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jueves, 9 de octubre de 2025

MORDISQUITOS DE LUNA

 



A veces sucede que una tarde cualquiera, nos visita la magia.

No puedo tener lugar de trabajo más bonito: una biblioteca escolar rodeada de un bosque encantado, aguas cantarinas, flores de todos los colores y un cielo azul con nubecitas que dan ganas de comérselas.

Cada tarde, nos sentamos en la pradera de los cuentos bajo las ramas protectoras del Árbol de las Palabras, ese cuya narizota hace tanta gracia al pequeño Manuel y en cuyo tronco tiene su hogar el duendecillo Biblonio, un ser al que nadie ha visto jamás porque dicen Alma y Elsa que siempre está de compras.

Hoy invitamos a nuestra pradera a M. Grejniec y a su preciosa historia de ¿A qué sabe la luna?, que ya ha visitado este lugar alguna que otra vez, pero que siempre es bien recibida. Cuando las historias se escriben desde el temblor del corazón, han de llegar por fuerza,  al corazón de los grumetes aprendices de lectores que las reciben.

Al final, siempre es lo mismo. Todos tenemos ganas de pegar un mordisco a ese cachito de luna que consiguió el pequeño ratón cuando ya casi habían perdido la esperanza.

Si lo intentamos y no desfallecemos, si perseveramos juntos, podemos conseguir poner coto a lo imposible. Es claro y notorio que si no se intenta, no hay forma de lograr algo. Todos, hasta el más pequeño y vulnerable, somos importantes para conseguir aquello que nos propongamos. Juntos, sumamos.

La boca se nos hace agua pensando en las cosas ricas a las que nos sabría la luna: a chuches, a macarrones con bien de tomate, a chocolate blanco, a chocolate blanco mezclado con negro, a fresas pero con ese otro ingrediente blanco y dulce ─dice Daniel─ . A Julia le sabe a queso, pero como no le gusta, pues que se lo coma su padre…

Y, de pronto, a Candela se le encienden esos ojitos de aceituna que tiene y dice que por favor, por favor, por favor, que la luna sepa a malvavisco, y lo dice como si tuviera la nubecilla esponjosa deshaciéndose en la boca. Laura entorna los ojos y mueve las manos nerviosa: ─¡Sí, por favor! ¡Yo no sé que es esa cosa, pero que sepa a malvavisco!

Y con el cachito de luna imaginaria dando vueltas en nuestras bocas, damos gracias a Grejniec por escribir esta historia que tanto bien nos hace y que tantas sensaciones nos despierta.

Algo se remueve dentro del tronco del Árbol de las Palabras. ¿Habrá regresado el duendecillo Biblonio?

Mª José Vergel Vega

 

jueves, 28 de noviembre de 2024

MARTINA Y MARTÍN

 



En estas dos últimas semanas de Noviembre hemos trabajado en clase dos días internacionales muy importantes: el Día de los  Derechos de la Infancia y el Día Contra la Violencia de Género.

Hay muchos niños y niñas en el mundo que aún no saben qué es eso de tener derechos. Jamás han tenido la suerte de que los traten como niños, las terribles circunstancias en las que malviven los ha hecho madurar antes de tiempo. A través de estas líneas, queremos recordar a tantos niños y niñas que pasan su infancia en territorios en guerra, a los que ni siquiera tienen un lugar en el que vivir, a los que cada día no tienen sus necesidades básicas cubiertas, a los que no dejamos echar raíces tan importantes para disfrutar de una vida digna, a los que soportan en sus pequeñas espaldas todo el dolor del mundo.

En clase de Fomento de la Lectura hemos trabajado el «Derecho a la propia identidad», la capacidad que tenemos todos desde niños a tener un nombre  y  a la afirmación de ser uno y una mismos.

Cada niño y cada niña debe poder ser como quiera ser y a ser aceptados sin ningún tipo de condición o prejuicio.

