sábado, 25 de julio de 2026
Versus al frescu con Beninu el Coneju
miércoles, 3 de abril de 2024
Las manos vacías, una historia necesaria de Rosa López Casero.
Conozco a Rosa desde hace muchos años
y me cabe el inmenso honor de haber presentado con ella alguna de sus
criaturas. Guardo como un tesoro aquella presentación entrañable de Últimos
días con Fernando en Madrigalejo.
Las manos vacías es una historia
escrita de manera sencilla, pero también de manera sublime porque Rosa maneja
como nadie los tiempos de la novela.
Los libros de Rosa siempre encuentran
su cachino en el alma de quien los lee, y esto es así porque cuentan historias
humanas, sencillas. Nos ofrecen refugios a los que entrar confiados y vivir
otras vidas, dejando de lado los cambalaches de la nuestra por unos instantes.
No hay mejor refugio que una historia bien contada.
En Las manos vacías, Rosa cambia un
tanto el tono de sus novelas históricas, género del que es una auténtica
maestra, para recalar en los sucesos cotidianos de la intrahistoria. Esa
intrahistoria tan importante porque cuenta las pequeñas cosas de la vida. Decía
a este propósito Miguel de Unamuno:
“Esa
vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la
sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la
tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y
papeles y monumentos y piedras”.
La intrahistoria es una historia
pequeñita que teje la gran historia. Esa es la historia que nos cuenta la niña
Argeme, la historia de un éxodo como el de tantos extremeños y extremeñas de
aquellos años tan duros de la primera posguerra, aquellos años del hambre.
La historia de gentes que cogía los
cuatro bártulos y traqueteaba en vagones de tercera hasta llegar a una capital
de la que esperaban sustento y esperanza para sus familias y en muchas
ocasiones era un monstruo que las engullía. Gentes oscuras a las que la vida les
negaba la alegría. Porque la vida era dura y más aún para las mujeres.
Era un tiempo de sabañones, de pilas
de ropa que lavar en las frías aguas del río con las manos ateridas. Y aún así,
en medio de tanta miseria y cansancio infinitos, la boca se les endulzaba con
versos y coplas.
Era un tiempo de seriales
radiofónicos que hacían olvidar el pan negro, las cartillas de racionamiento,
el estraperlo, el brazo en alto, el no salirse del redil, las rodillas
descarnadas de tantas escaleras fregadas. Tiempo de costura en un patio de
vecinas en torno a la radio, de repasar las cuentas de un rosario para rezar
por el fin del miedo, de arropar las miserias propias con las miserias de
otros. Tiempos de miedo, de hambre, de ver, oir y callar. Tiempos en los que el
infierno estaba en la tierra.
Argeme, Libertad y otras mujeres de
la novela, representan a todas aquellas mujeres, seguro que conocemos a unas
cuantas, desganchadas de trabajar de sol a sol, de aguantar carros y carretas,
de dar a manos llenas cuando ellas las tenían tan vacías. Mujeres que no
claudicaban, que no se mordían la lengua clamando por su dignidad, aunque luego
vinieran los golpes. Mujeres a las que les queda una almohada llena de sueños
para manejarlos a discreción, como alguna vez dice Argeme.
Y en esos sueños iban incluídas las
ganas irrefrenables de estudiar, de saber, de ser críticas, de cambiar el
mundo. Tiempo de maestras que se empeñaron en cambiar currículos en los que
rezaban “Sus labores” por otros en los que las niñas, mujeres del mañana,
fueran lo que quisieran ser. Aulas oscuras que ellas, las maestras, iluminaban
con sus ansias de inculcar a sus alumnas libertad de pensamiento y conciencia crítica,
propósitos nada fáciles en aquellos tiempos.
Entonces, como ahora, leer, aprender,
saber, nos salvan de una vida anodina y carente de sentido, nos permiten coger
impulso para abrazar una vida digna y edificante en la que quepamos todos,
hombres y mujeres.
Esta hermosa y dura historia que nos
presenta Rosa, tiene también mucho que ver con la memoria, pues si no guardamos
memoria de lo que fuimos, difícilmente entenderemos el presente.
Mª José Vergel Vega
lunes, 10 de julio de 2023
La Quema de Torrejoncillo: volver a la alegría.
