jueves, 9 de abril de 2026

Dejándome leer por Máximo Huerta

 


De pronto, un día mamá ─vamos a llamarla X─, acogió un hijo más en su memoria. Era otro hijo, al que llamaremos Y, que se superponía, suplía y/o completaba al que ya tenía. Ambos se sentaban a diario a la mesa con Mamá X.

Así las cosas, llega a mis manos de manera buscada la nueva novela de Máximo Huerta, Mamá está dormida, que comienza con el mismo argumento que bulle en la cabeza de Mamá X.

─Y tu hermano, ¿dónde está?

Ahora que los años van tendiendo un abismo hacia la juventud, a una le da por pensar que la vejez es ese estado de la vida en que comenzamos a sentirnos vulnerables y temerosos. Todo empieza a dar un pánico terrible. Decir futuro es lanzarse a los brazos del peligro, de la insensatez más supina.

Comienzo a intuir a cada paso “preguntas llenas de eco”, que no sé quién va a responder. Quizá el silencio y nos lanzamos a convertir “vacíos en historias”. Últimamente no hago otra cosa.

Mamá está dormida es un canto de amor a las madres, a los cuidados de los hijos hacia ellas, que siempre fueron casa, hogar que nos lleva al tiempo mullido de la infancia.

Cierro los ojos y recuerdo el tacto de las manos blancas y heladas de mi madre, siempre llenas de sabañones de lavar en el río. Necesito recuperar las manos de mi madre. Abro el viejo álbum que guarda fotos en blanco y negro y la primera imagen que me encuentro es una foto de mis padres con unos amigos en el puerto de Gijón. Intuyo que es la primera vez que veían el mar. O esa otra en la que madre está a la puerta de casa con los brazos en jarra junto a la abuela. Ambas nos miran arrobadas a mi hermano y a mí, plantados en medio del tapiz de alfalfa poniendo caras raras y posturas imposibles.

De pronto, la angustia. Hace tiempo que no soy capaz de recordar la voz de mi madre. Algo parecido a un calambre se me agita en el pecho.

Ahora me detengo en esa en la que padre, jovencísimo, posa subido a un tractor, con ese porte a lo James Dean que siempre tuvo. Estoy perdiendo también la mirada de mi padre.

Dice Máximo que los libros son “máquinas del tiempo”, y le doy la razón. Los recuerdos fluyen y por un momento nos sentimos capaces de recuperar todo aquello que perdimos.

Me pregunto qué pasará cuando ya no nos reconozcamos en las fotografías o cuando los viajes nos produzcan más desazón que gozo, cuando queramos huir y no encontremos islas en las que naufragar como diría el cantor.

El protagonista y su madre están a punto de subir a una autocaravana. Un viaje que les sirva para resolver preguntas, zonas oscuras que necesitan ser iluminadas, pero también ese viaje posiblemente sea el viaje de despedida de una madre. Es bonito ese gesto. Lo apunto para que no se me olvide compartirlo con mis hijos.

Y cuando ya no me reconozca en las fotos, ni me sirvan los viajes para encontrarme, me quedarán los libros, las historias en las que recalar y reconocerme. Ahora me viene a la memoria aquel barco pintado de verde, amarrado al viejo chopo, que yo llenaba de versos. Hubo un tiempo en que quise ser juglar y peinar la cabellera de las sirenas.

Dicen que es muy peligroso tratar de volver al lugar en el que fuimos felices. La razón es muy sencilla. Nos daremos de bruces con un lugar que ya no existe, o lo que es peor, que ya no reconocemos.

En mi cabeza, en una sordina melancólica, resuena el eco del poema de Juan Ramón “El viaje definitivo”. Siempre me pareció hermosa esa imagen de marcharse y que los pájaros sigan cantando como si todo o como si nada.

Aún estamos aquí, celebrando la vida. A pesar de tantos destrozares, nos aferramos a un sueño en forma de rabo de nube que enciende el candil de la esperanza. Y seguiremos cerrando heridas “aunque sea de un portazo”.

