domingo, 25 de abril de 2021

Me atreveré a decir vuestros nombres

 


Llegó el cantor con los versos enredados entre las cuerdas de su guitarra, dejándonos un temblor de agua en la mirada. Quiso haceros visibles para traeros de vuelta hasta este presente que es el vuestro.

Maruja, Margarita, Ángeles, Rosario, María, María Teresa, Rosa, Concha, Josefina, Ernestina, Marga, Ángela...nuestros labios os nombran para regresaros al ahora, para que sigáis caminando al lado de nuestros sueños. Vuestra lucha continúa en la nuestra.

Juntas derribaremos los muros que nos impiden vislumbrar un horizonte lleno de luz, de vida plena y digna.

Reivindicaremos vuestra manera de ser y estar en el mundo, que ha de ser la nuestra. Vuestras manos de mujer serán una entre nuestras manos; esas manos siempre ocupadas, yendo de unos asuntos a otros, como mariposas nerviosas que el viento trae y lleva sin tregua.

Pronunciaremos una a una las letras de vuestros nombres, para reclamar la falta que nos hace vuestro legado. Seguiremos quitándonos el sombrero, abrazando la irreverencia de caminar contra corriente.

Queridas Sin Sombrero, cuánta falta nos hacen vuestros versos para llenar de sensibilidad y fuerza el caminar de cada día.

Sin duda, éste ha sido un 23 de Abril muy especial: despertar la memoria y hacer presentes a aquellas mujeres valientes que se empeñaron en hacernos libres . No nos cansaremos de repetir vuestros nombres , de echarlos a volar como mariposas que baten las alas del sentimiento.

Gracias, querido cantor , por derramar sobre nosotros esa lluvia de necesarios versos, capaces de curar las heridas del ostracismo y la indiferencia. Gracias por hacernos saber que las manos de las mujeres también escriben versos que labran los caminos de la esperanza, versos que abrasan, que nos remueven y nos ponen en guardia, que constatan la fuerza que nos imprime el haber nacido mujeres.

Nací mujer. Soy libre, valiente, dueña de mis actos. Soy mujer y guardo en la rebotica del corazón un buen manojo de sonrisas de recambio para cuando las fuerzas me flaqueen. Soy mujer y danzaré sobre los prejuicios que me impiden avanzar. Nací mujer y con vosotras lanzo al viento mi sombrero, porque ser mujer no ha de significar otra cosa que ser libre.

Mª José Vergel Vega



martes, 19 de enero de 2021

Hoy me muero por volver

Federico eterno. Madrid , enero de 2020

 

Un día precioso el de ayer bajo el cielo de Madrid. La lluvia volvió a ser estación de reencuentro, esta vez con la familia del teatro.

De buena mañana, Angelita, una de las voluntarias del Real, nos mostró las entrañas de este emblemático teatro. Más de uno se vio ensayando en aquellas salas inmensas y pisando un escenario con tanto renombre.

Seguimos por San Ginés, degustando con deleite un chocolate artesano con unas porras que quitaban el sentío.

Repuestas las fuerzas, caminamos Madrid bajo la llovizna, demorando los pasos para saborear los recovecos del camino.

Fue un día de arte callejero: el buen hacer de Moe el tubero que nos llevó a través de los entresijos de sus tuberías musicales hasta el último mohicano. Un chico de mirada dulce, nos puso un temblor en la mismísima puerta del alma, dejándonos rendidos y desarmados ante su Granada. El llanto de los violines ,amansando la lluvia, puso banda sonora a la mañana.

Día también de experiencias" surrealistas", que mis compañeros de paseo no me dejarán contar. Dicen que lo que pasa en el teatro en el teatro se queda.

La tarde condujo nuestros pasos hacia una ruta literaria guiada por el maestro de ceremonias, Pedro Luis López Bellot, que nos llevó por el Madrid de Max Estrella donde cenó con el poeta Rubén Darío. De aquella esperpéntica cena sólo queda hoy, como recalcó con cierta sorna nuestro guía, la manzana de Apple, con un mordisco, apostilló uno de sus alumnos. Pudimos descubrir lo que de cóncavo y convexo tienen nuestra vidas reflejadas en el callejón del Gato. Paseo tan especial sólo podía terminar a las puertas del Teatro Español, donde nos consolaron las lágrimas de Federico bajo la lluvia. Federico herido, muerto de amor, ofreciéndonos eternamente su corazón de niño y la paz que soñó entre las manos.

