¡Condeliriu!, así, todo junto, porque en este pueblo nuestro, la expresión llega de un golpe a la boca; y de un golpe ha de salir. Porque de un golpe se expresa el delirio, la delectación con la que una niña de pocos años manifestaba su agradecimiento, sin medida, ante el regalo de aquel manjar que a día de hoy pudiera parecernos tan simple.

Esto sucedió hace ya algunos años, pues el cronista no lo precisa con exactitud,. Fue en el mismo corazón de Dauseda, cuando aún las mandarinas eran frutas mágicas que despertaban el delirio de los niños.

 Mª José Vergel Vega

NOTA: Este artículo fue publicado en Torrejoncillo Todo Noticias el 19 de Septiembre de 2012.

martes, 9 de abril de 2024

Abrazar la mansedumbre

 



Tengo en mis manos una reedición de 2019  de La princesa manca de Gustavo Martín Garzo, en editorial Kalandraka. Una auténtica joya.

La princesa manca tiene el regusto de los cuentos de antaño, contados al calor de la lumbre. Es de esos cuentos que una parece encontrar en un alto del camino en una reunión de pastores  ,refugiados al calor de las brasas en una noche fría de invierno, en la que lo que se cuenta, abriga y reconforta.

Fuego e historias, ingredientes perfectos para calentar el espíritu.

Gustavo Martín Garzo, autor de esta delicadeza de cuento, es un contador de historias a la antigua usanza. Lo narrado parece sembrado con  manos delicadas, hilado y cosido en el mandil de las abuelas, donde cabe lo mucho y lo poco. Las abuelas, las mejores contadoras desde que el mundo es mundo.

La sorpresa, el encantamiento, el asombro, el volver a ser infantes, está a solo un pase de página.

Queremos más, que nos cuente más, que la historia que se hace otras historias, no se detenga. La noche es larga y las palabras del contador brotan del manantial sereno de los sueños. Primero es un hilito, pero poco a poco, si sabemos darle el tiempo necesario, la historia se va haciendo río y el río se va haciendo cada vez más caudaloso hasta alcanzar el mar, donde desembocan todos los cuentos.

Los cuentos de Martín Garzo son como casas solariegas en las que recalar buscando sosiego. En ellos las palabras se cocinan a fuego lento, removiendo con la cuchara de palo, dando las vueltas necesarias para que el guiso final nos aproveche y nos reconforte: “sólo en su mansedumbre se guardaba el secreto del paraíso”. La mansedumbre como la mejor manera posible de transitar esta vida.

Una no puede entrar en las historias de Martín Garzo sin poner a punto la imaginación, sin volver de nuevo al reino de la inocencia donde conviven en amor y compaña animales, hombres, criaturas extrañas, una naturaleza madre que nos guía y nos salva de los peligros, el bosque como criatura poseedora de todos los secretos. Emboscarse para sanar: “Aunque existieran la pobreza, las ofensas, los fracasos, nadie lograría extinguir jamás esa luz que  les llegaba del misterioso bosque, revelándoles lo simples y verdaderas que podían ser las cosas”.

La princesa manca, y otros cuentos de Martín Garzo, son percibidos por los cinco sentidos. Sólo así podemos entenderlos, disfrutarlos y sanarnos. Nuestra existencia viene dada por la aceptación  del ciclo reiterativo entre la vida y la muerte. El autor nos muestra el verdadero ritmo de la vida, que no es otro que la pausa, el transitar tranquilo, el dejarse mecer en los hilos de las horas. Hay un tiempo para “encontrarnos con las cosas, y otro para despedirnos de ellas”. Y esto es así de sagrado.

A la usanza de los antiguos juglares, cuenta directamente al corazón. Lo narrado no parece escrito, sino dicho por labios expertos en pregonar historias.

La vida es un camino lleno de pruebas y sorpresas. En ella el dolor da paso a una felicidad más o menos efímera, y de ésta al sufrimiento media un suspiro. Cuanto antes lo aceptemos, más disfrutaremos del tiempo de vida que nos ha sido asignado. Y esto nos lo enseña como nadie este filósofo contador de historias que es Martín Garzo.

Contar para asombrarnos del milagro que es la vida.

Mª José Vergel Vega

martes, 28 de noviembre de 2023

Amor con amor se paga

 


Tuve entre mis manos este verano, cuando los días se estiraban ociosos, un librito que desde entonces vive en mi corazón: “Las virtudes del huerto” de Pía Pera.

Como muy acertadamente reza el subtítulo: “Cultivar la tierra es cultivar la felicidad”.

Cuidar de un jardín, de un huerto por pequeño que sea, es cuidar de una parte del mundo, del cachino de paraíso que te ha tocado en suerte. Y voy más allá, quizá lo más importante sea que cuidando de esa tierra o de ese jardín, estamos cuidando de nosotros mismos.

