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lunes, 26 de enero de 2026

El Acantilado

 



 

«Se anuncian fuertes lluvias por el Atlántico…»

Era la voz de Gloria quien radiaba el parte meteorológico previsto para el fin de semana.

Mario pensó que para qué había comprado él una casita en la costa como nidito de amor, si Gloria siempre anunciaba mal tiempo en el Atlántico. La cosa tenía narices.

¡Ah, pero de este fin de semana no pasaba, así cayeran chuzos de punta! Definitivamente, dijeran lo que dijeran las previsiones de Gloria, irían a la casa de la playa.

Lo más probable era que mi amiga se opusiera, tan meteoróloga ella. Ya la estaba oyendo: «Mira, Mario, no sólo son las fuertes lluvias, sino que habrá vientos de fuerza ocho o incluso más y, claro, donde está la casa, asomada mismamente al acantilado, lo más lógico es que nos engulla el mar, y ¡hala!, para qué queremos después el dichoso nidito…»

Pero no, ya podía decir misa, que esta vez no se saldría con la suya. Estaba decidido. Lo tenía todo preparado y las previsiones de Gloria no estropearían su plan.

Una voz de hombre, que no le resultaba del todo desconocida, daba ahora la crónica de sucesos:

«Una mujer ha aparecido muerta en extrañas circunstancias en la casa conocida como “El Acantilado”, junto a ella se encontraba un hombre que ha sido puesto a disposición judicial. El individuo responde a las iniciales M.H.D

Mario sintió una fuerte punzada en el pecho. Intentó llegar en vano al teléfono para pedir ayuda, pero una punzada aún más fuerte lo hizo caer fulminado.

Mª José Vergel Vega

martes, 20 de enero de 2026

Dos personajes huyendo de su autora.

 


Por enésima vez pensé que tenía bemoles lo que mi querido editor me había pedido, recalcándomelo varias veces: quiero que el cuento tenga dos protagonistas, un paraguas y una tarta.

Definitivamente, al mercado editorial se le estaba yendo la olla, pero bueno está el oficio para que una se ponga exquisita. Remilgos los precisos, que las facturas hay que pagarlas religiosamente.

¿Un paraguas y una tarta? Pues ahí los tenía. Mi mala leche iba en aumento. Sentía que me estaba prostituyendo como escritora. Estaba a nada de convertirme en una marioneta en manos de mi editor, como otros que conocía.

Me ajusté el abrigo, comprobé que llevaba el borrador en el bolso, cogí el paraguas porque encima en esta dichosa ciudad amenaza lluvia todos los santos días, y salí a la calle como Caperucita obediente a llevar el encarguito de marras.

No bien había salido de casa, cuando el paraguas ─mi paraguas─ Y con el mismo tamaño comenzó a bambolearse en mi mano.

─Eh, tú, escribidora del tres al cuarto: me apetece algo dulce. Una tartita de queso tiernecita, con buenas chorreras de mermelada, estaría genial. En esa pastelería las hacen para morirse.

Para morirme estaba yo. Me quedé muda, blanca. No salía de mi asombro. Aquel artefacto, que llevaba conmigo media vida, para el que había comprado un paragüero de diseño ¿me estaba hablando? ¿Y me estaba pidiendo con toda su guasa una tarta de queso? Me dije: «Ana, tú vas a acabar muy mal. Fijo que te encierran el día menos pensado».

Intenté no hacer caso y continuar caminando a ver si llegaba pronto a la editorial y entregaba el borrador de mi vergüenza. Pero esta vez el insolente del paraguas parlanchín, me puso la zancadilla y caí al suelo. No me dio opción a levantarme. Primero sentí cómo pinchaba suavemente mi cuello, luego con más intensidad.

Mi cuerpo estaba absolutamente paralizado. Cerré los ojos y pensé un resignado sea lo que Dios quiera. Aquel desagradecido seguía en sus trece, quería algo dulce y más valía que me pusiera a ello inmediatamente.

Intenté balbucear un si dejas de pincharme te compro la mejor tarta de queso que hayas comido en tu vida, pero la voz no me subía de la garganta.

Suerte para mí que, en aquellos precisos momentos, en los que me debatía entre la vida y la muerte, apareció sin saber de dónde, un pequeño ser con cuerpo de sombrero con patas y una tarta de queso chorreante de mermelada en su cabeza.

Sentí que cedía la presión en el cuello. Ahora mi paraguas lamía con verdadera fruición el queso que chorreaba de Tartarín del Copete, nombre con el que mi salvador se había presentado.