En la alfombra de los cuentos desplegamos las velas de dos historias hermosas de Raquel Díaz Reguera, que aún nos siguen abrigando el corazón: Yo voy conmigo y Yo soy.

Se trata de dos relatos que encierran las historias de dos niños a los que la sociedad que los rodea se cree con derecho a poner coto a cómo visten, a cómo ríen, a cómo piensan, a cómo quieren, a cómo hablan, a cómo guardan silencio, a cómo son en definitiva.

Martín y Martina (la bautizamos así, porque en el cuento no tiene nombre) son dos niños a los que les pica la nariz y las rodillas se les ponen tontas cuando están cerca el uno del otro.

Las convenciones sociales les hacen pensar que si se van despojando de lo que les caracteriza, conquistarán la amistad y el beneplácito del otro.

Martina va abandonando sus coletas, sus gafas de ver el mundo de una manera especial, su sonrisa quitapenas, las canciones que tararea a cada instante, las pecas que la hacen única, las palabras que continuamente salen de su boca, sus alas de libélula que la llevan en pos de sus sueños…

A medida que va dejando atrás su esencia, eso que la hace única, los pájaros que pueblan su cabeza salen en desbandada y terminan enjaulados.

¡Martín la mira por fin!, pero a ella no le gusta la versión en la que se ha convertido. Todo lo que ha dejado atrás era lo que la hacía llamarse Martina, esa niña alegre y parlanchina que tenía tan claro lo que la hacía feliz. Martina comprende que lo fundamental es quererse a sí misma tal y como a ella le gusta ser. No para hasta hacer regresar a los pájaros que anidaban en su cabeza y pregonar a los cuatro vientos que le gusta ser como es, y a quien no le guste que mire para otro lado como dice Alma. Ella es Martina, niña hecha de sueños, de alas que vuelan libres y que podrá conquistar aquello que se proponga.

Mis niños dicen que a Martín le pasa lo mismo, pero al contrario. Les llamó la atención que Martina se quitaba y Martín se ponía.

Martín se muere por cada una de las cosas que hacen única a Martina, pero esto no lo puede decir porque tiraría por la borda ser el más popular del colegio. Los “popus” son tipos duros, que se peinan como los futbolistas famosos, llevan gafas oscuras, escuchan los hits de moda, visten ropa de marca…

Martín lleva una mochila tan cargada de convencionalismos, que a penas puede levantar los pies del suelo. Llega un momento en que se mira al espejo y no se reconoce. ¿Qué es lo que me hace estar tan triste? se pregunta:
«Yo soy Martín, ni más ni menos, y debo caminar a mi manera»

Martín, al igual que Martina, comprende que debe mostrarse a los demás con valentía, siendo como le gusta ser, no como los demás le dicen que sea. Cuando se da cuenta de esto, al igual que Martina, comienza a escuchar el revoloteo de los pájaros de su cabeza y ¿sábeis qué? …

Pues que a él también le crecen alas, las alas de ir libre por el mundo. Martín y Martina van consigo mismos sin importarles lo que piensen los demás.

Si nos queremos y nos respetamos a nosotros mismos, estamos en el camino de recrear un mundo más justo, más humano, más igualitario, en el que no tengan cabida las faltas de respeto, el daño gratuito, la violencia de los verdugos sobre aquellos a los que se les niega una mínima dignidad.

¿Y tú? ¿Te has preguntado alguna vez si vas contigo?

Mª José Vergel Vega

jueves, 26 de septiembre de 2024

La sombra de Peter Pan

 




Acababa de dormirme y allí estaba él, en medio de un sueño, pidiéndome que le diera unas puntadas a su descosida sombra. Le dije que cómo se le ocurría, que las chicas no estamos en este mundo para ir por ahí remendando sombras de nadie.

Por la forma en que me abordó, me di cuenta de que Peter seguía siendo un mocoso sin escrúpulos y que no había aprendido nada de nada; y en su misma cara le dije que me daba vergüenza confesar que un día me había dado de tortas con Wendy por él.