Al trabajar en un jardín o en un pedazo de tierra, se cultivan los terrenos de la mente y del corazón, en los que, con bastante asiduidad, crecen las malas hierbas a poco que nos descuidemos.

Anoto en este instante un aforismo de Montaigne: “Si algo nos gusta, no es probable que nos perjudique”. Dicho en el roman paladino que se habla por estas tierras : “Cada uno con su gusto, engorda”.

Pía nos habla directamente a nuestro sentir. Utiliza palabras que todos entendemos, en mi casa siempre decían que el oficio del campo tenía las letras muy gordas. Nunca estuve muy de acuerdo con la afirmación. Mimar la tierra para que germine y produzca los frutos deseados, requiere conocer muy bien los entresijos de este oficio tan duro, además de poner quintales de amor en todas las tareas que entraña el trabajo en el campo. Todo esto lo saber muy bien Pía Pera.

Las páginas de este precioso libro están plagadas de poesía. Una se imagina a Pía en todo momento con su escudo de armas de jardinera, como ella llama a la regadera, yendo de un lado a otro del jardín dejando caer gotitas de vida sobre sus plantas.

No me resisto  a copiar aquí, para compartirlas con vosotros, estas bellas palabras de la autora, palabras que brotan de la observación amorosa de la tierra que le rodea:

“En invierno, el hayedo es un bosque que habla de transitoriedad, cuya belleza desnuda provoca escalofríos”.

Nosotros, hombres y mujeres, también somos como árboles que van cambiando con el paso de las estaciones, aunque últimamente es la urgencia la que marca nuestra pauta de vida y no saboreamos con la requerida delectación el paso del tiempo.

¿Qué tal si detenemos la prisa y nos dejamos seducir por el paso lento de las estaciones en la naturaleza? Si respetamos sus ritmos, comprobaremos que de  “la oscuridad brota la luz”, que las hojas han de caerse para que se renueve el árbol y éste pueda dar sombra y frutos.

Un jardín recoleto o un pequeño huerto nos permiten dejar atrás, aunque solo sea por unos momentos, este mundo robotizado, repleto de gestos mecánicos que nos hacen un poco más artificiales y menos humanos.

Nuestra jardinera de palabras nos propone dejar por un momento la desbrozadora, artefacto agresivo que engulle la lentitud, y volver a la guadaña, que ejecuta la danza del campo con el sol como testigo y el viento resfrescando la piel.

Los jardines, los huertos son la cura perfecta para quienes adolecen de soledad. Los mil y un seres amables que habitan esos espacios nos consuelan haciendo que desaparezcan los pedacitos de pena que la vida nos deja pegados en el alma.

“La soledad del jardín no es aislamiento. Al contrario. Entre las plantas, cuidando de ellas, se tejen hilos invisibles que nos conectan a la red de la vida”.

Cierra los ojos en medio de tu jardín o de tu huerto, comprobarás que guardan un aroma a paraíso perdido, a aquel jardín del Edén en el que alguna vez viviste. Los jardines, los huertos, son el origen mismo y primigenio de la vida. Ellos seguirán viviendo más allá de nuestra muerte. Nos sobrevivirán, y en esa sobrevivencia, habrá un pedacito de nosotros, porque amor con amor se paga.

Recuerdo, mientras escribo estas líneas, a mi padre, campesino de vocación y jardinero de nuestras vidas.

Su último año, consciente de que sus días estaban contados, lo dedicó a sembrar árboles y flores. Aún sigue siendo dolorosa su pérdida, pero a nosotros nos consuela saber que se marchó contemplando la grandeza del jardín que había creado. En él nos dejó, como un milagro de amor, plantas llenas de vida, esa que a él se le escapaba. Árboles y flores llevan y la conservan todavía la esencia de lo que era mi padre.

Cada vez que recalo en el paraíso de mi infancia, y me siento bajo los árboles que él plantó como un regalo de vida, siento que sus manos invisibles mueven sus ramas y acarician sus frutos.

Parte de lo que fue sigue viviendo cada estío entre el perfume intenso de los dondiegos, plantados hace una eternidad en el jardín de entrada a la casa. Al abrigo de su perfume, nos contó alguna vez, se había enamorado de mi madre. Y al mismo abrigo, decidieron emprender una vida juntos.

La vida que él plantó cuando la suya se acababa, hoy nos sana las heridas.

Si levanto la vista y miro al horizonte, aún puedo verlo, erguido como un massai, contemplando la belleza de su creación: el mundo en miniatura que creó para nosotros y sus nietos.