«Tartarín del Copete, el Paraguas Parlanchín»… Ana, que pareces tonta, que estos son tus personajes. ¡Pero, qué demonios has hecho! Les has dado tanta cancha que ahí los tienes, tan reales! Les has insuflado tanta vida que se te han apeado del cuento.

-Muñeca -me dice el del sombrero con patas. Ser escritora es una profesión de riesgo, y más en estos tiempos de Inteligencia Artificial, que la carga el diablo.

-Somos tan buenos escupió el paraguas parlante-, te hemos salido tan redondos, que en estos momentos te vamos a regalar una moraleja para tu historia:

«Cuidado con lo que imaginas porque puede hacerse realidad. Algún día, nosotros, los personajes de vuestras historias, conquistaremos el mundo.»

 

Mª José Vergel Vega

 

 

 


domingo, 9 de noviembre de 2025

Hala Layya

 





Hace ya muchos meses que en nuestra pequeña aldea  de Gaza, donde vivimos, suenan las sirenas cuando menos lo esperamos.

Hoy, para variar,  ha sido un día tranquilo. Hasta habíamos jugado entre las ruinas los niños del barrio. Construimos una cometa de un blanco sucio con unos trapos que encontramos. Estuvimos volándola un rato muy grande. Ahmed dijo que seguro que papá se pondría contento de verla desde su estrella en el cielo. Al atardecer, cada cual regresó a su casa, o a lo que nos queda de ella. Ojalá todo siga en calma y podamos rezar tranquilos por los que esta guerra tan fea se ha llevado.

Como cada noche, cuando tenemos harina, yo ayudo a mamá a hacer el pan de pita para la cena. Me encanta meter mis manos pequeñas entre la masa y pintar la nariz de mi hermano cuando está despistado. Los tres reímos con mi ocurrencia. A mí me gusta mucho el pan de pita. ¡Huele tan rico, que parece que en ese olor tan  familiar estamos a salvo! ¡Hasta se me olvida la guerra por un momento!

Ahmed, sin parar de reir y haciendo malabares con los platos, pone la mesa. Yo aplaudo esa actuación improvisada. Mi hermano es mi héroe.

Justo en el momento en que mamá saca el pan del horno, comienzan a sonar las sirenas. Mamá nos  entrega nuestra porción de pan recién hecho y nos pide que la guardemos en los bolsillos. Nos toma de la mano y salimos los tres a la calle para dirigirnos al refugio. Ya lo hemos hecho en otras muchas ocasiones.

Esta noche, las sirenas suenan con tanta urgencia, que tenemos que correr más rápido que otras veces. Mamá tropieza  y cae al suelo, pero nos dice que sigamos  corriendo, que ya nos veremos en el refugio. Yo miro a mamá un momento, pero Ahmed tira fuerte de mí.

Corremos. Corremos. Corremos.

 Las sirenas suenan cada vez con más intensidad. Una luz cegadora, a la que sigue un estruendo muy grande, nos paraliza. Ahmed aprieta fuerte mi mano. Se abren a nuestros pies las entrañas de la tierra.  No podemos llegar al refugio. Nos resguardamos en un hueco que a mí me parece como una cueva, en la que entra, como un milagro la luna  llena.

Lloro. Me acuerdo de mamá, de nuestra casa, del limonero que sembramos en el pequeño huerto para honrar a nuestros ancestros.  Siento que me estallan los oídos. Quiero llamar a Ahmed, a mamá, pero mi boca está muda. No oigo nada. No puedo  hablar. ¿Por  qué tanto silencio de pronto?

Ahmed me abraza muy fuerte. Aprieta mi cabeza contra su pecho. Me acuna.  Dice o canta algo que yo no oigo, pero me gusta leer sus labios dulces.

 Hala Layya.

Estoy tranquila. Los ojos enormes de Ahmed velarán mi descanso. Sé que no dejará de sonreírme. Que me cogerá la mano, me acariciará las mejillas o apartará algún mechón rebelde de mi frente, como hace mamá mientras me lee el cuento de buenas noches. Ahmed me sigue hablando, creo que ahora dice “Amira, mi pequeña reina. Agita tus alas como una paloma y vuela hacia la libertad”. Canto, desde mi silencio, esa nana que tantas veces escuché en la voz de mamá. Sonrío a mi hermano y  él me sonríe derramando sobre mí toda la miel de sus ojos.

Hala Layya.

Sigue cantando y al abrazarme, me llega el olor a pan reciente que sale de su cuerpo. Comemos el pan de pita que mamá nos hizo guardar en los bolsillos. Damos gracias a Dios por estar juntos comiendo este alimento y le pedimos tenga misericordia de los que se fueron y que nos devuelva a mamá sana y salva. Pienso en mamá y lloro.