Y paso a paso, con la lluvia como compañera, llegamos al Kamikaze para poner fin a un día teatral de principio a fin, disfrutando de teatro de calidad: Jauría, de Jordi Casanovas, dirigida por Miguel del Arco. Se trata de una obra gestada a partir del juicio a la Manada. Un montaje con una calidad enorme en todos los aspectos. Unos actores espectaculares que manejaron magistralmente todos los registros. Consiguieron que en la sala contuviéramos la respiración. Teatro que da voz a las víctimas y abre en canal a los verdugos, mostrándolos tal cual son.

Y cayó el telón. Seguramente afuera seguiría lloviendo. Me se sentí abrigada por el abrazo que sus compañeros le dieron a María Hervás, la actriz que asumió en sí todo el dolor y la incomprensión de la víctima de unos malnacidos. ¡YO SÍ TE CREO, TODOS LOS QUE ALLÍ NOS CONGREGAMOS TE CREEMOS! No habrá paz para los que no quieren entender que NO ES NO. Jauría: teatro que remueve las tripas y no deja indiferente.

Gracias Pedro Luis López Bellot y familia del Teatro, por invitarme a esta bonita experiencia.

La lluvia de Enero, de cuando en vez, cae y nos bendice. Hoy, como diría el cantor, me muero por volver.

Mª José Vergel Vega. Madrid, enero de 2020.



miércoles, 6 de enero de 2021

Miserere o la farsa inmisericorde del mundo

 

"Desde entonces tuve el corazón descalzo" (Jaime Sabines)

Algunas veces vuelve la lluvia para resucitar los miedos del pasado. Regresa con ella el monstruo y tenemos frío. Zozobran los barquitos que construimos con manos temblorosas. Una y otra vez somos obligados a morder la manzana del pecado que nos arroja del paraíso.

El monstruo nos mira a los ojos y terminamos por sentirnos cómplices de su juego macabro. Una babel de espanto nos envuelve y arden las naves que ni siquiera dio tiempo a cargar de esperanza. No bien hemos sido alumbrados al mundo, cuando ya se espera que emprendamos el camino que alguien trazó para nosotros, indefensos polichinelas en un teatro de sombras.

Echamos a andar y a cada paso nos acecha el monstruo que vive en el espejo. Y entonces revivimos el horror. Los terrores de la infancia nos devoran como águilas hambrientas. Nunca muere el monstruo; su rabia alimenta larvas que darán vida a nuevas fauces, que seguirán  devorando lo que queda de nuestra inocencia.

Continúa la lluvia incesante, llevándonos a golpes hacia el holocausto donde quedó ahogada nuestra infancia. No hay nada más terrible que ser niño se convierta en una condena, descubrir que se deja atrás la inocencia cuando uno pierde sus sueños en las embestidas  contra el monstruo.

La vida de los arrojados del paraíso de la infancia es una tempestad en blanco y negro, sótano oscuro iluminado por la camisa blanca del verdugo; camisa blanca que no lava conciencias. Y entre la tempestad, las preguntas que nos golpean como martillos: ¿Somos realmente libres de tomar el camino que queremos? ¿Puede el verdugo elegir otro papel que no sea el de brazo ejecutor del horror ? ¿Puede en algún momento la víctima dejar de serlo?  

Los extremos están condenados a encontrarse. Y el martillo sigue golpeando sobre el yunque sangrante de nuestra conciencia: ¿Puede el verdugo devenir víctima y ésta verdugo? ¿En qué momento a los dioses se les fue de las manos el asunto sagrado de la creación y nos dejaron como legado un mundo que es una farsa inmisericorde? ¿En qué momento el amor deja de ser un sentimiento noble para convertirse en algo aberrante? ¿Dónde está la misericordia que debemos a los afligidos?