 Mª José Vergel Vega

martes, 4 de febrero de 2020

La mierlita



Está claro que yo no puedo entrar en una librería y salir con las manos vacías. Hoy, mi preciosa librera Mónica, puso ante mis ojos una cajita de cuentos diminutos ( el número 5 de la colección "Minilibros" de Kalandraka, recomendable para todas las edades).
Éste de La mierlita fue el primero que se me vino a las manos. Leerlo, y recordar a mis abuelas, aquellas mujeres sabias que me enseñaron a interpretar el libro de la vida, fue todo uno. La mierlita es una historia con sabor a aquellos cuentos de la infancia en el regazo de aquellas mujeres valientes y tiernas que fueron nuestras abuelas.
Me encantó que Antonio Rubio, maestro de maestros, le pusiera ese título en diminutivo , en extremeño y en femenino, porque por estos lares hay mierlas pero no mierlos. Fascinante la forma en la que utilizamos el lenguaje.
No pude por menos que compartir lectura con mis niños de Primer Ciclo. Escucharon atentos y dijeron que les parecía triste, pero bonito. Silvia aplaudió entusiasmada; otros entornaron los ojitos  pensando quizá en la desdicha de la pobre mierlita a la que una y otra vez engañaba la taimada zorra...y otros cavilaban sobre qué cosa sería aquel invento del "jápele-jópele" que la zorrita traía y llevaba.
La mierlita nos trajo consigo el recuerdo de un viejo contador de cuentos con barba de luna, que visitó nuestro colegio hace algunos años: Federico Martín Nebrás. Dice Antonio Rubio, que Federico le regaló este cuento que mamá Clara le contaba siendo infante allá en la Vera de Plasencia.
De cuando en vez, una historia te reconecta con tus raíces. Te lleva a aquel lugar a la orilla de un río donde cantaban las sirenas. Vuelve a tu memoria aquel lugar tocado por las hadas, o por la varita mágica de unas abuelas que contaban cuentos al calor de la lumbre, mientras desgranaban entre sus manos bolas de algodón.
Esta mierlita ha hecho que me vea chiquinina y  feliz, las trenzas estiradas, las mejillas como carbones encendidos y la imaginación desbocada, galopando hacia los límites del paraíso emocional de Dauseda.

Mª José Vergel Vega 

viernes, 30 de marzo de 2018

A Gabo, en el cielo de Macondo

Hoy, en una agradable reunión de amigos, hablamos de Gabo, del poder terapéutico de sus cuentos. Recordé que hace unos años, a su muerte un día de Jueves Santo, escribí unas letras para recordarlo y darle las gracias por todo cuanto como lectora me había aportado. Merecían estas palabras morar en esta casa de Dauseda.

"Escribo para que me quieran más (Gabriel García Márquez)


Los dioses que pueblan el cielo de Macondo decidieron que te fueras en Jueves Santo.
Yo, si fuera posible negociar mi muerte, pediría irme como Gabo, un día de pasión repleto de flores y con un sol de justicia. No quiero que la muerte me lleve triste ni con frío.
Siempre hay un más allá para los que como él pusieron la magia  de la palabra en esta realidad que necesitamos cambiar a toda costa. Siempre espera un paraíso donde no hay tristeza ni dolor, sino vida en abundancia.
Allá en el cielo de Macondo, Gabo seguirá teniendo la bendita manía de contar, de escribir por años sin término.
Estuvo destinado a ser cronista de cuanto pasaba, real o imaginario. Lo supo el mismo día de su nacimiento; un día en que caía un generoso aguacero sobre Aracataca. Al bebé hubieron de librerarlo del cordón umbilical que traía liado al cuello, signo inequívoco de que la vida no es un regalo fácil de llevar. Las mujeres de la casa corrieron a bautizarlo con agua bendita.Se llamará Gabriel, le dijeron, “el que trae la fuerza y el amor de Dios”.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La tierra prometida


“ He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe”
 (J. Ortega y Gasset)

Ha pasado el tiempo demasiado deprisa, velozmente  han ido sucediéndose las estaciones, y allí sigue varado en la orilla, acompañando con su sombra a aquel barco que un día pintamos de esperanza. El viejo chopo va dejando al descubierto sus cansadas raíces y se inclina hacia el agua quieta del río, coqueto aún, intentando conservar la compostura . Mi gigante verde siempre me recibe con las ramas abiertas.
¡Cuántos momentos de ocio he pasado en aquel barco amarrado a la cintura del chopo y que se mecía al compás de la brisa suave de la siesta! Cuando pienso en aquel tiempo tan azul ,me recuerdo siempre con un libro entre las manos, poniendo rumbo a los mares del sur en compañía de esa loca que es la imaginación de los niños y de las historias de Jack London, por supuesto. Otras veces me quedaba muy quieta, con los ojos puestos en el movimiento aleteante de las hojas del viejo chopo, hasta que me quedaba dormida y me dejaba llevar por el sueño hacia cualquier expedición por la luna. Yo de pequeña quería ser muchas cosas, pero sobre todo, astronauta; ahora tengo vértigo, ay que ver cómo te cambia el tiempo. Otras veces, componía canciones con los poemas que me rondaban la cabeza y me ceñían el corazón, echando mano de aquella guitarra que jamás aprendí a tocar, porque mis dedos siempre fueron torpes. Me viene a la memoria aquel romancillo de Góngora que dice:
La más bella niña
de nuestra ciudad ,
hoy viuda y sola
y ayer por casar…
Recitando esos versos rasgaba las cuerdas de la guitarra, poniendo énfasis en un estribillo que me quemaba las entrañas, porque yo siempre he sido muy vehemente, y me ponía tanto en la piel de aquella viudita, que me creía ella misma a la hora de repetir : Dejadme llorar/ orillas del mar… Han pasado los años y no he olvidado aquel poema que con mucho más acierto que yo, dónde va a parar, cantaba Paco Ibáñez.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Historia de un instante