Le solté que era un panoli, que conmigo no le funcionarían las amenazas, y que, o se remendaba su sombra con sus propias manos, o pregonaba a los cuatro vientos por qué no había crecido nunca y seguía siendo un niño consentido y maleducado. Todo el mundo se enteraría que lo desterraron a Nunca Jamás porque pretendía que Wendy estuviese todo el santo día hecha una esclava, aguantando sus aires de machote.

-¡Mira, Peter, si quieres tu sombra, cósetela y madura, guapo, madura de una buena vez!

Mª José Vergel Vega
Relato publicado en 2009 en Matarratos Vía Igualdad

martes, 9 de abril de 2024

Abrazar la mansedumbre

 



Tengo en mis manos una reedición de 2019  de La princesa manca de Gustavo Martín Garzo, en editorial Kalandraka. Una auténtica joya.

La princesa manca tiene el regusto de los cuentos de antaño, contados al calor de la lumbre. Es de esos cuentos que una parece encontrar en un alto del camino en una reunión de pastores  ,refugiados al calor de las brasas en una noche fría de invierno, en la que lo que se cuenta, abriga y reconforta.

Fuego e historias, ingredientes perfectos para calentar el espíritu.

Gustavo Martín Garzo, autor de esta delicadeza de cuento, es un contador de historias a la antigua usanza. Lo narrado parece sembrado con  manos delicadas, hilado y cosido en el mandil de las abuelas, donde cabe lo mucho y lo poco. Las abuelas, las mejores contadoras desde que el mundo es mundo.

La sorpresa, el encantamiento, el asombro, el volver a ser infantes, está a solo un pase de página.

Queremos más, que nos cuente más, que la historia que se hace otras historias, no se detenga. La noche es larga y las palabras del contador brotan del manantial sereno de los sueños. Primero es un hilito, pero poco a poco, si sabemos darle el tiempo necesario, la historia se va haciendo río y el río se va haciendo cada vez más caudaloso hasta alcanzar el mar, donde desembocan todos los cuentos.

Los cuentos de Martín Garzo son como casas solariegas en las que recalar buscando sosiego. En ellos las palabras se cocinan a fuego lento, removiendo con la cuchara de palo, dando las vueltas necesarias para que el guiso final nos aproveche y nos reconforte: “sólo en su mansedumbre se guardaba el secreto del paraíso”. La mansedumbre como la mejor manera posible de transitar esta vida.

Una no puede entrar en las historias de Martín Garzo sin poner a punto la imaginación, sin volver de nuevo al reino de la inocencia donde conviven en amor y compaña animales, hombres, criaturas extrañas, una naturaleza madre que nos guía y nos salva de los peligros, el bosque como criatura poseedora de todos los secretos. Emboscarse para sanar: “Aunque existieran la pobreza, las ofensas, los fracasos, nadie lograría extinguir jamás esa luz que  les llegaba del misterioso bosque, revelándoles lo simples y verdaderas que podían ser las cosas”.

La princesa manca, y otros cuentos de Martín Garzo, son percibidos por los cinco sentidos. Sólo así podemos entenderlos, disfrutarlos y sanarnos. Nuestra existencia viene dada por la aceptación  del ciclo reiterativo entre la vida y la muerte. El autor nos muestra el verdadero ritmo de la vida, que no es otro que la pausa, el transitar tranquilo, el dejarse mecer en los hilos de las horas. Hay un tiempo para “encontrarnos con las cosas, y otro para despedirnos de ellas”. Y esto es así de sagrado.

A la usanza de los antiguos juglares, cuenta directamente al corazón. Lo narrado no parece escrito, sino dicho por labios expertos en pregonar historias.

La vida es un camino lleno de pruebas y sorpresas. En ella el dolor da paso a una felicidad más o menos efímera, y de ésta al sufrimiento media un suspiro. Cuanto antes lo aceptemos, más disfrutaremos del tiempo de vida que nos ha sido asignado. Y esto nos lo enseña como nadie este filósofo contador de historias que es Martín Garzo.