El monstruo se nos presenta como un mártir ante  la sociedad, ante sus víctimas  y ante sí mismo. Se atreve a sostenernos la mirada. Nos señala con el dedo. Y nos dice lo que nuestra conciencia trata de callar: todos somos responsables de este diluvio de deshumanización en el que nos vamos hundiendo. Todos somos responsables de la destrucción de la misericordia que hace tiempo no sentimos por nuestros semejantes; unos, porque las circunstancias los han convertido  en ángeles exterminadores, otros, porque con nuestro silencio de estatuas contribuimos a alimentar la hidra de la degeneración del monstruo.

 El silencio no borra la tragedia de Briones y demás niños perdidos , la alimenta con cada aguacero haciéndola cada día más presente.  El silencio siempre nos posiciona del lado de los Gancedos sin escrúpulos que pueblan este mundo impío. Ni el olor del incienso camufla el aroma de la podredumbre.

Es muy difícil rebelarse contra quienes sajaron la pureza de la infancia. Cuando el paraíso de la niñez se convierte en la antesala del infierno, volvemos a hacer una y otra vez lo que se espera de nosotros: morder la manzana del pecado y plegarnos a los deseos malsanos del monstruo y pisar por donde él pisa.

 Es muy difícil volar cuando se ha estado preso. Una losa de tristeza nos sepulta cuando comprobamos que si  de algo somos testigos, es de la desolación de la quimera. Una vez estuvimos llenos de sueños, pero alguien estranguló  la guirnalda de mariposas, que los traía y los llevaba uncidos a nuestra cintura de infantes.

En ambos escenarios- el del teatro y el de la vida-, Pandora continúa  esparciendo las plagas de su caja por el mundo ,y Saturno sigue devorando a sus hijos en un banquete macabro que no tiene fin .

 En algún paraíso cercano, un monstruo viejo y desdentado, sigue removiendo el caldero donde guarda la sangre blanca de los silenciados.

Mª José Vergel Vega

lunes, 28 de diciembre de 2020

Construyendo la historia desde lo local

 




En medio de este tiempo gris que nos habita y habitamos, encontramos, una vez más, el oasis de la Cultura. Siempre es un consuelo saberse a salvo al abrigo de las palabras de Antonio, pulsar las cuerdas de la vida desde la perspectiva que nos ofrecen las palabras contenidas en este nuevo libro que nos disponemos a acoger entre nosotros.

Antonio, como refiere el profesor Javier Ridruejo en el prólogo a este “Torrejoncillo en el siglo XVII” no es ningún “juntaletras”. De todos es bien sabido que es un escritor de vocación, de los que pasan horas encerrados recopilando datos , reflexionando sobre lo encontrado, redactando de manera escrupulosa y corrigiendo de manera casi enfermiza. En resumen, es uno de esos autores en los que confía el lector, pues sabemos que no nos defraudará, ni en el fondo ni en la forma.

Una no ha podido nunca decir no a las proposiciones-nunca deshonestas- que ha hecho a servidora este amante de la historia de nuestro pueblo, que para siempre será mi querido profesor. Hay personas que se cuelan en el alma y ahí se quedan por siempre, formando parte importante de tu vida. Y si antes no dije no, ahora con mayor motivo, pues me toca mimar lo máximo posible la cultura de mi pueblo, y el vuestro, desde el puesto de responsabilidad que ahora ocupo.

Creo que los torrejoncillanos tenemos mucho que agradecer a Antonio Alviz. Agradecer que a través de su inmersión en nuestro pasado haya desmontado esa creencia alimentada por algunos, de que Torrejoncillo, este hermoso pueblo artesano y lleno de artistas en el que vivimos , no tenía historia. Gracias a este cronista riguroso y ameno, sabemos que eso es totalmente incierto y empezamos a sentirnos parte importante de la historia, de una rica e importante historia.