Tengo entre manos un libro, absolutamente necesario, de Antonio Muñoz Molina: Volver a dónde. En él, el autor, da vueltas al tiempo de pandemia, triste y gris, en el que el aplauso de las ocho parecía que iba a cambiar nuestro modo de mirar el mundo. En aquel entonces, que tantos han olvidado ya, parecía que íbamos a dejar de contemplarnos el ombligo, para mirar a los ojos a nuestros convecinos y preocuparnos por sus sentimientos, por sus alegrías y sus pesares.
Nada más lejos de la realidad. Ha pasado la pandemia y la sensación es que nos hemos vuelto más insensibles, menos humanos. Algunas tenemos la sensación de que estamos instalados en el reino del sálvese quien pueda, en el reino de las sombras y el averno.
Algunos desalmados, intentan meternos en el redil de un mundo, en el que la zarpa de la censura está dispuesta a cargarse cuantas manifestaciones culturales se salgan de los cánones cavernícolas por los que algunos se rigen.
Frente a la involución, apelo a nuestros sentires más profundos, a esos mimbres que nos hacen llamarnos humanos. Hago una llamada a la celebración de la Cultura, defendámosla siempre como pilar fundamental de una sociedad democrática y libre.
Este pasado fin de semana hemos demostrado en Torrejoncillo que la Cultura nos une , que son necesarias las manifestaciones culturales para saber qué hemos venido a hacer a este mundo. No hemos venido a luchar cada uno por nuestro lado, sino a abrazar una estrategia conjunta para dotar de esplendor y progreso a los pueblos.
"La Quema de Torrejoncillo" ha convertido Torrejoncillo en una fiesta: la FIESTA DE LA CULTURA.
- Cultura es celebrar la alegría.
- Cultura es alimentar la esperanza en la humanidad.
- Cultura es recuperar lo que somos.
- Cultura es cogernos de la mano y caminar con paso firme hacia el Futuro.
- Cultura es zambullirnos en la vida y celebrarla.
- Cultura es abrazar y aunar afectos.
- Cultura es llorar juntos para sanar heridas que, a veces, sangran.
- Cultura es el progreso de los pueblos.
- Cultura es mirarnos en el otro y comprendernos.
- Cultura es una plaza abarrotada haciendo presente nuestra historia, lo que un día fuimos y nos ha hecho ser como somos.
Por eso reivindico la necesidad de volver a la alegría, a la dicha de sernos en el otro, hacer nuestros sus proyectos, sus duelos, sus motivos de dicha. Traigamos al presente aquel tiempo de Antonio y Daniela, aquellos días en los que lo que afligía a uno de nuestros convecinos, lo sufríamos en nuestras propias carnes.
Que el pedazo de tierra que habitamos sea casa sin puertas, zaguán fresco donde sosegarnos, darnos apoyo los unos a los otros, templo sagrado donde celebrar la dicha de volver a ser humanos.
Mª José Vergel Vega
lunes, 12 de diciembre de 2022
Torrejoncillo en el Siglo XVIII de Antonio Alviz Serrano
Foto de Ricardo Rodrigo
Uno de los eventos culturales más importantes, al menos desde mi punto de vista, es el de la presentación de un libro. Y lo es porque se da ese juego de toma y daca entre autor/lector, pues aunque sea ya un tópico la expresión, la obra de arte no está completa hasta que no la hace suya el receptor de la misma, en este caso nosotros potenciales lectores.
El presentar un libro de Antonio Alviz, al que todos conocemos, se está volviendo ya una costumbre placentera y necesaria. No se me ocurre mejor fecha para presentar esta nueva criatura de nuestro cronista oficial: Torrejoncillo en el Siglo XVIII. Este tiempo de Encamisá, entre otros muchos sentimientos, nos despierta el sentido de identidad y pertenencia a este pueblo tan rico desde tantas vertientes: artesana, folklórica, patrimonial, social, histórica...Identidad y pertenencia a la CULTURA con mayúsculas de este bendito pueblo.
A Antonio Alviz, autor de esta nueva entrega de nuestra historia, tenemos que agradecerle muchas cosas, y aunque él me advirtió que nada de halagos, al César lo que es del César. Antonio ha tenido por oficio el de “profesor de Francés”, por lo que somos muchos los que tenemos que agradecerle que nos enseñara, más allá de la Gramática y otras disciplinas lingüísticas, a amar esa hermosa lengua.