Mª José Vergel Vega

viernes, 27 de febrero de 2026

Dejándome leer por Murakami

 



Hace tiempo que me atrae el universo de Murakami. Me hace plantearme de nuevo muchos de los temas universales de la historia de la humanidad y de la literatura. Con él me vuelvo un poco filósofa y me cuestiono constantemente.

En esta ocasión, me he dejado leer por La ciudad y sus muros inciertos, cuya lectura recomiendo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos sombra? ¿Una tiene pruebas de su existencia gracias a su sombra? ¿Es mi mano la que escribe o es acaso su sombra quien dibuja estas palabras?

Para que la sombra exista, curiosamente, tiene que existir la luz. Los opuestos son tan necesarios como el aire que respiramos. Estamos hechos de opuestos.

Otra pregunta que me hago leyendo a Murakami es si las fronteras están ahí para arriesgarnos a cruzarlas o son una invitación a ponernos trabas los unos a los otros.

Seguro que todos hemos imaginado alguna vez una ciudad amurallada en cuyos dominios habitan unicornios y algún que otro monstruo que mantiene a raya a los enemigos. Ni siquiera lo imaginado nos sale como pensamos. Los paraísos están sobrevalorados.

El universo de Murakami es inquietante. El lector tiene la sensación de atravesar una delgada línea que separa lo real de lo imaginado. Los dos mundos se funden y nosotros, lectores indefensos, confundimos uno y otro porque: “Quizá el mundo se haya desvanecido al doblar la primera esquina”. Habitamos un mundo de sombras que alguien maneja a su antojo. Cuando no podemos sobrellevar la realidad que nos ha tocado en suerte, somos muy dados a construir mundos paralelos.

¿Dónde fue desterrado nuestro “ser real”? Quizá solo seamos viejos sueños de lo que un día fuimos como humanos, los seres más perfectos ─eso dicen los textos sagrados─ salidos del soplo de Dios.

A esos sueños de lo que éramos hay que despojarlos de sentimientos porque los poderosos los consideran “focos de infección”. Cuanto menos sientas, mejor te manejan. Y si nos privan de nuestros sentimientos, ¿qué somos sino sombras?: “el ser humano es un simple suspiro y su vida  una sombra que pasa” (Libro de los salmos).

 

En toda novela de Murakami hay una biblioteca, lugar en el que todo puede suceder. El amor  a los libros y la literatura atraviesa como un río toda la novela. Las bibliotecas son santuarios capaces de acoger a las almas en pena y sanarlas; incluso pueden reconciliarnos con nuestra sombra. Vamos a la biblioteca a huir del ruido del mundo, a vivir como anacoretas, a pensar, a darle vueltas a lo que importa, a interpretar lo que soñamos o nos sueña.

No podemos evitar sentirnos prisioneros del mundo que habitamos. ¿Será la solución marcharse lejos para encontrar una vida nueva y restañar las viejas heridas?

El mejor de los caminos puede estar cerca o lejos. Tenemos que encontrarlo por nosotros mismos. Algo así da a entender el Señor Koyesu a través de estas palabras: “…que tenga el coraje de vivir según sus propias coordenadas, en su propio mundo”…”Quizás la ciudad amurallada sea la conciencia que lo crea a usted como ser humano. Eso explica la versatilidad de sus contornos, la flexibilidad de su perímetro, con independencia de su pensamiento y de su voluntad…

Los muros entre realidad e irrealidad son muros inciertos, se reblandecen, pierden consistencia y por eso muchas veces lo real se nos torna irreal y viceversa. Lo real es mágico.

Da la impresión de que en la ciudad de muros inciertos no existe el tiempo. El reloj de la torre no tiene manecilla para que reflexionemos sobre la falta de sentido del tiempo.  

