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lunes, 20 de julio de 2026

Dejándome leer por Alejandro Palomas

 



Dicen que las bicicletas son para el verano. Y, añado: también las pilas de libros esperando ser leídos. Nada como este tiempo estival en el que la prisa se sosiega un poquito, para darse a la lectura como uno de los grandes placeres de la vida, al menos de la mía.

Entre las joyas que tenemos alojadas en nuestra Biblioteca Pública ─lástima que esté tan poco dinamizada─, se encuentra Esto no se dice de Alejandro Palomas.

Aviso a navegantes, que no es de esas lecturas livianas que puedas leer entre vuelta y vuelta  mientras tomas el sol en la piscina. La historia de Palomas incomoda por la verdad tan dolorosa que encierra.

Alejandro Palomas se abre en canal para contarnos que él fue un niño violado y abusado por uno de los religiosos, que lo que debería haber hecho sería educarlo y respetar el territorio sagrado de la infancia.

Una se pregunta cómo se puede superar algo tan terrible, aunque lo correcto sería tal vez cuestionarse cómo se puede recuperar alguien después de haber vivido tanto horror. Lo más fácil hubiera sido echarse a morir, no dar oportunidades a una vida que tan poco te había cuidado. ¿Cómo puede la Santa Madre Iglesia y todos sus ministros mirar para otro lado, dando cobijo a quienes vulneraron el cuerpo y el alma de niños inocentes?

Pese a todo, siempre hay razones para seguir adelante. Hay a quien le cuesta toda una vida confesar aquello que no había que decir porque las víctimas se sienten sucias y culpables del proceder del verdugo. Nunca preguntemos a una víctima  por qué ahora. Cada cual cuenta cuando está preparado. Nadie sabe los desiertos, los mares enfurecidos  que ha tenido que atravesar para contar algo tan terrible, tan inconfesable, pues: “Recordar es arriesgarnos a despertar al monstruo que habita en la herida”.

¿Cómo puede un niño atreverse a contar el horror, la vergüenza a la que lo somete uno de sus educadores? ¿Hay algún camino para desechar el asco que produces en los demás sin ser tuya la culpa?

La respuesta es que hay caminos, aunque haya que transitarlos  despacio, dando traspiés en muchos casos.

En ese tránsito están las manos de una madre, su mirada sanadora, su paciencia infinita, acompañando en el dolor y en la esperanza. Como dice el autor, menos mal que las madres están sobre todo cuando ya no están.

Fundirte en la mirada de tu perro cuando duerme, sentir su cálida presencia a tu lado. Animalizarnos con él, pues en ese proceso nos sentimos capaces de volver a confiar en quienes somos, en aceptarnos y querernos.

Y escribir, porque escribir siempre ha sido terapéutico: “Escribo para que la luz no se apague, esa es la verdad”. La palabra escrita y leída nos salva de los naufragios, del dolor insoportable que produce vivir cuando la herida es tan profunda. Las palabras nos conceden ese atisbo de luz que nos permite intuir que en algún momento tendremos “esa habitación propia” en la que estar a salvo. Las palabras cauterizan las heridas. Hay libros que parece que alguien escribió pensando en nosotros, tal es la manera en la que nos reconocemos en ellos. Esas historias nos hacen saber que no estamos solos, que hay que seguir peleando por ser hombres y mujeres libres y sagrados.

¡Qué duro, qué necesario contar desde lo más profundo del sufrimiento, qué inyección de esperanza para quienes no acaban de encontrar un faro que los ilumine!

Y vuelvo a repetir qué sinrazón y qué absoluta vergüenza que religiosos que han abusado y violado a niños tengan hoy una vejez plácida, amparados mezquinamente por la Iglesia.

Lo que no se nombra, no existe. Por eso, gracias a los que se atreven a nombrar porque a la par que conjuran el horror, hacen la vida más verdadera.

Mª José Vergel Vega

miércoles, 29 de abril de 2026

Dejándome leer por Susanna Tamaro




Cuanto más leo, más me convenzo de que son los libros los que nos leen y no al contrario.

Leyendo esta historia epistolar de Susanna Tamaro me he sentido vulnerable, como si alguien estuviera contando mi propia vida. Continuamente me preguntaba de qué me conocía a mí esta señora para dejarme tan al descubierto.

Dejaré por aquí algunas de las cuestiones que me ha planteado su lectura.

¿Nuestra vida hubiese tomado los mismos derroteros si nos hubieran dado otro nombre? El nombre imprime carácter, pero también duda, desconcierto, 

¿Buscamos ser invisibles o se nos impone serlo?  De lo que sí estoy segura es de que ser invisible es bastante doloroso en algunas ocasiones.

Hija de finales de los años sesenta del pasado siglo ─tiene bemoles cómo suena esto ─sin móviles, sin pantallas, alma libre en medio del campo. Mis puntos de anclaje y de evasión eran los pocos libros que tenía a mi alcance. Desde bien pequeña, cuando necesito algo de abrigo, recurro a la poesía.

A este respecto, en la deriva melancólica de la adolescencia, descubrí a Salvatore Quasimodo y me aprendí como un mantra los versos que aquí cita Chiara:

«Todos estamos solos en el corazón de la tierra,

atravesados por un rayo de sol:

y de pronto es de noche»

Hermosos y terribles. Tan pronto estamos aquí como dejamos de estarlo.

Pues nada, que le doy la razón a Susanna Tamaro y os digo que el viento sopla donde quiere y si se levanta el solano para qué queremos más.

He cerrado el libro un tanto sobrecogida y me sigo preguntando qué podemos tener en común Susanna Tamaro y esta aprendiz eterna de tantas cosas. Misterios que seguro nunca resolveré o sí…con esto de la lectura nunca se sabe. Por si acaso, seguiré dejándome leer.