No menos importante es su faceta como amante de la historia y la intrahistoria de su pueblo. Me atrevo a decir que ha dedicado toda su vida a escudriñar en nuestro pasado para descubrirnos la riqueza histórica que alberga Torrejoncillo, historia que fue protagonizada por torrejoncillanos y torrejoncillanas que han ido labrando lo que ahora somos y representamos en nuestra historia presente, porque nosotros tsambién estamos escribiendo la historia de Torrejoncillo. Esto también tenemos que agradecérselo a Antonio de manera muy especial, pues han sido muchos días a solas entre el silencio de los archivos, descifrando legajos, dejándose hablar por lo allí escrito, interpretando, escribiendo, corrigiendo de manera incansable. Antonio sabe que en cada rincón de esos archivos está a salvo lo que un día fuimos, esa identidad y esa pertenencia a las que aludíamos al principio. Solo hay que tener paciencia y entusiasmo e ir a buscarlas.
Que los torrejoncillanos y torrejoncillanas del siglo XXI sepamos hoy los importantes hitos históricos que atesora nuestro pueblo, lo debemos al trabajo infatigable de Antonio.
Son ya varios los trabajos que merecen estar en un lugar especial en nuestras casas. A ellos podemos acudir para no perder de vista la importancia de saber de dónde venimos para emprender con dignidad las bifurcaciones del camino. Tucídides decía muy acertadamente: “La historia es un incesante volver a empezar”.
Entre esas joyas escritas por Antonio Alviz, aunque seguro que todos los presentes las conocéis de sobra, están: En Torrejoncillo con Jenaro Ramos , libro al que tengo un cariño especial, Crónicas de un torreoncillo, Torrejoncillo en el siglo XVI, Torrejoncillo en el siglo XVII y este que hoy nos va a presentar su autor: Torrejoncillo en el siglo XVIII.
Antonio nos trasladará esta noche al Siglo XVIII, un siglo al que las crónicas se refieren como de recuperación y reformas, no en vano es llamado el Siglo de la Ilustración o de las Luces.
En nuestro pueblo es el siglo en el que se gestó la fama que ganaron los paños torrejoncillanos, aunque, como dice la copla, en otros lugares le pusieran más brillo y finura. Los nuestros eran más bastotes, pero tenían un empaque que los hacía durar casi , o sin casi, de por vida.
Es el siglo de la importante labor llevada a cabo en Torrejoncillo por el Hospital Franciscano.
Es el siglo de la aceleración demográfica.
Es el siglo de los conflictos con Coria, refiere al autor que Torrejoncillo no soportaba ser “ pedáneo, aldea, suburbio o socampana” de nadie. Siempre tuvimos, y tenemos,genio y figura.
Es el siglo de las cofradías, nada menos que dieciocho adscritas a la parroquia y ermitas. Una parroquia que terminó por convertirse en este siglo en un templo hermoso, maravilloso. Hoy podemos decir orgullosos que es un BIC con todas las de la ley.
En definitiva, queridos lectores, este Torrejoncillo en el siglo XVIII, encierra hechos históricos y personajes en los que merece la pena detenerse a leer con tranquilidad, saboreando cada capítulo, concediéndonos la licencia de viajar hasta aquel tiempo en el que Torrejoncillo se fue haciendo un lugar importante en la historia de Extremadura y en la de España.
jueves, 4 de junio de 2020
De alas y palabras
sábado, 2 de febrero de 2019
Por unos limones de nada
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| Foto de Martina Rodríguez |
martes, 8 de mayo de 2018
¡Alma, compañeros, Alma!
Un año más volvimos a reunirnos, cerquita de aquella Casa del Pueblo, donde muchos trabajadores y trabajadoras torrejoncillanos se dejaron seducir por la Cultura, por el deseo de saber, por la palabra, por la Libertad, por el entusiasmo y la valentía de creer en los sueños y perseguirlos, por dejar a nuestros pies una vida más fácil que la que ellos tuvieron.
Que nos pueda el no quedarnos callados, que no permitamos que nadie nos tape la boca: ¡Alma, compañeros , Alma! , rememorando la frase que don Manuel Cossío repetía a la maestra republicana María Sánchez Argós. Hay que trabajar con entusiasmo, poniendo el alma entera en todo cuanto hacemos. ¡Alma, compañeros, Alma! en cada paso que demos, a hollar caminos para pintar el mundo de esperanza.jueves, 21 de julio de 2016
Pájaros en la cabeza
miércoles, 13 de abril de 2016
Bienaventuranzas de la memoria
domingo, 13 de septiembre de 2015
Volvoretas
-Ehtati quieta, criatura, que no acabamuh nunca y hay que ilsi a la ehcuela, que tu hermanu ya ehtá preparau cuantu ha_ me decía suspirando largo y tendido.