La Historia tiene que ver con la sabiduría, con la capacidad de juzgar lo que pasa, con la pátina del tiempo que todo lo va poniendo en su sitio, con el dejar testimonio de lo que otros fueron construyendo para nosotros y para los que están por venir. Gracias a la historia nos reconocemos en lo que otros fueron, nos reafirmamos en lo que somos e intuimos lo que seremos. La historia se escribe desde abajo, desde lo profundo de la intrahistoria, desde el calor de las historias pequeñas de cada día que Antonio no ha desdeñado jamás, porque sabe que son importantes. La Historia comienza a escribirse a nivel local para convertirse en universal. Gracias a Diputación de Cáceres , concretamente al Servicio de Publicaciones y linea editorial “ Estudios Locales” por facilitar que saquemos a la luz la historia de nuestros pueblos, por dar voz a gente que tanto tiene que decir como es el caso de Antonio.

Releía hace unos días un interesante artículo de Ángel Gabilondo animando a la lectura. Decía algo así como que “la lectura es una forma de encuentro con la palabra que nos viene de los demás”, que leemos para ver, escuchar y comprender mejor. Me vino a la mente Antonio y su concepción de la escritura. Sin duda, Antonio siempre ha querido escribir para que el lector se vea reflejado en lo que escribe, para arrojar luz sobre lo que el lector se pregunta, para ofrecer respuestas al alcance de todo tipo de lectores.

Este “Torrejoncillo en el siglo XVII” nos ofrece la posibilidad de encontrarnos con la palabra desde la soledad de fondo del lector para comprender el mundo y conocernos un poquito más a nosotros mismos. Estamos hechos de cachinos de los que nos precedieron. Los libros, este de Antonio en concreto, se constituye en una evidencia que nos permite asombrarnos y descubrir cuál es nuestro papel como ciudadanos del siglo XXI a través del papel que jugaron nuestros paisanos del siglo XVII.

Queridos lectores, estamos de enhorabuena, en nuestras manos tenemos una nueva criatura que Antonio ha ido gestando con amor y trabajo infatigable. En nosotros queda el último esfuerzo: completar el testimonio de Antonio, porque cada uno de nosotros está en sus palabras.

Mª José Vergel Vega






jueves, 4 de junio de 2020

De alas y palabras



Algunas de las historias de este confinamiento no las olvidaremos jamás. Yo guardaré a buen recaudo, en mi vieja caja de galletas, una que tiene que ver con libros y palomas.
Palabras y alas, una combinación evocadora para tejer una historia inolvidable.
A veces, los pasos que son curiosos por naturaleza, nos llevan hasta las puertas misteriosas de los desvanes, paraísos de oscuridad herida por rayitos de fugaces de sol. En ellos vive la memoria de lo que fuimos, de lo que hoy somos y de lo que seremos en el futuro.
El corazón se acelera por el miedo a lo desconocido y sube por la espalda el escalofrío que produce la curiosidad. En los desvanes hay fantasmas dormidos entre el polvo y el silencio; fantasmas que bregan por sacar del olvido una parte de nosotros mismos que vivió hace tiempo y que nos completa.
Dormidos y escondidos en un cajón, medio destruido por la humedad y el rodar de los tiempos, aparecieron ante mí un buen puñado de historias de otro tiempo, historias que estaban ahí y que a buen seguro completarán lo que somos. Libros que otros escribieron y leyeron para alimentar su sed de sabiduría, su afán por preguntarse qué hacemos en este mundo y qué nos queda por hacer. ¿Quién los puso ahí? ¿Por qué han estado confinados ante nuestros ojos hasta ahora?

sábado, 4 de abril de 2020

Dos o tres segundos de ternura



Cada Abril ha tomado por costumbre sembrarme espinas en el corazón. De fuera me llega el aroma intenso , casi doloroso, del hinojo. Me llega la pasión de las amapolas, desangradas en los caminos, porque no hay ojos que las miren.
Se nos fue con Abril el cantor que nos trajo, como un milagro, el alba en su voz.  Se nos fue y nos deja huérfanos en el grito de estos tiempos convulsos, en los que tenemos frío. 
Con él se marcha una parte importante de lo que fuimos, de aquellos que hicimos de su canto nuestro himno.
No sé por qué Abril insiste en arrebatarnos la esperanza.  Abril es hoy una flor deshojada de tristeza, la desnudez de un alma ahogada por la pena.
La vida se nos ha puesto dura. Sísifo ya no puede con su piedra. Está arreciando la tormenta. Intento caminar y doy pasos en falso. ¿Cómo voy a echarme a la vida sin el necesario latido de tus versos? ¿Cómo voy a aprender a vivir sin el dulce consuelo de tu voz? ¿Cómo sortear sin ella el temporal de cada día?
La vida nos va enseñando, a fuerza de embates, que las pérdidas nos cambian . Una se mira al espejo y no se reconoce. Nos descubrimos más viejos  y más cansados. Las arrugas nos apuñalan el alma de parte a parte y nos dolemos hasta encogernos.
Nos hiere recordar lo que pudo haber sido y no fue. Nos duele comprender que no todos los caminos nos llevan a Roma, ni al tiempo dulce y azul de la infancia.