Mª José Vergel Vega

jueves, 9 de abril de 2026

Dejándome leer por Máximo Huerta

 


De pronto, un día mamá ─vamos a llamarla X─, acogió un hijo más en su memoria. Era otro hijo, al que llamaremos Y, que se superponía, suplía y/o completaba al que ya tenía. Ambos se sentaban a diario a la mesa con Mamá X.

Así las cosas, llega a mis manos de manera buscada la nueva novela de Máximo Huerta, Mamá está dormida, que comienza con el mismo argumento que bulle en la cabeza de Mamá X.

─Y tu hermano, ¿dónde está?

Ahora que los años van tendiendo un abismo hacia la juventud, a una le da por pensar que la vejez es ese estado de la vida en que comenzamos a sentirnos vulnerables y temerosos. Todo empieza a dar un pánico terrible. Decir futuro es lanzarse a los brazos del peligro, de la insensatez más supina.

Comienzo a intuir a cada paso “preguntas llenas de eco”, que no sé quién va a responder. Quizá el silencio y nos lanzamos a convertir “vacíos en historias”. Últimamente no hago otra cosa.

Mamá está dormida es un canto de amor a las madres, a los cuidados de los hijos hacia ellas, que siempre fueron casa, hogar que nos lleva al tiempo mullido de la infancia.

Cierro los ojos y recuerdo el tacto de las manos blancas y heladas de mi madre, siempre llenas de sabañones de lavar en el río. Necesito recuperar las manos de mi madre. Abro el viejo álbum que guarda fotos en blanco y negro y la primera imagen que me encuentro es una foto de mis padres con unos amigos en el puerto de Gijón. Intuyo que es la primera vez que veían el mar. O esa otra en la que madre está a la puerta de casa con los brazos en jarra junto a la abuela. Ambas nos miran arrobadas a mi hermano y a mí, plantados en medio del tapiz de alfalfa poniendo caras raras y posturas imposibles.

De pronto, la angustia. Hace tiempo que no soy capaz de recordar la voz de mi madre. Algo parecido a un calambre se me agita en el pecho.

Ahora me detengo en esa en la que padre, jovencísimo, posa subido a un tractor, con ese porte a lo James Dean que siempre tuvo. Estoy perdiendo también la mirada de mi padre.

Dice Máximo que los libros son “máquinas del tiempo”, y le doy la razón. Los recuerdos fluyen y por un momento nos sentimos capaces de recuperar todo aquello que perdimos.

Me pregunto qué pasará cuando ya no nos reconozcamos en las fotografías o cuando los viajes nos produzcan más desazón que gozo, cuando queramos huir y no encontremos islas en las que naufragar como diría el cantor.

El protagonista y su madre están a punto de subir a una autocaravana. Un viaje que les sirva para resolver preguntas, zonas oscuras que necesitan ser iluminadas, pero también ese viaje posiblemente sea el viaje de despedida de una madre. Es bonito ese gesto. Lo apunto para que no se me olvide compartirlo con mis hijos.

Y cuando ya no me reconozca en las fotos, ni me sirvan los viajes para encontrarme, me quedarán los libros, las historias en las que recalar y reconocerme. Ahora me viene a la memoria aquel barco pintado de verde, amarrado al viejo chopo, que yo llenaba de versos. Hubo un tiempo en que quise ser juglar y peinar la cabellera de las sirenas.

Dicen que es muy peligroso tratar de volver al lugar en el que fuimos felices. La razón es muy sencilla. Nos daremos de bruces con un lugar que ya no existe, o lo que es peor, que ya no reconocemos.

En mi cabeza, en una sordina melancólica, resuena el eco del poema de Juan Ramón “El viaje definitivo”. Siempre me pareció hermosa esa imagen de marcharse y que los pájaros sigan cantando como si todo o como si nada.

Aún estamos aquí, celebrando la vida. A pesar de tantos destrozares, nos aferramos a un sueño en forma de rabo de nube que enciende el candil de la esperanza. Y seguiremos cerrando heridas “aunque sea de un portazo”.

Mª José Vergel Vega

viernes, 27 de febrero de 2026

Dejándome leer por Murakami

 



Hace tiempo que me atrae el universo de Murakami. Me hace plantearme de nuevo muchos de los temas universales de la historia de la humanidad y de la literatura. Con él me vuelvo un poco filósofa y me cuestiono constantemente.

En esta ocasión, me he dejado leer por La ciudad y sus muros inciertos, cuya lectura recomiendo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos sombra? ¿Una tiene pruebas de su existencia gracias a su sombra? ¿Es mi mano la que escribe o es acaso su sombra quien dibuja estas palabras?

Para que la sombra exista, curiosamente, tiene que existir la luz. Los opuestos son tan necesarios como el aire que respiramos. Estamos hechos de opuestos.

Otra pregunta que me hago leyendo a Murakami es si las fronteras están ahí para arriesgarnos a cruzarlas o son una invitación a ponernos trabas los unos a los otros.

Seguro que todos hemos imaginado alguna vez una ciudad amurallada en cuyos dominios habitan unicornios y algún que otro monstruo que mantiene a raya a los enemigos. Ni siquiera lo imaginado nos sale como pensamos. Los paraísos están sobrevalorados.

El universo de Murakami es inquietante. El lector tiene la sensación de atravesar una delgada línea que separa lo real de lo imaginado. Los dos mundos se funden y nosotros, lectores indefensos, confundimos uno y otro porque: “Quizá el mundo se haya desvanecido al doblar la primera esquina”. Habitamos un mundo de sombras que alguien maneja a su antojo. Cuando no podemos sobrellevar la realidad que nos ha tocado en suerte, somos muy dados a construir mundos paralelos.