Ocurrió en el preciso instante en que la Luna de Maíz se detuvo para decirle al sol lo mucho que lo había extrañado durante siglos.
También, una mujer y un perro, detuvieron sus pasos para no empañar el sagrado encuentro.
Después, con la emoción contenida, continuaron caminando entre dos luces siguiendo la estela de esos amantes celestes, contemplando la danza de esas dos criaturas que se aman y se repelen a un tiempo.
Un sol racial, con su danza guerrera, buscaba imponerse sobre todo el universo. Luna, más dulce y delicada, con movimientos leves de bailarina, se alejaba de su amado y enemigo, hasta perderse entre los velos del horizonte.
Cada septiembre ocurre esa danza en honor a las criaturas de la dehesa. Ellas saben contemplarla mudas, sumergidas en un silencio envolvente.
 Maravilloso espectáculo el del amanecer con esa luna amarilla hecha de dientes de maíz, que aquella mañana también saludó con nosotros el nuevo día, la vida, el preciso instante en que sabemos con certeza que el mundo está bien hecho.
Hermoso y mágico, como una oración, el instante efímero del amanecer. Es un momento en que parece que el mundo está en suspenso. No se oye absolutamente nada. Instante en que el silencio y la nada fluyen y confluyen.  
Los pájaros apagan sus trinos y enmudece por entero la dehesa. Las vacas rumian ese impasse acostadas sobre la hierba, aunque también hay alguna despistada que se rasca la testuz, a cámara lenta, contra el esqueleto de una encina. Tampoco cesan en su búsqueda continua de alimento ,una bandada de gansos del Nilo que, de vez en cuando, estiran sus alas como dando gracias al dios de los pájaros por ponerles cada día a disposición de sus picos su maná particular.
Nada puede turbar la paz de este momento. Es hora de abrir las puertas del alma y contemplar, mirar con los ojos del corazón y dar gracias por el nuevo día; sentirnos agradecidos porque nos es permitido ser partícipes de la belleza de todo lo creado.
¡Ójala todos supiéramos contemplar la hermosura de cada amanecer, la belleza de la vida y no nos dejáramos llevar por pájaros oscuros que habitan nuestras cabezas, por esos trinos siniestros que nos ponen en el camino de la destrucción!

martes, 17 de octubre de 2017

Los pájaros de Damasco



Toda la noche en Damasco sonaron las sirenas.
Lo hicieron con tanta urgencia, que los oídos me estallaron y la voz se me quebró para siempre.
Desde entonces, unos ojos negros y enormes velan mi sueño.
Sonríe cuando le sonrío. A veces me toma de la mano, me acaricia las mejillas o me aparta algún mechón rebelde sobre  la frente.
Y aunque mis oídos están vacíos, sé que me habla de los pájaros.
Ahmed se entrega en cada abrazo y me aferro al olor a pan reciente que sale de su cuerpo.
Ahmed me mira y me sonríe. Deben de estar sonando de nuevo las sirenas. Pero yo no tengo miedo, sé que Ahmed pondrá voz a mi silencio, y que siempre estarán ahí sus ojos, aceitunas de miel, a la caída de la tarde.
Estoy cansada. Cierro los ojos. Duermo. Sé que Ahmed me susurra que cuando despierte volarán los pájaros sobre el cielo de Damasco.

De  los ojos negros, enormes, de Ahmed, se escapa una lágrima.
Mª José Vergel Vega

jueves, 12 de octubre de 2017

El sueño y las escaleras

Para aquellos que saben lo que es aferrarse a una escalera y parir un sueño.
  
