Hoy me calcé las botas de andar la tierra y salí con Zazú a esperar el día. Sus ojos son una fiesta al encontrarse con lobo, un perrito por el que bebe los vientos. Después de recibir ambos la dosis de caricias y arrumacos correspondientes, seguimos nuestro camino, no sin antes mirar hacia atrás varias veces porque siempre el encuentro se les hace corto.
Entre las sábanas tendidas de la bruma , la tierra se me antoja un cementerio de árboles desnudos que se recortan en el rosado del firmamento.
El día se va desperezando y comienza a deshacerse del abrazo atosigante de la niebla.
En el Prado del Palomar, lloran los corderos acaparando la atención de sus madres. Momentos después, el campo es una fiesta: el llanto ha surtido efecto, y los impolutos borreguitos tiran gozosos de las ubres de sus madres llenando sus boquitas con el líquido tibio, que les hace más llevadero el frío de la mañana.
-El que no llora, no mama- le digo a Zazú, que me mira moviendo la cola, como si hubiera entendido lo que acabo de confiarle. Sacude las orejas y tira de mí con insistencia camino de la Ribera.