¿Dónde fue desterrado nuestro “ser real”? Quizá solo seamos viejos sueños de lo que un día fuimos como humanos, los seres más perfectos ─eso dicen los textos sagrados─ salidos del soplo de Dios.

A esos sueños de lo que éramos hay que despojarlos de sentimientos porque los poderosos los consideran “focos de infección”. Cuanto menos sientas, mejor te manejan. Y si nos privan de nuestros sentimientos, ¿qué somos sino sombras?: “el ser humano es un simple suspiro y su vida  una sombra que pasa” (Libro de los salmos).

 

En toda novela de Murakami hay una biblioteca, lugar en el que todo puede suceder. El amor  a los libros y la literatura atraviesa como un río toda la novela. Las bibliotecas son santuarios capaces de acoger a las almas en pena y sanarlas; incluso pueden reconciliarnos con nuestra sombra. Vamos a la biblioteca a huir del ruido del mundo, a vivir como anacoretas, a pensar, a darle vueltas a lo que importa, a interpretar lo que soñamos o nos sueña.

No podemos evitar sentirnos prisioneros del mundo que habitamos. ¿Será la solución marcharse lejos para encontrar una vida nueva y restañar las viejas heridas?

El mejor de los caminos puede estar cerca o lejos. Tenemos que encontrarlo por nosotros mismos. Algo así da a entender el Señor Koyesu a través de estas palabras: “…que tenga el coraje de vivir según sus propias coordenadas, en su propio mundo”…”Quizás la ciudad amurallada sea la conciencia que lo crea a usted como ser humano. Eso explica la versatilidad de sus contornos, la flexibilidad de su perímetro, con independencia de su pensamiento y de su voluntad…

Los muros entre realidad e irrealidad son muros inciertos, se reblandecen, pierden consistencia y por eso muchas veces lo real se nos torna irreal y viceversa. Lo real es mágico.

Da la impresión de que en la ciudad de muros inciertos no existe el tiempo. El reloj de la torre no tiene manecilla para que reflexionemos sobre la falta de sentido del tiempo.  

No todo el mundo está preparado para entrar en esta ciudad y recalar en su biblioteca con la misión sagrada de ser lector de sueños. Hace falta dañarse la vista para ver más allá. Para vivir hacen falta heridas.

En realidad, nuestro ser es un compendio de dos seres: el que quisimos ser y el que somos, en el que sin duda intervienen las circunstancias. Pero no todos tenemos el coraje de fusionar esos dos seres que nos permitiría encontrar el verdadero sentido de la vida, de nuestra vida.

La unión entre esos dos seres tiene lugar en la conciencia, aunque deberíamos escuchar también al corazón, pues es él quien decide  qué ser de los dos queremos ser.

En definitiva, que la realidad no es algo estático, sino que se halla sometida a un incesante devenir y: “¿no es en ese devenir donde se encuentra la esencia de toda historia? Yo así lo pienso”.

Mª José Vergel Vega

lunes, 16 de febrero de 2026

Dejándome leer por David Uclés

 



Son  muchas las páginas que se han ocupado de retratar aquella guerra civil, o incivil, por mejor decir.

Cuando comencé a leer «La península de las casas vacías», alguien con muy buen criterio lector, me dijo que no le pillaba el punto a ver este tema bajo el prisma del realismo mágico.

Ninguna guerra se suaviza con metáforas y demás figuras retóricas, ni imprimiendo a lo narrado un halo de magia o extrañeza. Lo que ocurrió fue tan horrible que ningún punto de vista puede anestesiar el sentimiento. Esa pátina de realismo mágico que recorre la novela de Uclés no hace sino acentuar lo macabro de la realidad. Es imposible olvidar aquel horror, incluso no habiéndolo vivido.

Leyendo estas páginas me he sentido  muchas veces acompañada por un conato de náusea en la boca del estómago. Náusea literal ante esa guerra entre hermanos que se arrancan el corazón como pájaros en busca de carroña. En la memoria me martillea ese encuentro entre Pablito y José, esos jóvenes hermanos que luchan en bandos contrarios, a los que se lleva por delante los estigmas de las tres heridas a las que aludía el poeta de Orihuela.

Magistral David Uclés. «La península de las casas vacías» es una novela de lectura obligada para aquellos a los que nos obsesiona el tema de la guerra civil. Ójala dejemos de alimentar de una maldita vez tantos discursos de odio.

Mª José Vergel Vega

domingo, 21 de septiembre de 2025

Dejándome leer por Muñoz Molina.

      




El mundo es hoy puro desasosiego. Una desearía abrir las ventanas y asomarse a la eternidad, a ese cachino de paraíso que cada cual deberíamos habitar sin que nadie nos dinamitara la tierra que pisamos, ni nos arrebatara las personas que amamos.

Me paso estos días de verano buscando mariposas blancas, volvoretas juguetonas de la infancia que auguraban buenas noticias. Ni por asomo revolotean a mi alrededor. Todas pasan de largo.

 Cuando me siento perdida, derrotada, enrabietada, a punto de perder el hilo de esperanza que milagrosamente me queda, cuando estoy muerta de miedo, cuando no encuentro sentido al sinsentido de un mundo desnortado, cuando no puedo con los muertos que gimen a diario nuestra indiferencia, suelo refugiarme en los libros. Me echo en brazos de historias que me acogen, que me zarandean, que me sacuden hasta que rompo a llorar sobre tanta indiferencia y tanta falta de humanidad. 