Contar para asombrarnos del milagro que es la vida.

Mª José Vergel Vega

viernes, 25 de enero de 2019

El pequeño timonel


Hoy convocamos a la "Fabricante de Sueños" a la alfombra de los cuentos, allá donde ocurren los prodigios.

Contamos la historia de una estrellita solitaria que vivía triste y aburrida en medio del desierto, sin un amigo a quien llevarse a los brazos. Estrellita consiguió, con la ayuda de unos amigos que fue encontrando por el camino, llegar a una fábrica muy especial, donde el sueño de un mundo lleno de aleteos de mariposas de colores y de ríos de alegría apareció ante sus ojos.

Mis niños también compartieron con la Fabricante de Sueños sus pequeños-grandes anhelos de infantes. Unos pidieron muñecas-amigas que los acompañaran a todos lados, escalar  montañas de slime , pistolas para disparar palabras hermosas, dar un lindo paseo con su familia por ese mundo que Estrellita, Flor y Dragón habían recreado confiando los unos en los otros.

jueves, 15 de marzo de 2018

Niño de viento y espuma


Una de estas tardes lluviosas de Marzo, en la arena de nuestro mar de cuentos, convocamos a Gabriel, a su memoria dormida en el corazón de los niños.
Quisimos hacerlo presente en las historias que contamos cada día en nuestro colegio. Invitamos, a través de la lluvia que repiqueteaba en las ventanas, a uno de los pececitos más entrañables del mundo de los cuentos: Nadarín.
¿Qué quién es Nadarín? Pues un pescaíto negro más listo que el hambre que guió con sus arranques de pez estratega, a la colonia de pececitos rojos lejos del alcance de un atún voraz que surcaba los mares.
Con Nadarín aprendimos que cuando hacemos algo juntos, podemos alcanzar el objetivo que nos propongamos y que si todos recordamos a alguien que se ha ido, podemos sentir que está entre nosotros.
¡Gracias a la sensibilidad y a la sabiduría  de Leo Lionni que nos pone un temblor en el alma en todas las historias que nos cuenta!
¡Gracias a la ternura y a la inocencia de los niños, ellos hacen posible, con su magia, creer en que un mundo mejor está por llega!.
Entre todos escribimos estas palabras que, seguro seguro, Gabriel habrá recibido.

Duerme, pececito.
Los corales cantan para tí una sinfonía de agua.
Déjate mecer por las olas que te manda
nuestro mar de palabras.
Sueña  lindas historias
en nuestro mar de cuentos.
Una lluvia de besos te arropará
mientras duermes en tu casa de algas.
Deja que te canten las sirenas,
allá en el reino de Neptuno.
Duerme, Gabriel,
Nadarín de los mares.
Duerme, pequeño Gabriel,
niño de viento y espuma.

Mª José Vergel Vega

miércoles, 10 de mayo de 2017

La danza de la lluvia


Llovía. Abrió el paraguas para que aquella indumentaria, recién estrenada, no sufriera ningún desperfecto.
La asaltó el temor de que el mundo pudiera borrarse con la lluvia, que cuando ésta cesara, no reconociera los lugares en los que ahora habitaba libre y dichosa.
En otras circunstancias, esa lluvia, machacona y anodina, la hubiera arrojado sin contemplaciones en brazos de la melancolía; pero aquel vestido hilvanado de amor, la protegía de pensamientos cobardes.
Caminó los caminos del aguacero sabiéndose dueña del mundo.
Y como todo pasa, también pasó la lluvia con sus lágrimas de cocodrilo, con su porte de gran señora de la tierra.
Y entonces, el Ojo de Dios limpió  el vaho de su ventana celeste , para contemplar  el retrato en sepia de un mundo recién creado  y una mujer, que vestida de amor,  danzaba  en pos del arcoiris.
Mª José Vergel Vega


lunes, 13 de febrero de 2017

¿A qué saben los besos?