No todo el mundo está preparado para entrar en esta ciudad y recalar en su biblioteca con la misión sagrada de ser lector de sueños. Hace falta dañarse la vista para ver más allá. Para vivir hacen falta heridas.

En realidad, nuestro ser es un compendio de dos seres: el que quisimos ser y el que somos, en el que sin duda intervienen las circunstancias. Pero no todos tenemos el coraje de fusionar esos dos seres que nos permitiría encontrar el verdadero sentido de la vida, de nuestra vida.

La unión entre esos dos seres tiene lugar en la conciencia, aunque deberíamos escuchar también al corazón, pues es él quien decide  qué ser de los dos queremos ser.

En definitiva, que la realidad no es algo estático, sino que se halla sometida a un incesante devenir y: “¿no es en ese devenir donde se encuentra la esencia de toda historia? Yo así lo pienso”.

Mª José Vergel Vega

lunes, 16 de febrero de 2026

Dejándome leer por David Uclés

 



Son  muchas las páginas que se han ocupado de retratar aquella guerra civil, o incivil, por mejor decir.

Cuando comencé a leer «La península de las casas vacías», alguien con muy buen criterio lector, me dijo que no le pillaba el punto a ver este tema bajo el prisma del realismo mágico.

Ninguna guerra se suaviza con metáforas y demás figuras retóricas, ni imprimiendo a lo narrado un halo de magia o extrañeza. Lo que ocurrió fue tan horrible que ningún punto de vista puede anestesiar el sentimiento. Esa pátina de realismo mágico que recorre la novela de Uclés no hace sino acentuar lo macabro de la realidad. Es imposible olvidar aquel horror, incluso no habiéndolo vivido.

Leyendo estas páginas me he sentido  muchas veces acompañada por un conato de náusea en la boca del estómago. Náusea literal ante esa guerra entre hermanos que se arrancan el corazón como pájaros en busca de carroña. En la memoria me martillea ese encuentro entre Pablito y José, esos jóvenes hermanos que luchan en bandos contrarios, a los que se lleva por delante los estigmas de las tres heridas a las que aludía el poeta de Orihuela.

Magistral David Uclés. «La península de las casas vacías» es una novela de lectura obligada para aquellos a los que nos obsesiona el tema de la guerra civil. Ójala dejemos de alimentar de una maldita vez tantos discursos de odio.

Mª José Vergel Vega

martes, 10 de febrero de 2026

Febrero de cigüeñas

 



La cigüeña es un ave símbolo de fertilidad. Son fieles a los lugares que habitan temporada tras temporada.

Cada año ─mucho antes ya de la onomástica que reza en el dicho de “por San Blas, cigüeñas verás” ─regresan a sus nidos desde tierras más cálidas en las que han pasado los rigores del invierno.

Las torres de nuestras iglesias no serían las mismas sin el crotorar de estas aves que preparan el gazpacho como los más reputados chefs.

San Isidoro y otros estudiosos nos dicen de ellas que son un símbolo de “piedad filial”. Pocas aves como ellas se dedican con tanta atención  a la cría de sus hijos.

Mitológicamente, la cigüeña estaba consagrada a Juno, diosa del matrimonio.

Has de saber, cuando veas una cigüeña, que la vida está próxima a renovarse, a ofrecernos días de cálida esperanza.

Vengan o no vengan por San Blas, en clase hemos abierto nuestras puertas a las cigüeñas este mes de febrero. Tenemos ya unas cuantas acomodadas en unos nidos artesanos que han hecho los alumnos/as de Infantil y Primer Ciclo de Primaria de la actividad de Fomento de la Lectura del CEIP Batalla de Pavía de Torrejoncillo.

Os dejo unos versos que hice para esta actividad.

¡Buen provecho, grumetes de las palabras!


CIGÜEÑA  PATEÑA

Conozco una cigüeña,

pate pateña,

que subida en la torre

su pata enseña.