 Leo sin descanso para encontrar un poquito de luz sobre la barbarie, sobre los ojos abiertos de los niños que cada día son asesinados. Me duele la sinrazón del hombre que mata al hombre. Me duele tanta sangre derramada. No puedo apartar de mí el cáliz de los perseguidos, de los humillados, de los miles de palestinos que alguien ha decidido que no valen nada y se les extermina como si fueran alimañas. Es tanto el dolor, que no sé qué hacer . Entonces  leo para atenuarlo, para encontrar las palabras que me sirvan de plegaria para los muertos del sinsentido.

 Dice Javier Cercas que no leemos los libros, sino que son ellos los que nos leen a nosotros; así que diré que, en honor a la verdad, no he leído, sino que me he dejado leer para calmar mi angustia, para saber qué hacer ante las injusticias.

El verano es esa estación que preludia la vuelta a las obligaciones cotidianas de cada uno. Transito este tiempo en sazón estirando el placer del café pausado, de la lectura que se alarga. Entre ellas, El verano de Cervantes de Muñoz Molina, que me devuelve mi primera incursión en el Quijote a través de una edición hermosísima del siglo XVIII, en verano a la hora de la siesta cuando yo era una infantita de ocho años.

 De repente, Muñoz Molina  habla de la infancia, de la suya y de la mía.

 Mi infancia de pies descalzos, de pelo alborotado, salpicado de mariposas blancas, las de los buenos deseos. De las otras huía como alma que lleva el diablo. Mi infancia de escarabajos negros zumbando  en la higuera inmensa de los abuelos. Pienso que Korsakof se inspiró en la fiesta de esa higuera para componer el hipnótico vuelo del moscardón.

Mi infancia y el canto amarillo de la oropéndola en la morera del corral. Mi infancia y aquel gallo empedrado que me tenía fijación. Mi infancia y la vaca Golondrina, aquella suiza de ojos profundos y ubres generosas, a la que mi padre le contó una mañana que se habían acabado los años del ordeno y mando.

 Mi infancia es mi madre con los brazos en jarra esperando que sus hijos revisaran lo que habían dejado por hacer. Mi infancia son sus manos blancas que olían a pan y a jabón lagarto.

 Mi infancia es un paraíso azul y verde al que yo he renombrado tal y como me sale del alma. Dauseda de sirenas y barcos varados.

 Mi infancia tiene que ver con mi bendita costumbre de volver a los lugares en los que un día fui feliz aunque entonces no lo supiera.

 Mi infancia son los veranos descubriendo mil y una lecturas en el desván de la abuela, al refugio de la siesta, llenando las horas que restaban para salir a correr aventuras en el descampado con el sandokán rubio del Yoni.

Muñoz Molina es experto en ponerme un temblor en el alma.

 De repente, dejándome leer, todo estalla y el corazón destapa el latido arrollador de los recuerdos. 


Mª José Vergel Vega 


viernes, 28 de marzo de 2025

LA MIRADA ENCENDIDA

 


Son muchas las escritoras olvidadas a lo largo de la historia de la literatura.

Quizá no pueda considerarse como tal a Mercé Rodoreda(1908-1983) , pero sí puede afirmarse que no se le ha dado la importancia que merece.

Hace poco cayó en mis manos una novelita de romántico título: «La muerte y la primavera»(1986), publicada después de la muerte de su autora.

Se trata de una novela extraña, yo diría que hasta incómoda de leer en ocasiones. Conforme te vas adentrando en ella, notas una nube negra a punto de descargar sobre tu cabeza.

Nos vemos rodeados por una naturaleza mágica, siniestra por momentos, que entra en comunión con los sentimientos humanos. Es el vivir al compás de los ciclos naturales.

De qué manera tan mágica─ entre amable y terrible─ se va conformando el paraíso de la infancia.

Cuenta el protagonista que de pequeño, cuando los mayores iban al bosque, lo encerraban en el armario de la cocina. Una no puede por menos que traer a la memoria aquella puerta de la alacena de casa de la abuela, que tenía esa misma estrella y esos agujeros de los que habla el protagonista.

Nos habla de los caramenos, seres mitológicos rurales, como los carancancanes a los que yo veía vestidos de blanco, gelatinosos y despendolados vagando en las noches sin luna.

Son convocadas las abejas que siguen nuestros pasos, volvoretas que adornan nuestras cabecitas de infantes, toda una cohorte de bichitos, séquito inolvidable de la infancia.

Recuerdo que cuando llovía, la sangre blanca de los niños se desplomaba furiosa por la «Meá la vaca», y hasta oíamos las voces de los pobres niños sacrificados y acelerábamos el paso apretando fuerte las manos contra las orejas para no oírlas. Quien escuchaba aquellos gritos, era presa segura del Señor de la Montaña, eso decían las consejas de los viejos algunas noches al calor de lumbre.

Por este hermoso texto de Mercé Rodoreda pasan rebaños de palabras como nubes, árboles sagrados que guardan memoria de muertos y vivos. Es tan denso el silencio que puebla estas páginas, que asusta. Nosotros lectores, nos adentramos en ellas, como los pobladores de ese raro lugar se internan en el bosque. En algún momento pienso que la muerte debe ser un silencio insoportable.

Esta vida se nos pasa entre dos certezas: la muerte y una primavera efímera  y así hay que asumirla.

Cada uno de los habitantes del pueblo que recrea la novela de Rodoreda  tiene una argolla y una medalla con su nombre para ser clavadas en su árbol en el bosque de los muertos, ese al que los niños no pueden ir.

 Nos queda claro que nacemos con la condición de que hemos de morir un día. Desde nuestro nacimiento hay un árbol que tiene nuestro espíritu y por el que  bulle nuestra sangre. Árbol de vida y de muerte. Cuando uno muere, vuelve al árbol y con él parte hacia la vida eterna.