La abuela Moreno suspiraba mucho porque decía que el pecho le descansaba. Le habían pasado tantas cosas tristes... hasta una guerra había pasado la abuela, que debía ser lo más terrible del mundo, porque cuando se acordaba de ella vertía unas lágrimas grandes como puños que le resbalaban hasta el escote.
Aunque también para ella hubo días azules como el que inmortalizó la foto, siempre la recuerdo vestida de negro, con la saya casi hasta los pies, la blusa que se adaptaba a su cuerpo como un guante, el pañuelo negro cubriéndole aquel moño blanco tan bien hecho y aquel mandil que servía para todo, bien se abanicaba cuando le venían los calores, o bien le servía para secarse después de fregar los cacharros o para esconder del frío aquellas manos llenas de dolores.
Andaba muy tiesa y muy ligera con un baño a la cabeza y otro al cuadril, yendo a lavar al río con las manos llenitas de sabañones.
miércoles, 17 de junio de 2015
Los libros del General
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| Foto Internet |
miércoles, 20 de mayo de 2015
Cómicos y leguas
lunes, 6 de abril de 2015
Fonchito y la luna
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| Una escena de Fonchito y la Luna. Foto de Mª José Vergel Vega |
Para que un cuento sea considerado sublime, ha de llegar por igual a un niño que a un adulto. Al menos esa es mi humilde opinión.
La lectura de un cuento ha de proporcionar momentos mágicos, y sólo los buenos cuentos los hacen posibles.
Una de estas tardes viví uno de esos momentos. El cuento que tenía entre las manos llevaba por título Fonchito y la luna, una joya magistral y entrañable de Mario Vargas Llosa, que sabe contar de la manera más dulce la historia del primer beso entre Fonchito y Nereida, para quien el chico fue capaz de bajar la luna.
A los niños les encanta que les hables de besitos entre amigos del cole. La palabra beso tiene entre ellos cierto magnetismo. Tal es la atracción, que sus ojitos sonríen y se les abre la boca de una manera preciosa. Alguno que otro no puede estarse quieto en el cojín: ¡Seño, es que mi amigo imaginario no ve bien los dibujos del cuento! La niña que tengo al lado hurga con sus deditos a ver si es capaz de saber lo que pasa en la página siguiente antes que sus compañeros.
Las niñas se sienten identificadas con Nereida, quizá porque es una chica lista que no se lo pone nada fácil al enamorado Fonchito. Los niños sienten que el chaval tiene un marrón considerable: "ese no le da un beso ni en sueños".
Les digo que Fonchito sabía que darle un beso a Nereida en la mejilla no iba a ser tan fácil como había pensado. La verdad es que nunca creyó que fuera fácil: es que Nereida le pide que ¡le regale la luna!
-Pero seño, ¡no hay ninguna escalera que pueda llegar a la luna!
domingo, 26 de octubre de 2014
Manos de barro. Oración del Alfarero.
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| Foto Internet |
domingo, 5 de octubre de 2014
Tiempo de manzanas
martes, 30 de septiembre de 2014
Caminando el Otoño
| Es la PAZ quien desfila en los pasos acompasados de los caminantes. |
Cuando está cansado, este pastor de sueños , se sienta a filosofar apoyado en su cayado, y divaga sobre el ser o el no ser, sobre el discurrir del tiempo, he ahí la ardua cuestión …y de repente, un duendecillo juguetón aparece como de la nada para hacerse la luz sobre las sombras de la memoria...
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Septiembre y los higos
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| Pintura de Frans Snyders (1579-1657) |
miércoles, 4 de junio de 2014
Getsemaní
| Cementerio Alemán de Yuste, uno de los lugares en los que más PAZ se respira de cuantos conozco. Si los ángeles existen, éste es su Paraíso. |
| Foto de Mª José Vergel Vega |
jueves, 1 de mayo de 2014
¡Vientos del pueblo nos llevan!
domingo, 6 de abril de 2014
Sé de una escuela en el campo.
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| Foto de Lorena Cabello Vergel, 2012. |