domingo, 8 de marzo de 2020

Manifiesto "Día de la Mujer" 2020



Somos de la Generación Igualdad. Queremos seguir movilizándonos para eliminar la violencia de género, la desigualdad y todo aquello que no nos deja avanzar en el mundo que habitamos. Exigimos justicia y derechos para todos y todas, buscamos  mujeres y hombres que sean capaces de pensar en femenino.
Os invitamos a uniros a esta Generación Igualdad. Mujer, eres libre, despliega tus alas y créete capaz de hacer grandes cosas. Tenemos derecho a participar en las decisiones que se tomen sobre el futuro a todos los niveles: económico, social, educativo, político, empresarial, ambiental…
Somos muchas, no estamos solas. Nuestra lucha está avalada por tantas mujeres que nos precedieron, por tantas mujeres que, estando bajo la costilla del hombre, nos fueron labrando el camino para que nosotras hoy nos atrevamos a interpretar por nosotras mismas el complicado libro de la vida.
Sigamos reivindicando pan y rosas, como lo hicieron aquellas mujeres neoyorquinas de 1908.
Queremos elegir nuestro camino y debemos y queremos hacerlo juntas, porque unidas en sororidad seremos capaces de todo. Como decía Gioconda Belli, trabajadora del verso, “Todos tenemos un deber de amor que cumplir, una historia que nacer, una meta que alcanzar”.
Somos conscientes de que en este mundo globalizado, la brecha de género se ha abierto aún más. Sabemos dolorosamente que hay voces que intentan callar nuestro grito, que hay manos que quieren impedir nuestro avance y ponen piedras en nuestro camino. Seguimos siendo nosotras las que realizamos  los trabajos más precarios y peor pagados, las que se quedan en casa, porque nos puede la conciencia y el instinto ancestral de la madre naturaleza que nos habita , criando a los hijos o cuidando de nuestros mayores y enfermos. Somos nosotras, las que cuando vuelven a casa tienen que seguir trabajando y multiplicando brazos para llegar absolutamente a todo y el mundo siga girando como si tal cosa. Somos nosotras las que primero nos movilizamos ante las injusticias, las que nos echamos a las espaldas el luchar por reinventar el mundo.
Llevamos muchos años de lucha y aún nos queda mucho trecho por recorrer. Y sabemos que no vamos a rendirnos, porque nunca lo hemos hecho. Vamos a seguir luchando, siendo conscientes de nuestra valía, porque estamos en todo y ese todo, que es la vida, nos necesita. Hago mías y las comparto con vosotras las palabras de la escritora Almudena Grandes: “porque las mujeres somos la mayoría más indiscutible de este país”.
No olvidamos a aquellas que perdieron el derecho a estar vivas a manos de adanes frustrados que no entienden  que nadie es de nadie y que la libertad es un don inalienable. Seguís con nosotras y nos dais fuerza para seguir adelante. Una vez más reiteramos que nos queremos vivas y respetadas.
Hagamos una cadena de feminismo en la que quepamos todos, mujeres y hombres dispuestos a echarse al camino y seguir luchando , porque cada vez queda menos para Utopía, porque si nos empeñamos, entre todos llegaremos a un mundo nuevo de dignidad y justicia.
Sigamos siendo el grito de las que ya no están, leguemos nuestro grito a las generaciones de jóvenes y niñas para que se hagan valer y sean capaces de conquistar plenamente la dignidad, la justicia y la igualdad.
¡Mujer, tú eres verso necesario en el poema de la vida! ¡Ámate, ármate, inicia la revolución que el mundo necesita!
Mª José Vergel Vega