Son las leyendas de los viejos que todo lo saben y que son capaces de suplantar al mismo Dios, por quien dice que todo fue hecho.

Estoy segura de que el mundo que conocemos, ese que quedó encerrado en el paraíso de la infancia, fue creado por los viejos.

¡Cuánta poesía encierra este librito de Mercé! Poesía que nos explica el mundo  e intenta hacerlo habitable, aunque muchas veces es tarea casi imposible.

Hay que coleccionar amaneceres y atardeceres, rayos de sol, rabos de nube, el misterio de la niebla, el susurro del viento entre las hojas, el rumor que nace de las entrañas de la tierra, el borboteo del agua, el dulce zumbar de las abejas, el aleteo de los pájaros sobre nuestras cabezas…contemplar de nuevo el río de la infancia que no se detiene, mirar hacia el cielo para ver caer cachitos de luna y estrellas y recogerlas en el cuenco de las manos.

Pero el paraíso de la infancia tiene también sus fantasmas, sus monstruos, sus parajes agrestes que nos provocan escalofríos, pozos profundos a los que da miedo asomarse. El agua que no desemboca y que te atrapa en su vientre oscuro.

Convoca Mercé una y otra vez a las fuerzas telúricas de la naturaleza para crear un universo lorquiano en el que la tragedia está siempre a punto de suceder. No podemos ignorar la voz de la tierra y sus criaturas.

Desde que el mundo es mundo, el hombre ha intentado descifrar el misterio de la muerte. Es pregunta recurrente que hay después, de qué manera el alma inmortal se separa del cuerpo y es transportada desde un carro que sube al cielo desde la misma base del arcoiris. Necesitamos estas explicaciones mágicas para arrojar alguna luz sobre aquello que la razón no puede ni sabe aclarar.

En esta novela de Mercé Rodoreda se exploran los temas clásicos de los que desde siempre se ha hecho eco la historia de la literatura: la vida, la muerte, el mundo como prisión, supersticiones y creencias, la eternidad, la soledad, la falta de libertad, el amor, el destino… Pero hay otro tema que a mí me parece crucial en esta novela: el deseo.

«…que te arrastre el sufrimiento pero no el deseo…porque el deseo te hace vivir y por eso les da miedo».

Bien pensado, tenemos más miedo de vivir que de morir, porque para vivir hace falta no temer al deseo. Si nos matan o matamos el deseo de vivir, qué nos queda sino caminar hacia la muerte, qué nos queda sino ser muertos en vida como muchos de los personajes que pueblan esta novela.

Pese a la densidad trágica que soporta este texto, hay resquicios por los que se escapa la llama titilante de la esperanza, esa que nos impulsa a no perder nunca el hambre en los ojos, la mirada encendida, el deseo que es parte indisoluble de la vida.

Mª José Vergel Vega

jueves, 28 de noviembre de 2024

MARTINA Y MARTÍN

 



En estas dos últimas semanas de Noviembre hemos trabajado en clase dos días internacionales muy importantes: el Día de los  Derechos de la Infancia y el Día Contra la Violencia de Género.

Hay muchos niños y niñas en el mundo que aún no saben qué es eso de tener derechos. Jamás han tenido la suerte de que los traten como niños, las terribles circunstancias en las que malviven los ha hecho madurar antes de tiempo. A través de estas líneas, queremos recordar a tantos niños y niñas que pasan su infancia en territorios en guerra, a los que ni siquiera tienen un lugar en el que vivir, a los que cada día no tienen sus necesidades básicas cubiertas, a los que no dejamos echar raíces tan importantes para disfrutar de una vida digna, a los que soportan en sus pequeñas espaldas todo el dolor del mundo.

En clase de Fomento de la Lectura hemos trabajado el «Derecho a la propia identidad», la capacidad que tenemos todos desde niños a tener un nombre  y  a la afirmación de ser uno y una mismos.

Cada niño y cada niña debe poder ser como quiera ser y a ser aceptados sin ningún tipo de condición o prejuicio.

En la alfombra de los cuentos desplegamos las velas de dos historias hermosas de Raquel Díaz Reguera, que aún nos siguen abrigando el corazón: Yo voy conmigo y Yo soy.

Se trata de dos relatos que encierran las historias de dos niños a los que la sociedad que los rodea se cree con derecho a poner coto a cómo visten, a cómo ríen, a cómo piensan, a cómo quieren, a cómo hablan, a cómo guardan silencio, a cómo son en definitiva.

Martín y Martina (la bautizamos así, porque en el cuento no tiene nombre) son dos niños a los que les pica la nariz y las rodillas se les ponen tontas cuando están cerca el uno del otro.

Las convenciones sociales les hacen pensar que si se van despojando de lo que les caracteriza, conquistarán la amistad y el beneplácito del otro.

Martina va abandonando sus coletas, sus gafas de ver el mundo de una manera especial, su sonrisa quitapenas, las canciones que tararea a cada instante, las pecas que la hacen única, las palabras que continuamente salen de su boca, sus alas de libélula que la llevan en pos de sus sueños…

A medida que va dejando atrás su esencia, eso que la hace única, los pájaros que pueblan su cabeza salen en desbandada y terminan enjaulados.

¡Martín la mira por fin!, pero a ella no le gusta la versión en la que se ha convertido. Todo lo que ha dejado atrás era lo que la hacía llamarse Martina, esa niña alegre y parlanchina que tenía tan claro lo que la hacía feliz. Martina comprende que lo fundamental es quererse a sí misma tal y como a ella le gusta ser. No para hasta hacer regresar a los pájaros que anidaban en su cabeza y pregonar a los cuatro vientos que le gusta ser como es, y a quien no le guste que mire para otro lado como dice Alma. Ella es Martina, niña hecha de sueños, de alas que vuelan libres y que podrá conquistar aquello que se proponga.