Una vez me contaron de una mujer que guardó un sueño tras un balcón cerrado. Me dijeron que su sueño venía de una noche lejana, de un tiempo de guitarras, de una vieja ciudad con besos trasnochados, en medio de un arrebato de versos heridos de amor.
Desde aquellos días lentos, guarda un retrato ajado en un viejo álbum de fotos; también guarda la promesa de un beso y la lluvia presentida como estación de reencuentro.
Esa mujer llegó a estar convencida de que hay sueños que duermen tan profundamente, que uno mismo los condena a no despertar jamás.
Pero después de tanto mirar a la Luna, un día comprendemos, ella también lo comprendió, que siempre amanece, incluso para los sueños.
Sólo necesitan una sombra tras los visillos del  balcón, una ráfaga de viento que llega en las alas de las mariposas de la noche, un olor a nuevo mundo, ese que sólo preludia la lluvia.
Aquella mujer que soñaba fue dejando que sus manos fueran haciéndose carne en otras manos; sus ojos se encendieron en otros ojos y consiguió que aquellos versos, llenos de amor, no hirieran sino a los que están vacíos de palabras y tienen por corazón  un pellejo reseco; pero de eso, no es culpable  su sueño.
Aquel sueño se fue moldeando en el taller del alma, y necesitó muchos días y más noches aún, para que alientos sucesivos, fueran dándole forma en el cuenco blando de las manos, que es el vientre de alquiler de cualquier sueño.
La mujer que soñaba, supo un día que debía dejar que otros soñaran su sueño; porque fabricar un sueño requiere de una organizada cadena de montaje.
En esta compleja cadena de montaje, no se puede obviar la necesidad de una escalera. Los sueños hay que colgarlos bien alto para que los que abominan de ellos, siquiera por un instante, los tomen en cuenta.
Costó mucho hacer entender a aquella mujer la importancia vital de tan pedestre elemento, y salió con aquello de que el alma no necesita escaleras…pero sí los sueños dijeron otras voces…
Nuestra escalera encierra una historia de pasión y doloroso alumbramiento, en dos fases: un ascendimiento, el del sueño de aquella mujer del balcón; pero también un descendimiento, la caída a los sufrimientos del averno. Porque para tocar el cielo, se hace necesario enfangarse con las miserias del infierno. Para tocar el cielo, los sueños deben ir  rescatando besos al olvido de las cunetas, allí donde los grillos cantan su cansancio desde las cuencas de las calaveras.
Manos y cuerpos en un escorzo doloroso,  soportando su cruz en una orgía  cuaresmal, para dejar bien claro que un sueño de esta categoría se pare con dolor.

miércoles, 11 de octubre de 2017

La miel de los días

"A mis hijos, hermanos y sobrinos, por ayudarme a  recoger , como abejita hacendosa, la miel de los días".

Hemos de saborear la miel de los días, esas pequeñas cosas que quedan fuera-gracias a los dioses de este mundo cambalache- de la primera página de los periódicos, que cada día nos aprietan el corazón a la hora del desayuno dejándonos, abandonados, al borde del colapso.
Hemos de refugiarnos en pequeñas cosas como la vida en familia, ese andar despacio para sentir deprisa. Cosas tan sencillas como el agua, tan escasa este otoño, resbalando entre los dedos.
La vida, sólo a veces, nos ofrece sus frutos más dulces; esos frutos que también a veces, más de las que pensamos, se esconden detrás de las espinas.
Hemos de saborear la miel de los días para dejar atrás la náusea de estos días de banderas y puños en alto, que apenas nos quedaban aire para respirar.
Justo cuando escribo estas lineas son las tres de la madrugada y pienso qué distintas suenan las horas en el refugio cierto de la sierra, esas campanadas ponen en el alma todo el silencio de las montañas.
¡Qué descansada y consciente vida la del que huye del mundanal ruido, lejos de los titulares antipáticos del día a día, lejos del papel cuché de personajes por los que, desgraciadamente, no resbala la miel de los días!

Mª José Vergel Vega

lunes, 26 de junio de 2017

Moustaki o la luz de Alejandría

Hoy encontré estas palabras, escritas ya hace un tiempo, a la muerte de un ser de luz que forma parte de mi paraíso particular: Georges Moustaki. Creo que reúnen todos los requisitos para habitar estos Cuadernos.


Para Narci, que compartió conmigo la luz de Alejandría, a través de las canciones de Moustaki.
“Je déclare l´état de bonheur permanent…(Déclaration, Moustaki)

Dicen que Alejandro Magno tuvo un sueño en el que se le aparecía un anciano de blancos cabellos, que le recitaba insistente unos versos de “La Odisea”:
“Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros…”
Cuando despertó, Alejandro fue a esa isla que aparecía en su sueño. Mandó traer harina para enmarcar el enclave de la futura ciudad. Dibujó un círculo en forma de manto macedonio. No bien hubo terminado, cuando llegaron unos grandes pájaros que se comieron toda la harina. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, Alejandro se turbó, porque pensó que aquello era un mal augurio. Pero, Aristandro, el vidente que lo acompañaba, le advirtió que el proceder de los pájaros pronosticaba que la ciudad sería rica y próspera y podría nutrir a hombres de todas las razas.