Hala Layya. “ Deja de llorar, pequeña, mi alma siempre te protegerá”.

Deben de estar sonando de nuevo las sirenas, porque Ahmed me abraza aún más fuerte. Me mira y me sonríe. No debo tener  miedo. Mi hermano es mi héroe. Él siempre pondrá voz a mis silencios. Él siempre hablará por mí cuando no encuentre las palabras. Cuando todo sea oscuridad, me alumbrarán sus ojos que atesoran toda la luz que los mártires de Palestina nos envían desde el paraíso.

 Estoy cansada. Cierro los ojos. Intento dormir. Sé que cuando despierte, Ahmed seguirá ahí, sin  moverse de mi lado. Juntos iremos a buscar a mamá y volaremos de nuevo la cometa de un blanco sucio que tanto le gusta ver a papá desde su luz en el cielo.

 Me acurruco en el cuenco de su pecho. Ahmed, mi hermano querido “el que agradece a Dios”, dulce nombre de los de mi estirpe.

Mª José Vergel Vega


 

 

 



martes, 19 de noviembre de 2024

VULCANO

 




No sabría decir cuál fue el  motivo  que terminó por desatar mi cólera. Hasta entonces, mi vida había transcurrido con la tranquilidad marmórea de la piedra. Nunca cuestioné el orden establecido, asumí el  papel que me correspondió en el mundo de los dioses, como se esperaba de mi condición. Para que todo funcione, cada cual debe representar su papel. Me lo repetía como un mantra entre golpe y golpe en el yunque.

  Mi cometido era dar forma a armas y armaduras que ofrecía a dioses y héroes para garantizar que la vida transcurriera sin sobresaltos, o al menos con los propios de la existencia, tan compleja y difícil . Y así un día y otro día...hasta que   llega ese instante en que la quemazón que llevas por dentro estalla y no hay puertas que la detengan. De nada habían servido mis desvelos para conservar el orden en el mundo, en vano me esforcé por que me respetaran, a mí que me llamaban el mago, el dios capaz de ablandar los metales.

 Hasta entonces  siempre había obedecido las leyes de mis ancestros. Fui el hijo biencriado que siempre hizo lo que se esperaba  de él: dejar vivir en paz a todas las criaturas, ser condescendiente con ellas, ser el guardián de lo que la tierra guardaba en sus entrañas.

 Tras una  eternidad siendo ninguneado, de pronto un día  un caballo desbocado   galopó por mis entrañas y fue el  grito incontrolable de mi estirpe quien  rasgó la tierra que  me sepultaba.

 Me cansé  de seguir la senda que me marcaron y decidí burlar los designios del destino. Un latido titánico fue aumentando, me iba revistiendo de una fuerza que me resultaba difícil sujetar. Me harté de estar encerrado, de mi vida de topo, ciego ante el mundo y los hombres. Me cansé de vivir aislado, recubierto de una amarga cáscara de soledad y olvido. Quise volar libre como los pájaros,aquellos alados seres  que   me pasaba las horas muertas adivinando sus cantos. Abrazar la libertad de ser pájaro sería   como romper las cadenas que me ataban desde el principio de los tiempos a lo más profundo de la tierra. Deseé ser río que atravesara valles frondosos hasta llegar a mezclarme con el mar . Quería conocer los secretos con olor a brea que dicen que atesoran   los viejos marinos, embadurnarme de sal, curarme los naufragios.

La rabia me fue habitando, me quemaba la garganta. Era como si una hidra de siete cabezas me estuviera ahogando. Aquel día, justo en el que los dioses descansaron, a mí se me colmó la paciencia y me convertí en pájaro de fuego, en río candente. Dejé libre mi lengua de lumbre y  calenté  la tierra porque ninguna criatura puede ser ninguneada eternamente.

Soy consciente de la destrucción que esta ira incontrolable ha ido provocando. A mi paso he destruido casas, tierras y vidas. Provoqué lágrimas y vi cómo mirábais al cielo pidiendo clemencia. Yo también clamé al cielo, pero no me escucharon. Nunca escucharon los de arriba a los dioses del inframundo. Les pedí que aplacaran mi ira, nunca fue  intención sembrar la destrucción. Solo quise unas migajas de reconocimiento, un gracias a tí el mundo está mejor hecho.

Creedme, quisiera que esta furia que me llena se detuviese, que parase este llanto candente que asola vuestra tierra y la mía, pero he aquí mi castigo, ser condenado a llorar eternamente  lágrimas de fuego desde las entrañas de la Tierra.

 

Mª José Vergel Vega