Mis niños dicen que a Martín le pasa lo mismo, pero al contrario. Les llamó la atención que Martina se quitaba y Martín se ponía.

Martín se muere por cada una de las cosas que hacen única a Martina, pero esto no lo puede decir porque tiraría por la borda ser el más popular del colegio. Los “popus” son tipos duros, que se peinan como los futbolistas famosos, llevan gafas oscuras, escuchan los hits de moda, visten ropa de marca…

Martín lleva una mochila tan cargada de convencionalismos, que a penas puede levantar los pies del suelo. Llega un momento en que se mira al espejo y no se reconoce. ¿Qué es lo que me hace estar tan triste? se pregunta:
«Yo soy Martín, ni más ni menos, y debo caminar a mi manera»

Martín, al igual que Martina, comprende que debe mostrarse a los demás con valentía, siendo como le gusta ser, no como los demás le dicen que sea. Cuando se da cuenta de esto, al igual que Martina, comienza a escuchar el revoloteo de los pájaros de su cabeza y ¿sábeis qué? …

Pues que a él también le crecen alas, las alas de ir libre por el mundo. Martín y Martina van consigo mismos sin importarles lo que piensen los demás.

Si nos queremos y nos respetamos a nosotros mismos, estamos en el camino de recrear un mundo más justo, más humano, más igualitario, en el que no tengan cabida las faltas de respeto, el daño gratuito, la violencia de los verdugos sobre aquellos a los que se les niega una mínima dignidad.

¿Y tú? ¿Te has preguntado alguna vez si vas contigo?

Mª José Vergel Vega

martes, 9 de abril de 2024

Abrazar la mansedumbre

 



Tengo en mis manos una reedición de 2019  de La princesa manca de Gustavo Martín Garzo, en editorial Kalandraka. Una auténtica joya.

La princesa manca tiene el regusto de los cuentos de antaño, contados al calor de la lumbre. Es de esos cuentos que una parece encontrar en un alto del camino en una reunión de pastores  ,refugiados al calor de las brasas en una noche fría de invierno, en la que lo que se cuenta, abriga y reconforta.

Fuego e historias, ingredientes perfectos para calentar el espíritu.

Gustavo Martín Garzo, autor de esta delicadeza de cuento, es un contador de historias a la antigua usanza. Lo narrado parece sembrado con  manos delicadas, hilado y cosido en el mandil de las abuelas, donde cabe lo mucho y lo poco. Las abuelas, las mejores contadoras desde que el mundo es mundo.

La sorpresa, el encantamiento, el asombro, el volver a ser infantes, está a solo un pase de página.

Queremos más, que nos cuente más, que la historia que se hace otras historias, no se detenga. La noche es larga y las palabras del contador brotan del manantial sereno de los sueños. Primero es un hilito, pero poco a poco, si sabemos darle el tiempo necesario, la historia se va haciendo río y el río se va haciendo cada vez más caudaloso hasta alcanzar el mar, donde desembocan todos los cuentos.

Los cuentos de Martín Garzo son como casas solariegas en las que recalar buscando sosiego. En ellos las palabras se cocinan a fuego lento, removiendo con la cuchara de palo, dando las vueltas necesarias para que el guiso final nos aproveche y nos reconforte: “sólo en su mansedumbre se guardaba el secreto del paraíso”. La mansedumbre como la mejor manera posible de transitar esta vida.

Una no puede entrar en las historias de Martín Garzo sin poner a punto la imaginación, sin volver de nuevo al reino de la inocencia donde conviven en amor y compaña animales, hombres, criaturas extrañas, una naturaleza madre que nos guía y nos salva de los peligros, el bosque como criatura poseedora de todos los secretos. Emboscarse para sanar: “Aunque existieran la pobreza, las ofensas, los fracasos, nadie lograría extinguir jamás esa luz que  les llegaba del misterioso bosque, revelándoles lo simples y verdaderas que podían ser las cosas”.

La princesa manca, y otros cuentos de Martín Garzo, son percibidos por los cinco sentidos. Sólo así podemos entenderlos, disfrutarlos y sanarnos. Nuestra existencia viene dada por la aceptación  del ciclo reiterativo entre la vida y la muerte. El autor nos muestra el verdadero ritmo de la vida, que no es otro que la pausa, el transitar tranquilo, el dejarse mecer en los hilos de las horas. Hay un tiempo para “encontrarnos con las cosas, y otro para despedirnos de ellas”. Y esto es así de sagrado.

A la usanza de los antiguos juglares, cuenta directamente al corazón. Lo narrado no parece escrito, sino dicho por labios expertos en pregonar historias.

La vida es un camino lleno de pruebas y sorpresas. En ella el dolor da paso a una felicidad más o menos efímera, y de ésta al sufrimiento media un suspiro. Cuanto antes lo aceptemos, más disfrutaremos del tiempo de vida que nos ha sido asignado. Y esto nos lo enseña como nadie este filósofo contador de historias que es Martín Garzo.

Contar para asombrarnos del milagro que es la vida.

Mª José Vergel Vega

miércoles, 3 de abril de 2024

Las manos vacías, una historia necesaria de Rosa López Casero.

 


Conozco a Rosa desde hace muchos años y me cabe el inmenso honor de haber presentado con ella alguna de sus criaturas. Guardo como un tesoro aquella presentación entrañable de Últimos días con Fernando en Madrigalejo.

Las manos vacías es una historia escrita de manera sencilla, pero también de manera sublime porque Rosa maneja como nadie los tiempos de la novela.