Yo sé de una cigüeña,

pate pateña,

que cuando llega el día

peina sus greñas.

 

Me gusta la cigüeña,

pate pateña,

que sale de mañana

y va a la aceña.

 

Se baña la cigüeña,

pate pateña,

y pesca con el pico

ramas pequeñas. 

 

Volando la cigüeña,

pate pateña,

regresa a su nido


risu risueña.

 

Se oye a la cigüeña

pate pateña,

haciendo su gazpacho

desde la peña.

 

Por San Blas las cigüeñas,

pate pateñas,

vuelven al campanario:

son lugareñas.

Mª José Vergel 

 


viernes, 30 de enero de 2026

Pacific-ARTE: Arte para la PAZ

 


Desde la actividad de Fomento de la Lectura hemos querido este curso dar un enfoque diferente a la celebración pedagógica de la Paz y la No Violencia.

Hemos llamado a nuestro pequeño proyecto: Pacific-ARTE. En él han participado todos los grupos de Primaria.

Partiendo de la frase de Wolf Vostell: “ Yo declaro la PAZ como la mayor obra de arte”, nos hemos propuesto reivindicar y transitar el camino del arte como uno de los más firmes para llegar a una PAZ verdadera entre todos los pueblos del mundo.

Os invitamos a mirar con los ojos luminosos del arte, a dibujar un manto de amor que cubra todos los rincones de la tierra.

Nos hemos centrado en dos pintoras que tienen una fuerza extraordinaria. Dos pintoras que siempre serán referentes de la lucha por la igualdad, la dignidad, la libertad y la humanidad, valores que se desgajan de la palabra PAZ.

El primer paso ha sido investigar sobre ambas artistas, viendo algún documental/cuento biográfico adecuado a la edad de los participantes. Después hemos cogido nuestra caja de pinturas y hemos dado rienda suelta a nuestra imaginación para decorar las cabezas de Frida y Maruja con flores y conchas marinas. Finalizamos esta actividad escribiendo acrósticos partiendo de los nombres de las pintoras y microcuentos sobre la PAZ . El resultado podéis verlo en el pasillo de la Biblioteca.

Os proponemos un acercamiento a Frida Kahlo y Maruja Mallo, dos mujeres valientes que siempre tuvieron claro que vida solo hay una y que debe ser vivida al máximo por todos los seres del mundo.

Como decía nuestro añorado Robe Iniesta: “Amad, amad y ensanchad el alma”. Dejad que vuestro corazón se llene del blanco candor de las palomas. Que el arte dibuje de nuevo el camino más corto hacia la PAZ y el entendimiento entre todos los pueblos del planeta.

A continuación os dejo los acrósticos que los alumnos/as de Segundo y Tercer Ciclos escribieron sobre FRIDA.

Fantasiosa.

Resplandor.

Imaginación.

Diosa.

Asombrosa.

MEYVIS

Flor mexicana.

Rosa puro.

Isla lejana.

Día soleado.

Agua que canta.

ZOE

Famosa pintora.

Reina del color.

Imaginación portentosa.

Dolor sobre dolor.

Amante diosa.


Fuente del arte.

Río de pasión.

Isla tormentosa.

Dama de México.

Aurora de color.


Fabulosa pintora.

Refugio feliz.

Isla preciosa.

Día luminoso.

Arcoiris amarillo.

ZAIRA

Flor bonita.

Regalo grande.

Isla famosa.

Día feliz.

Agua cristalina.

SANTIAGO

Flor imaginaria.

Rosa oscuro.

Isla desierta.

Día fosforescente.

Agua cristalina.

ALMA

Frío eterno.

Rosa de amor.

Isla desierta.

Duda y dolor.

Amor de México.

DAVID

Os habéis quedado mudos, ¿verdad? Pues aún  nos queda alguna cosita más, como estos acrósticos dedicados a Maruja:



Música y rito.

Alma del grito.

Río del universo.

Universo como río.