Esta tarde, después de disfrutar de una historia preciosa, que recomiendo a chicos y grandes: Mamá, ¿de qué color son los besos?, le propuse a Nerea escribir un cuento que llevara por título: ¿A qué saben los besos? Su primera reacción fue ponerse un poquito remolona. Negociamos durante un ratito y llegamos al acuerdo de escribir juntas la historia propuesta, utilizando la técnica del acordeón (ir doblando el folio en forma de acordeón, de manera que cada una debíamos continuar la frase que hubiera escrito la otra). Después de invocar a las musas a través de las notas relajantes e inspiradoras de la guitarra, éste fue el resultado. 




Los besos son geniales pero: ¿alguien sabe a qué saben?
_¡Yo, yo lo sé! Ayer, al levantarme, vi un beso que sabía a tortitas con nata. Era un beso de ternura, el mejor para las mañanas de frío. Yo hoy he visto uno con sabor a tiramisú de canela.  Era un beso cálido, muy cálido, de esos que calientan el alma. Cuando me lo comí, ¡todo olía tan rico!
_¿Has visto algún beso con sabor a chocolate?
_ ¡Sí, claro que sí! El que te da tu mamá al irte a dormir, un beso tranquilizador. ¿Sabes que hay besos con olor a rosas? ¿De qué serán?
-¡Pues creo que encontré uno debajo de la almohada al ir a dormir. Sabía a nube de fresa y hacía cosquillas en la boca. ¿Sería un beso juguetón?
_¡Pues claro que lo era! A mí los besos que más me gustan son los besos con sabor a torrijas, esos que te dan las abuelas tan fuertes.
_¡Claro, es que los besos de las abuelas son especiales! ¿Tú me regalarías un beso?
_¡Pues claro! Sería uno de melocotón, suave por fuera y dulce por dentro, que son los mejores.

Nerea Lorenzo y Mª José Vergel



viernes, 22 de abril de 2016

Julia y el espejo


Julia estaba sentada frente al espejo de su alcoba cuando, al mirar de reojo hacia un extremo del tocador, le sorprendió un leve movimiento en el interior de su Cuaderno de Hadas.
Se llevó la mano al pecho para calmar el galope de su corazón. Cuando se hubo serenado un poco, tomó suavemente su cuaderno y se dispuso a abrirlo un tanto temerosa.
Para infundirse ánimo se repetía mentalmente: ¿Qué va a haber dentro de mi Cuaderno de Hadas, sino palabras?
Abrió el cajón con todo el sigilo del que fue capaz. Cogió la pequeña llave que abría la cerradura del Cuaderno y la giró todo lo suavemente que pudo.
Fue pasando las hojas, conteniendo la respiración. Todo parecía estar en orden. Allí seguían los papeles de caramelo de lindos colores que coleccionaba desde que era chiquita, pétalos de rosas , un mechón de cabellos de su muñeca preferida ( ¡su madre se enfadó tanto cuando le cortó el pelo!), una libélula disecada de alas iridiscentes…y todas las palabras que a diario iba escribiendo sobre aquello que le preocupaba, sobre lo que su corazón sentía cuando veía al  “Sandokán rubio” del Yoni y todo cuanto despertaba algún sentimiento en el alma.
-¡Qué tonta he sido!- pensó Julia esbozando una sonrisa.
Pero, cuando se disponía a cerrarlo de nuevo, creyó escuchar un levísimo bostezo y como si alguien o algo estuviera arañando alguna de las hojas.
Otra vez se le aceleró el corazón más de lo conveniente, pero recordó lo que le decía el Yoni de los cobardes cuando jugaban a asaltar castillos imaginarios en el descampado, y abrió el Cuaderno y pasó de nuevo una por una todas las hojas, sin miedo, como una valiente. ¡Pero nada, allí no había nada!
_ ¿Y si todo estuviera en mi cabeza? ¡Claro, eso iba a ser!, se tranquilizó.
_¡Pss, pss! , oyó Julia ahora y tuvo que oprimir con sus manos el galope que le cabalgaba por el pecho.
Algo se movía debajo de un finísimo  pétalo de rosa. Lo levantó temblorosa…¡y allí estaba!
Era un ser diminuto con carita pizpireta y que intentaba poner en marcha unas alas un tanto torpes, seguramente por haber pasado demasiado tiempo atrapada dentro del Cuaderno. Aquella personita, animalito, o lo que fuera, masticaba algo incesante. Sacudió el Cuaderno con suavidad y cayó encima del tocador expulsando por su boquita una especie de polvo negruzco…¡que parecía tinta! Ahora que lo pensaba: ¡Se parecía tanto a aquella libélula que había atrapado una tarde de verano junto al río!  ¡Imposible, las libélulas disecadas no resucitan!