Cada vez que escucho las notas y los versos de Le Métèque, cobra vida esta hermosa leyenda.
Se me ha muerto Moustaki, aquel judío errante de Alejandría que cantaba en francés, en aquella lengua hermosa que más de una vez deseé que fuera la mía.
 Se me ha muerto aquel Yussef de barba en flor, con quien más de una primeriza universitaria, que éramos en aquellos tiempos, hubiéramos querido tener algo, siquiera fuera que te cantara al oído, con su facha de extranjero,  los versos de Le Métèque.
 ¡Éramos tan jóvenes en aquellos ochenta! ¡Y tan locos! Tan locos éramos,  que creíamos en los sueños y en el amor , capaces de redimir al mundo de su ponzoña de siglos. Quién más, quién menos, estábamos enamorados de amores, muchas veces platónicos, que tenían, por ejemplo, los ojos azules de Paul Newman, o los de aquel otro guapísimo y grandote Rock Hudson, que nos miraba, pícaro, desde alguna de las paredes desconchadas del comedor de un piso de estudiantes …
Quién más , quién menos, maldecíamos a aquel otro amor más real cuya figura aparecía en aquella foto tomada un día luminoso en un parque cuyo nombre ya no recuerdas. En el pie de aquella foto, había escritas unas palabras que, lo que son las cosas, jamás he olvidado: “Lembras-te dos nossos projetos?
¡Claro que me acuerdo de aquellos proyectos! Y de los que vinieron después ;  unos que se perdieron en el tiempo y otros que, incluso con la que está cayendo, aún  intentamos llevar a cabo. Proyectos que nos permiten caminar hacia nuestros sueños, hacia la utopía que sigue en el horizonte…porque “el hombre desciende de los sueños”, de sus pasos, de las huellas que sus zapatos van dejando, de los caminos que camina…

domingo, 18 de junio de 2017

La última noche



 Fue una noche de Junio en que oímos pasar los elefantes.
Ambos sabíamos que cada vez quedaba menos tiempo; que de allí a poco, llegaría el momento que ninguno nos atrevíamos a nombrar.
Y aquel momento llegaría, lo sabíamos ambos, más pronto que tarde.

Buscaste sus manos, y él no rechazó las tuyas. El tiempo que os quedaba se había convertido en un lago de aguas frías donde uno de los dos se sumergiría sin remedio.
Y tú lo sabías, todo se acabaría ahí, en el fondo de aquellas aguas heladas.
Aún se oían los elefantes y crecía en ti la necesidad de pedirle que aguardara un poco, que no se fuera todavía. Acaso tú no lo sabías o no querías saberlo, pero para entonces él ya estaba lejos, más allá de la frontera de los vivos.
Él se iba dejándose mecer por el agua. Sonreía. Así querías creerlo; a fin de cuentas, siempre había sonreído. Toda su vida había consistido  en poner estrellas donde tú sólo veías oscuridad.
Hay momentos en que llegan  las lágrimas cuando piensas  cuánto le querías, cuánto necesitas de sus manos. Manos capaces de sostener todo tu universo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Barruntos


Me llega el barrunto de la luz extraña de tus ojos. Ahora que tan pronto nos invade la penumbra y el cuerpo se acomoda a este letargo impreciso, preludio, tal vez,  de la muerte.
Algo está pasando a lo que no sé poner nombre. Cuando nadie me observa, me da por escribir versos adolescentes que hablan  de un amor trasnochado; de un amor que nació entre manchas de tinta y el soniquete cansino de las tablas de multiplicar.
Rebusco en mi caja de palabras y no encuentro las precisas; así las cosas, termino por decirte que tus ojos son tan tristes como la tarde que se marcha.
Me vuelvo hacia la ventana, y me devuelve un paisaje en el que no me reconozco. Todo en esta tarde triste lo engulle la maleza, la ruina lo acaba todo…los olivos son fantasmas que ríen mi dolor.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Septiembre y los pájaros



     Contemplo el tiempo detenido en las alas extendidas de los pájaros…
     Hubo un tiempo alegre y despreocupado en el que con los dedos tocabas el paraíso.
     Aún tenías sus manos, como escudos que te protegían, aún te envolvía su sonrisa…y nunca era demasiado tarde.
     En ese tiempo, las mañanas tenían el olor del pan recién hecho, y el mundo se presentaba ante tus ojos como recién creado.
     Guardabas el tiempo, prisionero, entre los poros inertes de la piedra…el tiempo que se hacía silencio…las horas que quedaban quietas en las esferas de los relojes.