Los libros de Rosa siempre encuentran su cachino en el alma de quien los lee, y esto es así porque cuentan historias humanas, sencillas. Nos ofrecen refugios a los que entrar confiados y vivir otras vidas, dejando de lado los cambalaches de la nuestra por unos instantes. No hay mejor refugio que una historia bien contada.

En Las manos vacías, Rosa cambia un tanto el tono de sus novelas históricas, género del que es una auténtica maestra, para recalar en los sucesos cotidianos de la intrahistoria. Esa intrahistoria tan importante porque cuenta las pequeñas cosas de la vida. Decía a este propósito Miguel de Unamuno:

Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras”.

La intrahistoria es una historia pequeñita que teje la gran historia. Esa es la historia que nos cuenta la niña Argeme, la historia de un éxodo como el de tantos extremeños y extremeñas de aquellos años tan duros de la primera posguerra, aquellos años del hambre.

La historia de gentes que cogía los cuatro bártulos y traqueteaba en vagones de tercera hasta llegar a una capital de la que esperaban sustento y esperanza para sus familias y en muchas ocasiones era un monstruo que las engullía. Gentes oscuras a las que la vida les negaba la alegría. Porque la vida era dura y más aún para las mujeres.

Era un tiempo de sabañones, de pilas de ropa que lavar en las frías aguas del río con las manos ateridas. Y aún así, en medio de tanta miseria y cansancio infinitos, la boca se les endulzaba con versos y coplas.

Era un tiempo de seriales radiofónicos que hacían olvidar el pan negro, las cartillas de racionamiento, el estraperlo, el brazo en alto, el no salirse del redil, las rodillas descarnadas de tantas escaleras fregadas. Tiempo de costura en un patio de vecinas en torno a la radio, de repasar las cuentas de un rosario para rezar por el fin del miedo, de arropar las miserias propias con las miserias de otros. Tiempos de miedo, de hambre, de ver, oir y callar. Tiempos en los que el infierno estaba en la tierra.

Argeme, Libertad y otras mujeres de la novela, representan a todas aquellas mujeres, seguro que conocemos a unas cuantas, desganchadas de trabajar de sol a sol, de aguantar carros y carretas, de dar a manos llenas cuando ellas las tenían tan vacías. Mujeres que no claudicaban, que no se mordían la lengua clamando por su dignidad, aunque luego vinieran los golpes. Mujeres a las que les queda una almohada llena de sueños para manejarlos a discreción, como alguna vez dice Argeme.

Y en esos sueños iban incluídas las ganas irrefrenables de estudiar, de saber, de ser críticas, de cambiar el mundo. Tiempo de maestras que se empeñaron en cambiar currículos en los que rezaban “Sus labores” por otros en los que las niñas, mujeres del mañana, fueran lo que quisieran ser. Aulas oscuras que ellas, las maestras, iluminaban con sus ansias de inculcar a sus alumnas libertad de pensamiento y conciencia crítica, propósitos nada fáciles en aquellos tiempos.

Entonces, como ahora, leer, aprender, saber, nos salvan de una vida anodina y carente de sentido, nos permiten coger impulso para abrazar una vida digna y edificante en la que quepamos todos, hombres y mujeres.

Esta hermosa y dura historia que nos presenta Rosa, tiene también mucho que ver con la memoria, pues si no guardamos memoria de lo que fuimos, difícilmente entenderemos el presente.


Mª José Vergel Vega

 

martes, 28 de noviembre de 2023

Amor con amor se paga

 


Tuve entre mis manos este verano, cuando los días se estiraban ociosos, un librito que desde entonces vive en mi corazón: “Las virtudes del huerto” de Pía Pera.

Como muy acertadamente reza el subtítulo: “Cultivar la tierra es cultivar la felicidad”.

Cuidar de un jardín, de un huerto por pequeño que sea, es cuidar de una parte del mundo, del cachino de paraíso que te ha tocado en suerte. Y voy más allá, quizá lo más importante sea que cuidando de esa tierra o de ese jardín, estamos cuidando de nosotros mismos.

Al trabajar en un jardín o en un pedazo de tierra, se cultivan los terrenos de la mente y del corazón, en los que, con bastante asiduidad, crecen las malas hierbas a poco que nos descuidemos.

Anoto en este instante un aforismo de Montaigne: “Si algo nos gusta, no es probable que nos perjudique”. Dicho en el roman paladino que se habla por estas tierras : “Cada uno con su gusto, engorda”.

Pía nos habla directamente a nuestro sentir. Utiliza palabras que todos entendemos, en mi casa siempre decían que el oficio del campo tenía las letras muy gordas. Nunca estuve muy de acuerdo con la afirmación. Mimar la tierra para que germine y produzca los frutos deseados, requiere conocer muy bien los entresijos de este oficio tan duro, además de poner quintales de amor en todas las tareas que entraña el trabajo en el campo. Todo esto lo saber muy bien Pía Pera.

Las páginas de este precioso libro están plagadas de poesía. Una se imagina a Pía en todo momento con su escudo de armas de jardinera, como ella llama a la regadera, yendo de un lado a otro del jardín dejando caer gotitas de vida sobre sus plantas.

No me resisto  a copiar aquí, para compartirlas con vosotros, estas bellas palabras de la autora, palabras que brotan de la observación amorosa de la tierra que le rodea:

“En invierno, el hayedo es un bosque que habla de transitoriedad, cuya belleza desnuda provoca escalofríos”.

Nosotros, hombres y mujeres, también somos como árboles que van cambiando con el paso de las estaciones, aunque últimamente es la urgencia la que marca nuestra pauta de vida y no saboreamos con la requerida delectación el paso del tiempo.

