Dicen que las bicicletas son
para el verano. Y, añado: también las pilas de libros esperando ser leídos.
Nada como este tiempo estival en el que la prisa se sosiega un poquito, para
darse a la lectura como uno de los grandes placeres de la vida, al menos de la
mía.
Entre las joyas que tenemos
alojadas en nuestra Biblioteca Pública ─lástima que esté tan poco dinamizada─,
se encuentra Esto no se dice de Alejandro Palomas.
Aviso a navegantes, que no
es de esas lecturas livianas que puedas leer entre vuelta y vuelta mientras tomas el sol en la piscina. La
historia de Palomas incomoda por la verdad tan dolorosa que encierra.
Alejandro Palomas se abre en
canal para contarnos que él fue un niño violado y abusado por uno de los
religiosos, que lo que debería haber hecho sería educarlo y respetar el
territorio sagrado de la infancia.
Una se pregunta cómo se
puede superar algo tan terrible, aunque lo correcto sería tal vez cuestionarse
cómo se puede recuperar alguien después de haber vivido tanto horror. Lo más
fácil hubiera sido echarse a morir, no dar oportunidades a una vida que tan
poco te había cuidado. ¿Cómo puede la Santa Madre Iglesia y todos sus ministros
mirar para otro lado, dando cobijo a quienes vulneraron el cuerpo y el alma de
niños inocentes?
Pese a todo, siempre hay
razones para seguir adelante. Hay a quien le cuesta toda una vida confesar
aquello que no había que decir porque las víctimas se sienten sucias y
culpables del proceder del verdugo. Nunca preguntemos a una víctima por qué ahora. Cada cual cuenta cuando está
preparado. Nadie sabe los desiertos, los mares enfurecidos que ha tenido que atravesar para contar algo tan
terrible, tan inconfesable, pues: “Recordar
es arriesgarnos a despertar al monstruo que habita en la herida”.
¿Cómo puede un niño
atreverse a contar el horror, la vergüenza a la que lo somete uno de sus
educadores? ¿Hay algún camino para desechar el asco que produces en los demás
sin ser tuya la culpa?
La respuesta es que hay
caminos, aunque haya que transitarlos
despacio, dando traspiés en muchos casos.
En ese tránsito están las
manos de una madre, su mirada sanadora, su paciencia infinita, acompañando en el
dolor y en la esperanza. Como dice el autor, menos mal que las madres están
sobre todo cuando ya no están.
Fundirte en la mirada de tu
perro cuando duerme, sentir su cálida presencia a tu lado. Animalizarnos con
él, pues en ese proceso nos sentimos capaces de volver a confiar en quienes
somos, en aceptarnos y querernos.
Y escribir, porque escribir
siempre ha sido terapéutico: “Escribo
para que la luz no se apague, esa es la verdad”. La palabra escrita y leída
nos salva de los naufragios, del dolor insoportable que produce vivir cuando la
herida es tan profunda. Las palabras nos conceden ese atisbo de luz que nos
permite intuir que en algún momento tendremos “esa habitación propia” en la que
estar a salvo. Las palabras cauterizan las heridas. Hay libros que parece que
alguien escribió pensando en nosotros, tal es la manera en la que nos reconocemos
en ellos. Esas historias nos hacen saber que no estamos solos, que hay que
seguir peleando por ser hombres y mujeres libres y sagrados.
¡Qué duro, qué necesario
contar desde lo más profundo del sufrimiento, qué inyección de esperanza para
quienes no acaban de encontrar un faro que los ilumine!
Y vuelvo a repetir qué
sinrazón y qué absoluta vergüenza que religiosos que han abusado y violado a
niños tengan hoy una vejez plácida, amparados mezquinamente por la Iglesia.
Lo que no se nombra, no
existe. Por eso, gracias a los que se atreven a nombrar porque a la par que
conjuran el horror, hacen la vida más verdadera.
Mª José Vergel Vega