jueves, 21 de julio de 2016

Pájaros en la cabeza


El verano es también tiempo de reencuentros con lecturas que nos llevan a las puertas de un tiempo azul y despreocupado.
Cada vez estoy más convencida de que somos en gran medida aquello que leemos.
Hay libros que están irremisiblemente ligados a una época de nuestras vidas y volver a tenerlos en nuestras manos es tener el coraje de revivir aquello que nos resultó placentero, desoyendo las voces que nos advierten que no debiéramos tratar de volver a los lugares en los que fuimos felices.
Escribo en mi Cuaderno de Hadas que desde que Alfanhuí puso su mundo en mis manos, sé que las abuelas tienen cintura de almendro, y que los desvanes en los que crecimos “están llenos de sueños”. De hecho, si hoy escribo historias, es gracias a los desvanes y alacenas oscuras donde vivían ratones y culebras, aliados de los mayores, con los que nos asustaban cuando nos tomábamos la justicia por nuestras manos inocentes. Hoy esbozo una sonrisa al recordarlo, porque difícilmente pueden convivir ratones y culebras en un cuarto cerrado, ya que las segundas darían buena cuenta de los primeros, pero no es menester decir que los pocos años nos eximían de saber ciertas cosas.
Alfanhuí sabe de la importancia de las palabras y de los colores. Desde muy niño supo que el fuego es capaz de encender miles de historias.
Guardo mi Cuaderno en la mochila y me dispongo a emprender el camino de la mano sabia de Alfanhuí. Soy una mendiga cubierta con los harapos del tiempo…y el grito de los alcaravanes se estrella contra las colinas somnolientas de mi alma: ¡Al-fan-huí…al-fan-huí… En uno de los bolsillos remendados palpo, de vez en cuando, una culebra de plata para las noches sin luna.
Se van marchando las tardes estivales mordiendo con gula las esquinas de la memoria. Digo: ¡Al-fan-huí! y viene a mí un tiempo de risas y llantos, de sentimientos subidos a una noria descontrolada, en que íbamos y veníamos alocados por los pasillos del instituto entre la tabla periódica de los elementos, las declinaciones latinas, mi odio declarado a las matemáticas y el cruce nervioso con unos ojos especiales antes de entrar en clase.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Federico y la tierra


"La soledad de Federico". Versos de amor heridos de Teatro Jachas.
Debió ser muy doloroso morir de noche, cuidando de no hacer ruido para no despertar a la Madre Tierra.
Los que mueren de noche, se marchan pisando estrellas. Ellos saben que la tierra los espera con su vientre húmedo, oscura madre de los desamparados, de los que fueron empujados a sentir el dolor inmenso de morir a cielo abierto.
Federico tuvo cuidado de no despertarla con sus lágrimas.
De sus ojos brotó un agua silenciosa que apagó el fulgor de las luciérnagas. Dicen que los grillos oscuros de la noche cerraron su boca con besos extraños. 
Cuentan, los que viven al abrigo de la noche, que el lucero del alba tomó para sí la luz verde de sus ojos, antes de que la sinrazón los cegara con sus dedos de plomo.
Después vino un tiempo en el que el ruiseñor entretuvo sus días rescatando sus versos, limpios como el agua.
El viento sabe que aquella noche no perfumaba el aire el aroma somnoliento de los dondiegos. Había un olor a selva, a tierra virgen que despertaba de corrientes subterráneas.
Cada vez que muere un poeta, la tierra inventa refugios de arcilla y luciérnagas, vasijas funerarias que las raíces amasan para acoger a los que mueren en sombra para no violentar a las criaturas de la noche.
Dicen las falenas y otros testigos insomnes, aquellos que se levantaron sobre el plomo, que desde entonces la tierra mece tu sueño, con un rumor incesante de versos que nacen heridos de amor.
Hace tiempo que tomé por costumbre sentarme sobre la tierra y, a noche abierta, amasar con mis manos tu recuerdo.
En el cáliz de las rosas está escrito que, alguna de esas noches, él derramó sobre mí la miel de sus versos.

Mª José Vergel Vega


miércoles, 13 de abril de 2016

Bienaventuranzas de la memoria


A la memoria de Don Francisco Moreno Vidal, Alcalde Socialista-Republicano de Torrejoncillo, en los aciagos momentos en que estalló la Guerra Civil en España; y a la memoria de todos, los que como él, fueron asesinados y condenados a un olvido injusto.

Escribí estas "bienaventuranzas" para Versos de amor heridos,  que representara Teatro Jachas hace ya unos años. Unos versos que debía a dos personas que siempre serán muy importantes en mi vida: Francisco Moreno Vidal y Federico García Lorca. Vuelvo a publicarlas en este lugar porque siento que deben estar aquí también; al fin y al cabo estos cuadernos son una extensión de mi alma.


Bienaventurados los que guardan memoria de aquellos a quienes arrojaron al silencio de las cunetas.

Bienaventurados los que albergan en su corazón la certeza del dolor de los que sufren.

Bienaventurados los que recuerdan porque espantan el negro fantasma del olvido.

Bienaventurados los que creen que los huesos son memoria de la vida.

Bienaventurados los que hablan con sus muertos, porque ellos tienen mucho que decir.

Bienaventurados los que creen que sin dignidad no podemos ser llamados hombres.

Bienaventurados los que creen  que los muertos sin nombre también construyen la historia.

Bienaventurados los que se niegan a olvidar, porque creen que un mundo más humano es posible.

Bienaventurados los que defienden su derecho a recordar, porque reivindican el poder del corazón.