viernes, 6 de marzo de 2020

Pan y rosas


Déjame que exija pan y rosas.
Sé que el camino es largo, pero si es necesario, pagaré con mi vida.
No pidáis que olvide los rostros que encontré por el camino; las noches implorando a la luna que me redimiera del odio.
Vengo de lejos, he dejado muchas manos que reclamaban un brote nuevo de mi amor.
Por eso, déjame que exija pan y rosas...
...tengo hambre y mis manos se secaron, nos las dejaron echar raíces para darse a esos que pedían justicia.
Déjame que exija pan y rosas...es largo el camino y estoy cansada.
Mª José Vergel Vega

martes, 4 de febrero de 2020

La mierlita



Está claro que yo no puedo entrar en una librería y salir con las manos vacías. Hoy, mi preciosa librera Mónica, puso ante mis ojos una cajita de cuentos diminutos ( el número 5 de la colección "Minilibros" de Kalandraka, recomendable para todas las edades).
Éste de La mierlita fue el primero que se me vino a las manos. Leerlo, y recordar a mis abuelas, aquellas mujeres sabias que me enseñaron a interpretar el libro de la vida, fue todo uno. La mierlita es una historia con sabor a aquellos cuentos de la infancia en el regazo de aquellas mujeres valientes y tiernas que fueron nuestras abuelas.
Me encantó que Antonio Rubio, maestro de maestros, le pusiera ese título en diminutivo , en extremeño y en femenino, porque por estos lares hay mierlas pero no mierlos. Fascinante la forma en la que utilizamos el lenguaje.
No pude por menos que compartir lectura con mis niños de Primer Ciclo. Escucharon atentos y dijeron que les parecía triste, pero bonito. Silvia aplaudió entusiasmada; otros entornaron los ojitos  pensando quizá en la desdicha de la pobre mierlita a la que una y otra vez engañaba la taimada zorra...y otros cavilaban sobre qué cosa sería aquel invento del "jápele-jópele" que la zorrita traía y llevaba.
La mierlita nos trajo consigo el recuerdo de un viejo contador de cuentos con barba de luna, que visitó nuestro colegio hace algunos años: Federico Martín Nebrás. Dice Antonio Rubio, que Federico le regaló este cuento que mamá Clara le contaba siendo infante allá en la Vera de Plasencia.
De cuando en vez, una historia te reconecta con tus raíces. Te lleva a aquel lugar a la orilla de un río donde cantaban las sirenas. Vuelve a tu memoria aquel lugar tocado por las hadas, o por la varita mágica de unas abuelas que contaban cuentos al calor de la lumbre, mientras desgranaban entre sus manos bolas de algodón.
Esta mierlita ha hecho que me vea chiquinina y  feliz, las trenzas estiradas, las mejillas como carbones encendidos y la imaginación desbocada, galopando hacia los límites del paraíso emocional de Dauseda.

Mª José Vergel Vega 

domingo, 28 de julio de 2019

LUNA ROJA




Un mensaje iluminó la pantalla de su móvil: “Es ahora o nunca”.
Era la señal convenida. Se desnudó con parsimonia y se puso el pijama que guardaba para las ocasiones especiales. Colocó el traje gris de oficinista en el galán de noche. Abrió de par en par la ventana para que entrara el relente. Dispuso encima de la mesilla el vaso de leche tibia, la cápsula y el diario abierto por la página del día. Contestó al mensaje del móvil con un escueto: “Ok. Amor.” Dejó las zapatillas perfectamente alienadas y se acostó.
Puso la cápsula en la lengua y apuró a pequeños sorbos el vaso de leche. Al tiempo que arreglaba el embozo, pensaba que aquella noche dormiría como si no hubiera un mañana. Se persignó tres veces y cerró los ojos.
Un nuevo mensaje iluminó la pantalla del móvil: “Dulces sueños, amor.”
Para entonces, la luna roja que anunciaron en todos los telediarios, ya se había desangrado sobre la cama.
Mª José Vergel Vega