Jardín de colores.

Arcoiris de locura.

ALMA

Más valiente.

Alma de la risa.

Ramo volador.

Universo imaginado.

Júbilo de la tarde.

Artista única.

AMANDA

Mariposa voladora.

Arcoiris blanco.

Rebelde reina.

Universo bonito.

Jardín hermoso.

Artística y musical.

ZAIRA

Música de amor.

Artista profesional.

Risa y dolor.

Umbral del arte.

Jardín de flores.

Abanico del frío.

DAVID

Mariposa del viento.

Artista del año.

Risa feliz.

Utopía y sueños.

Jardín hermoso.

Alma grande.

SANTIAGO

Marúnica.

Aurora de color.

Remolino de locura.

Universo reinventado.

Júbilo de la mañana.

Alba de la risa.


Mujer valiente.

Amiga de la vida.

Rumor de mar.

Umbral de sueños.

Jardín de las delicias.

Alma libre.


Y para poner el broche final a esta actividad, os dejo los microcuentos que escribieron a partir de las siguientes  palabras:  Frida, Maruja, Paz, arcoiris, pintura, universo y blanco.


David escribió:

Éranse dos pintoras que se llamaban Frida y Maruja. Frida tuvo un accidente y terminó en el hospital. A Maruja le gustaba el mar y todo lo que contenía. Sabían que el arcoiris sale después de la lluvia y que después de la guerra vendría la PAZ.

Maruja y Frida se hicieron pintoras y siempre las acompañó un universo blanco.

Zaira escribió:

Frida y Maruja eran dos pintoras muy famosas.

Un día, mientras paseaban, vieron un arcoiris muy bonito. Con sus manos de paz pintaron un cuadro el día en que el universo se cubrió de blanco.

Amanda escribió:

Éranse una vez unas niñas llamadas Maruja y Frida. Les gustaba mucho el día de la PAZ. Ese día empezó a llover, pero también salió el sol y eso no es otra cosa que el arcoiris.

Entonces pintaron el universo en un folio en blanco y ese fue su día de la PAZ.

Santiago escribió:

Eran dos amigas que vivían en paz en un universo donde había una casa blanca, que se hizo con pintura.

Las amigas se llamaban Frida y Maruja y un día paseando vieron un arcoiris y como nunca vieron uno, se desmayaron.

Meyvis escribió:

Frida y Maruja fueron al parque. De pronto apareció un arcoiris. A Frida le pareció PAZ, pintura y estupendo. En cambio a Maruja le pareció blanco, universo y aburrido.

Alma escribió:

Éranse unas niñas llamadas Frida y Maruja. Ellas querían pintar un arcoiris para el día de la PAZ. Dibujaron un universo y lo pintaron de blanco entero.




lunes, 26 de enero de 2026

El Acantilado

 



 

«Se anuncian fuertes lluvias por el Atlántico…»

Era la voz de Gloria quien radiaba el parte meteorológico previsto para el fin de semana.

Mario pensó que para qué había comprado él una casita en la costa como nidito de amor, si Gloria siempre anunciaba mal tiempo en el Atlántico. La cosa tenía narices.

¡Ah, pero de este fin de semana no pasaba, así cayeran chuzos de punta! Definitivamente, dijeran lo que dijeran las previsiones de Gloria, irían a la casa de la playa.

Lo más probable era que mi amiga se opusiera, tan meteoróloga ella. Ya la estaba oyendo: «Mira, Mario, no sólo son las fuertes lluvias, sino que habrá vientos de fuerza ocho o incluso más y, claro, donde está la casa, asomada mismamente al acantilado, lo más lógico es que nos engulla el mar, y ¡hala!, para qué queremos después el dichoso nidito…»

Pero no, ya podía decir misa, que esta vez no se saldría con la suya. Estaba decidido. Lo tenía todo preparado y las previsiones de Gloria no estropearían su plan.