Bienaventurados aquellos que desterraron el miedo porque ellos parieron  la libertad.
Mª José Vergel Vega




lunes, 4 de abril de 2016

Llévame hasta el mar

"Quiero ser mar, sólo consigo espuma"

Nunca pude con la lluvia de Abril. Siempre ella fue la culpable de mis penas, de llenarme la primavera de tristeza.
Hoy volvió a amanecer Abril envuelto en lluvia. Supe que algo ocurría cuando una nube de oscuro desánimo cruzó ante mis ojos. La última hora se avalanzó sobre mí, cruel, cuando el día recién echaba a andar: Manolo Tena había muerto.
No se me ocurrió mejor cosa que escuchar "Llévame hasta el mar" , la canción que siempre me ronda la cabeza y que seguro lo acompaña en el que llaman último viaje. Esta vida nuestra tan llena de eufemismos.
Morir es fundirse con el mar, por aquello que dijo el poeta de que nuestras vidas son los ríos. Siempre nos quedará el consuelo del mar y sus abrazos para seguir aquí de algún modo, libres y salvajes.
Siempre me quedará en medio de este Abril tu voz que volaba como un alma con las alas rotas y el recuerdo de aquellos años en que estábamos convencidos de poder comernos el mundo. Hoy, a ratos  pienso, que el mundo nos ha engullido a nosotros.
¡Qué manía la de los muertos de irse por el agua! ¡Qué manía este quedarme abandonada, desnuda en medio de Abril, tiritando de frío! ¡Qué manía ésta de tatuarme las canciones en medio de la sangre para que no te me marches del todo!

Hay días en que me pueden la lluvia y las ausencias.

Mª José Vergel Vega

domingo, 28 de febrero de 2016

Volverás a la casa del padre...



Antes de las ruinas fue la vida. El portal encalado donde anidaban las golondrinas. Los pasos adivinados de padre sacudiéndose el barro de las botas. Las manos blancas de madre sosteniendo el tazón del vino.
Entonces, todo estaba bien, cada cosa en su sitio. Ha ido pasando el tiempo, y una se da cuenta, vieja ya y cansada, de que hasta las palabras se han ido perdiendo por el camino.
Pero volverás a la casa del padre, allí donde aún las libélulas ornan tus pies.
Has de volver a la vera del agua, al crepitar de los pasos en la maleza. Y el viento será quien te diga verdades: que tú eres esta tierra y los pájaros que la habitan.
Volverás aunque los versos te sean esquivos. El tiempo se ha detenido para que vuelvas. Nada se mueve, sino tú misma.
Alrededor de tus trenzas, vuelan locas volvoretas al compás de unas manos blancas. Recordarás los días en que accedías al verde corazón del monstruo, cuando andabas con pies de nube para no despertar a la bestia que, en su ciénaga verde, hacía latir su verde corazón en las largas tardes de verano.
Entonces todo era verde. Verde era el barco pirata en el que cargaste tus sueños. Verde estaban las aguas que surcaba, henchido de esperanza, y verde avanzaba corriente abajo aquel velero de papel, antes de que llegara el invierno con su aliento helado  y su canción triste.

¡Verde, verde, verde! ¡Rumbo a las aguas de la infancia!
Mª José Vergel Vega

domingo, 14 de febrero de 2016

Volver a Lisboa


"Soñamos la misma ciudad...(El invierno en Lisboa. Antonio Muñoz Molina)


Hace unos días regresé a Lisboa, por esa manía que a los  humanos  nos entra  de volver a los lugares en los que fuimos felices o sentimos la ilusión de la felicidad.
Confieso que vuelvo a esta ciudad como si volviera a los brazos de un amante . Por ella  lo dejaría todo, aún sabiendo que nada dura para siempre  y que lo de los amores eternos es un cuento que siempre termina de aquella manera.
Pero el paso de los años nos enseña que para amar es preciso doler, dolerse.Y  a mí me duele el color ocre del cielo de Lisboa, la ciudad que se marcha nuevamente en este barco de Abril que al otro lado de la ventana se deshace en colores.
La melancolía , incluso en primavera, es de un gris intenso, tanto, que amenaza descargar un intenso aguacero.
Una y mil veces sostengo que no hay cielo como el de Lisboa. A mí me cabe la dicha o la desdicha de tener con esta ciudad una relación de amor-odio que me hace entregarme a mi particular “libro del desasosiego”, al no parar quieta, a dejarme llevar en  brazos del insomnio cada vez que ante mí se abre la promesa de verla de nuevo.
Lisboa es una amante que espera y que a la vez se muestra esquiva. Me enamoré de ella una tarde con el consentimiento alevoso de la poesía…  leía unos versos de Ángel Campos que evocaban una ciudad blanca…refugio cierto en el que recalar  en alguno de los vaivenes de la vida.
Y el idilio dura desde entonces, con altos y bajos como en todas las relaciones. A veces nos declaramos amor eterno, otras nos herimos con tanta saña que las heridas hacen mella en el corazón por amar demasiado: te quiero porque me matas y es por eso que te quiero.