¿Qué tal si detenemos la prisa y nos dejamos seducir por el paso lento de las estaciones en la naturaleza? Si respetamos sus ritmos, comprobaremos que de  “la oscuridad brota la luz”, que las hojas han de caerse para que se renueve el árbol y éste pueda dar sombra y frutos.

Un jardín recoleto o un pequeño huerto nos permiten dejar atrás, aunque solo sea por unos momentos, este mundo robotizado, repleto de gestos mecánicos que nos hacen un poco más artificiales y menos humanos.

Nuestra jardinera de palabras nos propone dejar por un momento la desbrozadora, artefacto agresivo que engulle la lentitud, y volver a la guadaña, que ejecuta la danza del campo con el sol como testigo y el viento resfrescando la piel.

Los jardines, los huertos son la cura perfecta para quienes adolecen de soledad. Los mil y un seres amables que habitan esos espacios nos consuelan haciendo que desaparezcan los pedacitos de pena que la vida nos deja pegados en el alma.

“La soledad del jardín no es aislamiento. Al contrario. Entre las plantas, cuidando de ellas, se tejen hilos invisibles que nos conectan a la red de la vida”.

Cierra los ojos en medio de tu jardín o de tu huerto, comprobarás que guardan un aroma a paraíso perdido, a aquel jardín del Edén en el que alguna vez viviste. Los jardines, los huertos, son el origen mismo y primigenio de la vida. Ellos seguirán viviendo más allá de nuestra muerte. Nos sobrevivirán, y en esa sobrevivencia, habrá un pedacito de nosotros, porque amor con amor se paga.

Recuerdo, mientras escribo estas líneas, a mi padre, campesino de vocación y jardinero de nuestras vidas.

Su último año, consciente de que sus días estaban contados, lo dedicó a sembrar árboles y flores. Aún sigue siendo dolorosa su pérdida, pero a nosotros nos consuela saber que se marchó contemplando la grandeza del jardín que había creado. En él nos dejó, como un milagro de amor, plantas llenas de vida, esa que a él se le escapaba. Árboles y flores llevan y la conservan todavía la esencia de lo que era mi padre.

Cada vez que recalo en el paraíso de mi infancia, y me siento bajo los árboles que él plantó como un regalo de vida, siento que sus manos invisibles mueven sus ramas y acarician sus frutos.

Parte de lo que fue sigue viviendo cada estío entre el perfume intenso de los dondiegos, plantados hace una eternidad en el jardín de entrada a la casa. Al abrigo de su perfume, nos contó alguna vez, se había enamorado de mi madre. Y al mismo abrigo, decidieron emprender una vida juntos.

La vida que él plantó cuando la suya se acababa, hoy nos sana las heridas.

Si levanto la vista y miro al horizonte, aún puedo verlo, erguido como un massai, contemplando la belleza de su creación: el mundo en miniatura que creó para nosotros y sus nietos.

 Mª José Vergel Vega

martes, 24 de octubre de 2023

Leer para encontrarnos




 Suelo buscar en la lectura un remanso de silencio. Acudo a ella para acallar los gritos del mundo.

Ahora que el tiempo se me estira, he vuelto a las lecturas que tenía pendientes.

No sé muy bien la razón de haber leído seguidos : Si esto fuera una novela de Pilar Galán y Volver a dónde de Antonio Muñoz Molina.

Supongo que necesitaba saldar cuentas conmigo misma, con mi memoria y con la memoria de lo cotidiano.

Alrededor de las palabras de Pilar y Antonio vuelan los vencejos. Un perfume a dondiegos me hace sonreir, reconquistando el paraíso azul de la infancia.

Reflexiono con Antonio sobre lo mucho que esperábamos que nos enseñara la pandemia en términos de solidaridad y lo poco esponjas que hemos sido. Hoy ya ni nos acordamos que un bicho nos mantuvo noqueados durante una buena parte de nuestra vida. ¿Dónde quedó aquella sintonía de amistad que sucedía cada tarde, puntualmente, y que brotaba de ventanas y balcones?

Doy vueltas también a la idea de Pilar de escribir para  mitigar el dolor, para reconciliarse con una misma y con la memoria de los que ya no están, pero siguen estando.

Los libros siempre nos ofrecen una pausa en medio de esta maraña que es el tiempo. Nos ofrecen una parada para apartar las malas hierbas, para separar el grano de la paja. Una parada para pensarnos y reconocernos, para revestirnos de nuevo de ese hábito de humanidad que hemos ido perdiendo.

Mª José Vergel


viernes, 13 de octubre de 2023

Cuando ya no sea yo

 


El pasado 21 de Septiembre celebramos el Día Mundial de Concienciación sobre el Alzheimer.

A los que aún conservamos nuestros recuerdos y disfrutamos del tamiz maravilloso y necesario de la memoria, nos queda celebrar cada día ese maravilloso maná: el de volver a pasar por el corazón todo lo vivido, a fin de cuentas eso es recordar.
Pero nos queda algo aún más importante por hacer: salvaguardar los recuerdos de aquellos a los que esta enfermedad les ha privado de la capacidad de recordar..
Quiero recomendaros una preciosa lectura, escrita en primera persona por Carme Elías, actriz y escritora, enferma de Alzheimer.
" Cuando ya no sea yo" es un texto delicioso, sencillo, cercano, real, necesario para conocer cara a cara, y de primera mano, esta enfermedad caprichosa y cruel.
Recomiendo también la entrevista que hizo Carlos del Amor en su espacio " La matemática del espejo" a Carme Elías.
Me apunto un pensamiento de Carme, que viene a decir que lo importante no es resistir, sino persistir. Lo importante es vivir el presente, exprimir la vida mientras le quede jugo y seamos capaces de saborearlo.

Mª José Vergel