martes, 15 de marzo de 2016

El Conde Arnulfo


Hace muchos, muchos años, vivía en un Castillo un Conde que se llamaba Arnulfo, que era más malo que un cuervo.
Arnulfo no entendía por qué tenía que cargar con el terrible peso de la maldad a los ojos de la gente.
 ¡Si lo dejaran!¡Si alguna vez se acercaran a hablar con él lo conocerían realmente! Pero lo habían condenado a estar solo, quizá para siempre.
Tampoco entendía por qué lo comparaban con el cuervo. ¿Era acaso un ser oscuro a los ojos de la gente y por eso lo consideraban un ser maligno?
_Quizá me he dejado llevar demasiado por la inercia de mi nombre, ¿o son ellos los que se dejan llevar? ¡Algunas palabras pueden ser tan poderosas!-pensaba a menudo Arnulfo. A uno, al nacer, deberían ponerle nombres luminosos como Daniel, Manuel, con los que asomarse al mundo a través de grandes ventanales.
Pero en su familia, todos sus antepasados habían tenido nombres que no invitaban precisamente a la hermosura y a adornar a quien los llevaba con un halo de bondad: Úrsula, su madre; Sisebuto ,su padre; sus abuelos , Turismundo y Tulga; y sus abuelas, Ataúlfa y Gundemara. Y mejor no seguir, porque el árbol genealógico era desolador, se lamentaba Arnulfo.
¡Qué culpa tengo yo de llamarme Arnulfo!
Y, en verdad, el Conde tenía razón. Y si hacemos caso de las crónicas, nos daremos cuenta que ni el conde ni sus antepasados eran malas personas por llamarse como se llamaban; sólo que entre la gente, algún hada maligna o cualquier otro ser venido del mismísimo Averno, había llegado a aquel condado a sembrar la cizaña, de que eran malos porque hay quien piensa que el nombre es más importante de lo que se piensa.
Y la cizaña creció, porque ya sabemos cómo se las gasta.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Artesanos de Torrejoncillo estuvieron en Belén


Siempre hemos oido hablar a nuestros mayores de la importancia que tuvo nuestro pueblo gracias a las manos de sus artesanos: pañeros, alfareros, orives, zapateros, hojalateros, cesteros, danzadores, bordadoras, sastres...y a las manos de gente humilde que trabajaba el campo, que vendía las hortalizas , el pescado en la plaza, los dulces hechos con esmero y que hacían las bocas agua...
Se me ocurrió una tarde de lluvia, sentada tras la ventana, que debía hacer unos versos para que mis niños valoraran lo que un día fue nuestro pueblo, y lo que podrá ser en un futuro, si nos apoyamos y confiamos los unos en los otros. Son versos sencillos, de poeta inexperta, pero que para mí tienen un sabor muy especial.

Contaba una vieja crónica
que en Belén se presentaron
cargados con lindas cosas,
un puñado de artesanos.

Dicen los libros de Historia,
que siempre son acertados,
que esos  que allí estuvieron
eran torrejoncillanos.

Estas bonitas alforjas
dejaré junto al Portal;
tengo por nombre Ezequiel
y trabajo en un telar.
Hasta aquí traje esta manta
urdida con mucho afán,
os la quedo aquí tendida,
para algo servirá.