Una voz de hombre, que no le resultaba del todo desconocida, daba ahora la crónica de sucesos:

«Una mujer ha aparecido muerta en extrañas circunstancias en la casa conocida como “El Acantilado”, junto a ella se encontraba un hombre que ha sido puesto a disposición judicial. El individuo responde a las iniciales M.H.D

Mario sintió una fuerte punzada en el pecho. Intentó llegar en vano al teléfono para pedir ayuda, pero una punzada aún más fuerte lo hizo caer fulminado.

Mª José Vergel Vega

martes, 20 de enero de 2026

Dos personajes huyendo de su autora.

 


Por enésima vez pensé que tenía bemoles lo que mi querido editor me había pedido, recalcándomelo varias veces: quiero que el cuento tenga dos protagonistas, un paraguas y una tarta.

Definitivamente, al mercado editorial se le estaba yendo la olla, pero bueno está el oficio para que una se ponga exquisita. Remilgos los precisos, que las facturas hay que pagarlas religiosamente.

¿Un paraguas y una tarta? Pues ahí los tenía. Mi mala leche iba en aumento. Sentía que me estaba prostituyendo como escritora. Estaba a nada de convertirme en una marioneta en manos de mi editor, como otros que conocía.

Me ajusté el abrigo, comprobé que llevaba el borrador en el bolso, cogí el paraguas porque encima en esta dichosa ciudad amenaza lluvia todos los santos días, y salí a la calle como Caperucita obediente a llevar el encarguito de marras.

No bien había salido de casa, cuando el paraguas ─mi paraguas─ Y con el mismo tamaño comenzó a bambolearse en mi mano.

─Eh, tú, escribidora del tres al cuarto: me apetece algo dulce. Una tartita de queso tiernecita, con buenas chorreras de mermelada, estaría genial. En esa pastelería las hacen para morirse.

Para morirme estaba yo. Me quedé muda, blanca. No salía de mi asombro. Aquel artefacto, que llevaba conmigo media vida, para el que había comprado un paragüero de diseño ¿me estaba hablando? ¿Y me estaba pidiendo con toda su guasa una tarta de queso? Me dije: «Ana, tú vas a acabar muy mal. Fijo que te encierran el día menos pensado».

Intenté no hacer caso y continuar caminando a ver si llegaba pronto a la editorial y entregaba el borrador de mi vergüenza. Pero esta vez el insolente del paraguas parlanchín, me puso la zancadilla y caí al suelo. No me dio opción a levantarme. Primero sentí cómo pinchaba suavemente mi cuello, luego con más intensidad.

Mi cuerpo estaba absolutamente paralizado. Cerré los ojos y pensé un resignado sea lo que Dios quiera. Aquel desagradecido seguía en sus trece, quería algo dulce y más valía que me pusiera a ello inmediatamente.

Intenté balbucear un si dejas de pincharme te compro la mejor tarta de queso que hayas comido en tu vida, pero la voz no me subía de la garganta.

Suerte para mí que, en aquellos precisos momentos, en los que me debatía entre la vida y la muerte, apareció sin saber de dónde, un pequeño ser con cuerpo de sombrero con patas y una tarta de queso chorreante de mermelada en su cabeza.

Sentí que cedía la presión en el cuello. Ahora mi paraguas lamía con verdadera fruición el queso que chorreaba de Tartarín del Copete, nombre con el que mi salvador se había presentado.

«Tartarín del Copete, el Paraguas Parlanchín»… Ana, que pareces tonta, que estos son tus personajes. ¡Pero, qué demonios has hecho! Les has dado tanta cancha que ahí los tienes, tan reales! Les has insuflado tanta vida que se te han apeado del cuento.

-Muñeca -me dice el del sombrero con patas. Ser escritora es una profesión de riesgo, y más en estos tiempos de Inteligencia Artificial, que la carga el diablo.

