Hace tiempo que me atrae el
universo de Murakami. Me hace plantearme de nuevo muchos de los temas
universales de la historia de la humanidad y de la literatura. Con él me vuelvo
un poco filósofa y me cuestiono constantemente.
En esta ocasión, me he
dejado leer por La ciudad y sus muros inciertos, cuya lectura recomiendo.
¿Qué pasaría si no
tuviéramos sombra? ¿Una tiene pruebas de su existencia gracias a su sombra? ¿Es
mi mano la que escribe o es acaso su sombra quien dibuja estas palabras?
Para que la sombra exista,
curiosamente, tiene que existir la luz. Los opuestos son tan necesarios como el
aire que respiramos. Estamos hechos de opuestos.
Otra pregunta que me hago
leyendo a Murakami es si las fronteras están ahí para arriesgarnos a cruzarlas
o son una invitación a ponernos trabas los unos a los otros.
Seguro que todos hemos
imaginado alguna vez una ciudad amurallada en cuyos dominios habitan unicornios
y algún que otro monstruo que mantiene a raya a los enemigos. Ni siquiera lo
imaginado nos sale como pensamos. Los paraísos están sobrevalorados.
El universo de Murakami es
inquietante. El lector tiene la sensación de atravesar una delgada línea que
separa lo real de lo imaginado. Los dos mundos se funden y nosotros, lectores
indefensos, confundimos uno y otro porque:
“Quizá el mundo se haya desvanecido al doblar la primera esquina”.
Habitamos un mundo de sombras que alguien maneja a su antojo. Cuando no podemos
sobrellevar la realidad que nos ha tocado en suerte, somos muy dados a
construir mundos paralelos.
¿Dónde fue desterrado
nuestro “ser real”? Quizá solo seamos
viejos sueños de lo que un día fuimos como humanos, los seres más perfectos ─eso
dicen los textos sagrados─ salidos del soplo de Dios.
A esos sueños de lo que
éramos hay que despojarlos de sentimientos porque los poderosos los consideran “focos
de infección”. Cuanto menos sientas, mejor te manejan. Y si nos privan de
nuestros sentimientos, ¿qué somos sino sombras?: “el ser humano es un simple suspiro y su vida una sombra que pasa” (Libro de los
salmos).
En toda novela de Murakami
hay una biblioteca, lugar en el que todo puede suceder. El amor a los libros y la literatura atraviesa como un
río toda la novela. Las bibliotecas son santuarios capaces de acoger a las
almas en pena y sanarlas; incluso pueden reconciliarnos con nuestra sombra.
Vamos a la biblioteca a huir del ruido del mundo, a vivir como anacoretas, a
pensar, a darle vueltas a lo que importa, a interpretar lo que soñamos o nos
sueña.
No podemos evitar sentirnos
prisioneros del mundo que habitamos. ¿Será la solución marcharse lejos para
encontrar una vida nueva y restañar las viejas heridas?
El mejor de los caminos
puede estar cerca o lejos. Tenemos que encontrarlo por nosotros mismos. Algo
así da a entender el Señor Koyesu a través de estas palabras: “…que tenga el coraje de vivir según sus
propias coordenadas, en su propio mundo”…”Quizás la ciudad amurallada sea la
conciencia que lo crea a usted como ser humano. Eso explica la versatilidad de
sus contornos, la flexibilidad de su perímetro, con independencia de su
pensamiento y de su voluntad…
Los muros entre realidad e
irrealidad son muros inciertos, se reblandecen, pierden consistencia y por eso
muchas veces lo real se nos torna irreal y viceversa. Lo real es mágico.
Da la impresión de que en la
ciudad de muros inciertos no existe el tiempo. El reloj de la torre no tiene
manecilla para que reflexionemos sobre la falta de sentido del tiempo.
No todo el mundo está
preparado para entrar en esta ciudad y recalar en su biblioteca con la misión sagrada
de ser lector de sueños. Hace falta dañarse la vista para ver más allá. Para
vivir hacen falta heridas.
En realidad, nuestro ser es
un compendio de dos seres: el que quisimos ser y el que somos, en el que sin
duda intervienen las circunstancias. Pero no todos tenemos el coraje de
fusionar esos dos seres que nos permitiría encontrar el verdadero sentido de la
vida, de nuestra vida.
La unión entre esos dos
seres tiene lugar en la conciencia, aunque deberíamos escuchar también al
corazón, pues es él quien decide qué ser
de los dos queremos ser.
En definitiva, que la
realidad no es algo estático, sino que se halla sometida a un incesante devenir
y: “¿no es en ese devenir donde se encuentra
la esencia de toda historia? Yo así lo pienso”.
Mª José Vergel Vega