Traigo una oronda tinaja
fabricada con mis manos;
tengo por nombre Victoria,
mi vida, el torno y el barro.
Como el vientre de la tierra
guarda sombra en sus entrañas,
así el cántaro que traigo
guardará muy fresca el agua.

Para alumbrar tu camino
he traído este farol,
está hecho de hojalata
y alumbra que es un primor.
Andrés el hojalatero
ha llegado hasta Belén,
y esta típica aceitera
vengo a traerte también.

Una linda Cruz de Pebah
he tallado en mi taller,
la traigo para María
si se la quiere poner.
Ser orfebre es mi oficio,
los metales yo trabajo;
Hugo soy de nacimiento,
¡me encanta estar en el tajo!

jueves, 3 de diciembre de 2015

Cuentos llegan de Biblonia




De la misma Biblonia nos llegó este cuento en verso que pusieron en escena los más pequeñitos. En clase nos encanta poner en verso, con alguna que otra licencia, los cuentos clásicos. Os dejo este de Los tres cerditos . ¡Que lo disfrutéis!


Cuentos llegan de Biblonia
que es el país de los libros,
los manda un duende pequeño
muy amigo de los niños.

Biblonio se llama el duende,
en los cuentos vive escondido.
la seño dice que es invisible,
por eso no lo hemos visto.

Al país de Biblonia
también llega la navidad,
Biblonio manda esta historia
que te vamos a contar.

Éranse que se eran
tres lindos animalitos,
que vivían en el bosque:
te hablo de los tres cerditos.
  

Como ya estaban muy grandes,
su mamá les dejó dicho:
¡una casa tenéis que haceros,
que ya estáis creciditos!

El mediano que era un vago,
mucho, mucho protestó:
¡tú te haces la casita,
porque te lo mando yo!

Como la casa era de paja,
mucho no le aguantó;
en cuanto vino el lobo
de un soplido la derribó.

Llorando desconsolado,
al mayor de sus hermanos,
le contó con mucha pena
aquello que había pasado.

¡Déjame que aquí me quede
que llega la navidad,
y en tu casita de madera
el lobo no ha de entrar!

Pasa, pasa, mi hermanito
que comienza a refrescar,
y galletitas con leche
nos vamos a merendar.

lunes, 6 de abril de 2015

Fonchito y la luna

Una escena de Fonchito y la Luna. Foto de Mª José Vergel Vega

Para que un cuento sea considerado sublime, ha de llegar por igual a un niño que a un adulto. Al menos esa es mi humilde opinión.
La lectura de un cuento ha de proporcionar momentos mágicos, y sólo los buenos cuentos los hacen posibles.
Una de estas tardes viví uno de esos momentos.  El cuento que tenía entre las manos llevaba por título Fonchito y la luna, una joya magistral y entrañable de Mario Vargas Llosa, que sabe contar de la manera más dulce la historia del primer beso entre Fonchito y Nereida, para quien el chico fue capaz de bajar la luna.
A los niños les encanta que les hables de besitos entre amigos del cole. La palabra beso tiene entre ellos cierto magnetismo. Tal es la atracción, que sus ojitos sonríen y se les abre la boca de una manera preciosa. Alguno que otro no puede estarse quieto en el cojín: ¡Seño, es que mi amigo imaginario no ve bien los dibujos del cuento! La niña que tengo al lado hurga con sus deditos a ver si es capaz de saber lo que pasa en la página siguiente antes que sus compañeros.
Las niñas se sienten identificadas con Nereida, quizá porque es una chica lista que  no se lo pone nada fácil al enamorado Fonchito. Los niños sienten que el chaval tiene un marrón considerable:  "ese no le da un beso ni en sueños".
Les digo que Fonchito sabía que darle un beso a Nereida en la mejilla no iba a ser tan fácil como había pensado. La verdad es que nunca creyó que fuera fácil:  es que Nereida le pide que ¡le regale la luna!
-Pero seño, ¡no hay ninguna escalera que pueda llegar a la luna! 