-Somos tan buenos escupió el paraguas parlante-, te hemos salido tan redondos, que en estos momentos te vamos a regalar una moraleja para tu historia:

«Cuidado con lo que imaginas porque puede hacerse realidad. Algún día, nosotros, los personajes de vuestras historias, conquistaremos el mundo.»

 

Mª José Vergel Vega

 

 

 


domingo, 23 de noviembre de 2025

Arcimboldeando: ¿Somos lo que comemos?

 



 

El arte utiliza caminos diversos para ayudarnos a realizar nuestra lectura particular del mundo.

Aprovechando esta estación otoñal que nos conduce a la calma y nos permite reconectar con nosotros mismos, nos fijamos en la obra de una pintor renacentista, que revolucionó absolutamente la pintura de su época: Giuseppe Arcimboldo (Milán 1527-1593).

Arcimboldo es uno de los más grandes representantes del «Manierismo» ─estilo de transición entre el Renacimiento y el Barroco, artificioso y exagerado─. Ejemplo de este estilo son las «cabezas compuestas» de Arcimboldo, retratos de gran originalidad formados a partir de la combinación de frutas, semillas, flores y otros objetos cotidianos.

Mis grumetes aprendices de 2º y 3º Ciclos de Primaria en la actividad de Fomento de la Lectura, cogieron un pulado de frutas y hojas otoñales y allá que se lanzaron a diseñar sus propios «arcimboldos».

El resultado de esta osadía han sido unos retratos bien curiosos que podéis visitar y admirar en el pasillo de la Biblioteca.

Cuando desatamos la imaginación, dejamos libres todas las criaturas que nos pueblan.

¿Será verdad que somos lo que comemos?


Arcimboldo era un pintor

de la escuela manierista.

Italiano, de Milán,

fue un gran renacentista.

 

De pequeño, con su padre,

se inició en las vidrieras,

palacios y catedrales

decoran Italia entera.

 

Famoso pintor de corte

de grandes emperadores,

todos se lo disputaban

y lo colmaron de honores.

 

Buscaba la inspiración

en flores, frutos, semillas,

que enseguida convertía

en alguna maravilla.

 

Podemos ver «arcimboldos»

en museos muy famosos,

en la Uffizi y en el Louvre

nos esperan misteriosos.

 

 

Sus cuadros son puro juego,

míralos con embeleso.

Nada es lo que parece,

Arcimboldo es bien travieso.

 

Estaba empeñado en ver

más allá de los objetos;

por arte de pareidolia

transformaba sus bocetos.

 

Fue un artista artificioso,

que todo lo trastocaba:

melocotones en ojos

y las bocas en guayabas.

 

Aquí te propongo un juego

si te quieres divertir:

coge frutas de un frutero

y mezcla con frenesí.

 

Verás que no es poca cosa

el retrato conseguido.

Por el sendero del arte,

ya caminas decidido.


Mª José Vergel Vega



domingo, 9 de noviembre de 2025

Hala Layya

 





Hace ya muchos meses que en nuestra pequeña aldea  de Gaza, donde vivimos, suenan las sirenas cuando menos lo esperamos.

Hoy, para variar,  ha sido un día tranquilo. Hasta habíamos jugado entre las ruinas los niños del barrio. Construimos una cometa de un blanco sucio con unos trapos que encontramos. Estuvimos volándola un rato muy grande. Ahmed dijo que seguro que papá se pondría contento de verla desde su estrella en el cielo. Al atardecer, cada cual regresó a su casa, o a lo que nos queda de ella. Ojalá todo siga en calma y podamos rezar tranquilos por los que esta guerra tan fea se ha llevado.

Como cada noche, cuando tenemos harina, yo ayudo a mamá a hacer el pan de pita para la cena. Me encanta meter mis manos pequeñas entre la masa y pintar la nariz de mi hermano cuando está despistado. Los tres reímos con mi ocurrencia. A mí me gusta mucho el pan de pita. ¡Huele tan rico, que parece que en ese olor tan  familiar estamos a salvo! ¡Hasta se me olvida la guerra por un momento!