martes, 1 de abril de 2014

La Caperucita de Dauseda

 "La vida en sí es el más maravilloso cuento de hadas"
Hans C. Andersen

Una vez conocí a una niña que cuando iba a la escuela, siempre llevaba un abrigo de color rojo y una cestita de mimbre con el almuerzo.
Se llamaba Camino y tenía unos ojos muy negros y una boca que siempre estaba riendo …
A mis amigos y a mí, nos gustaba llamarla Caperucita…y ella estaba encantada con ser un importante personaje de cuento.
Cuando salíamos de la escuela, corríamos a refugiarnos en nuestro rincón favorito del bosque: “La Charca Verde”.
Allí, Camino nos contaba que un día que había ido sola, del interior de la charca había salido …¡un lobo enoooormeeee! Y abría tanto la boca cuando nos lo contaba que, nosotros, a coro, le decíamos:
_¡Camino, qué bocaaaa más grande tienes!
Y ella, sin previo aviso, se levantaba y echaba a correr , y poniendo una voz tenebrosa, como de lobo hambriento, nos gritaba:
_¡Es para comeros mejooooorrrrr!
…Y después reía…y reía…y todos teminábamos tirados por el suelo, muertos de la risa…
Mª José Vergel Vega

miércoles, 12 de marzo de 2014

El alma de Gepetto

Fachada de una librería en Urueña (Valladolid)
Hubo una vez un carpintero tan lleno de bondad que, un buen día, puso su alma en un muñeco de madera…
Como había sido creado con tanto amor, un Hada Buena sembró en su pecho una semilla de luz, de la que brotó un corazón de verdad…
El pequeño Pinocho, despertó a un nuevo mundo…pero ¡jopetas, todo era demasiado complicado!
Y como no tenía mucha experiencia, y se dejaba llevar  por los malos consejos, a veces, ¡le crecía la nariz! ¡Qué le vamos a hacer…traía ese defectillo de fábrica!
¿Queréis que os confiese un secreto? ¡Pero… me tenéis que prometer que no se lo diréis a nadie!
Pues…cuando era pequeña, cada vez que decía alguna mentirijilla me tocaba la nariz…por si acaso…porque mi abuela, que es muy sabia, me contaba que a veces, los cuentos se hacen realidad, igual que los  sueños…


Mª José Vergel Vega



miércoles, 5 de marzo de 2014

La otra Blancanieves

" Los cuentos hipnotizan porque acercan el mundo a los ojos.
 Es la primera mirada, la de la sorpresa, la del no sé qué se guarda...
 (Federico Martín Nebrás)


Los cuentos nos sirven para no perder la conexión con la infancia. Éstos que iré publicando los regalé a una niña el día de su Primera Comunión. Su mamá quiso ponerlos entre las flores que adornaban las mesas ese día tan especial para Loles.




Ahora sé que cuando uno es hermoso por dentro, se nota por fuera. Me lo dijo una vez un espejo que encontré en el desván de la abuela.Tras la tela que habían  bordado las arañas, noté que unos ojos  me observaban. Limpié el espejo con la manga… ¡creo que la araña se enfadó!Desde el interior del espejo, escuché una voz que me decía:

Si alguna vez vas al bosque, seguro que encuentras una casita pequeña, y puede que al entrar siete seres pequeñitos estén esperándote…”
_¡Hola!, ¿Hay alguien ahí?, pregunté curiosa…

Blancanieves me contó que sí que existen los príncipes azules y que , a veces, las historias de los cuentos se hacen realidad……y me contó también que un día, la Madrastra, cansada de volar en su escoba, se dio cuenta de lo aburrido que es ser mala…y que al mirarse en este mismo espejo mágico, que ahora sirve de casa a las arañas, se vio convertida en una ancianita bondadosa que cuenta hermosas historias a los niños, que como Loles o como yo misma, pasean alguna vez por los desvanes encantados de las abuelas…


Mª José Vergel Vega