Ahmed, sin parar de reir y haciendo malabares con los platos, pone la mesa. Yo aplaudo esa actuación improvisada. Mi hermano es mi héroe.

Justo en el momento en que mamá saca el pan del horno, comienzan a sonar las sirenas. Mamá nos  entrega nuestra porción de pan recién hecho y nos pide que la guardemos en los bolsillos. Nos toma de la mano y salimos los tres a la calle para dirigirnos al refugio. Ya lo hemos hecho en otras muchas ocasiones.

Esta noche, las sirenas suenan con tanta urgencia, que tenemos que correr más rápido que otras veces. Mamá tropieza  y cae al suelo, pero nos dice que sigamos  corriendo, que ya nos veremos en el refugio. Yo miro a mamá un momento, pero Ahmed tira fuerte de mí.

Corremos. Corremos. Corremos.

 Las sirenas suenan cada vez con más intensidad. Una luz cegadora, a la que sigue un estruendo muy grande, nos paraliza. Ahmed aprieta fuerte mi mano. Se abren a nuestros pies las entrañas de la tierra.  No podemos llegar al refugio. Nos resguardamos en un hueco que a mí me parece como una cueva, en la que entra, como un milagro la luna  llena.

Lloro. Me acuerdo de mamá, de nuestra casa, del limonero que sembramos en el pequeño huerto para honrar a nuestros ancestros.  Siento que me estallan los oídos. Quiero llamar a Ahmed, a mamá, pero mi boca está muda. No oigo nada. No puedo  hablar. ¿Por  qué tanto silencio de pronto?

Ahmed me abraza muy fuerte. Aprieta mi cabeza contra su pecho. Me acuna.  Dice o canta algo que yo no oigo, pero me gusta leer sus labios dulces.

 Hala Layya.

Estoy tranquila. Los ojos enormes de Ahmed velarán mi descanso. Sé que no dejará de sonreírme. Que me cogerá la mano, me acariciará las mejillas o apartará algún mechón rebelde de mi frente, como hace mamá mientras me lee el cuento de buenas noches. Ahmed me sigue hablando, creo que ahora dice “Amira, mi pequeña reina. Agita tus alas como una paloma y vuela hacia la libertad”. Canto, desde mi silencio, esa nana que tantas veces escuché en la voz de mamá. Sonrío a mi hermano y  él me sonríe derramando sobre mí toda la miel de sus ojos.

Hala Layya.

Sigue cantando y al abrazarme, me llega el olor a pan reciente que sale de su cuerpo. Comemos el pan de pita que mamá nos hizo guardar en los bolsillos. Damos gracias a Dios por estar juntos comiendo este alimento y le pedimos tenga misericordia de los que se fueron y que nos devuelva a mamá sana y salva. Pienso en mamá y lloro.

Hala Layya. “ Deja de llorar, pequeña, mi alma siempre te protegerá”.

Deben de estar sonando de nuevo las sirenas, porque Ahmed me abraza aún más fuerte. Me mira y me sonríe. No debo tener  miedo. Mi hermano es mi héroe. Él siempre pondrá voz a mis silencios. Él siempre hablará por mí cuando no encuentre las palabras. Cuando todo sea oscuridad, me alumbrarán sus ojos que atesoran toda la luz que los mártires de Palestina nos envían desde el paraíso.

 Estoy cansada. Cierro los ojos. Intento dormir. Sé que cuando despierte, Ahmed seguirá ahí, sin  moverse de mi lado. Juntos iremos a buscar a mamá y volaremos de nuevo la cometa de un blanco sucio que tanto le gusta ver a papá desde su luz en el cielo.

 Me acurruco en el cuenco de su pecho. Ahmed, mi hermano querido “el que agradece a Dios”, dulce nombre de los de mi estirpe.

Mª José Vergel Vega