viernes, 27 de febrero de 2026

Dejándome leer por Murakami

 



Hace tiempo que me atrae el universo de Murakami. Me hace plantearme de nuevo muchos de los temas universales de la historia de la humanidad y de la literatura. Con él me vuelvo un poco filósofa y me cuestiono constantemente.

En esta ocasión, me he dejado leer por La ciudad y sus muros inciertos, cuya lectura recomiendo.

¿Qué pasaría si no tuviéramos sombra? ¿Una tiene pruebas de su existencia gracias a su sombra? ¿Es mi mano la que escribe o es acaso su sombra quien dibuja estas palabras?

Para que la sombra exista, curiosamente, tiene que existir la luz. Los opuestos son tan necesarios como el aire que respiramos. Estamos hechos de opuestos.

Otra pregunta que me hago leyendo a Murakami es si las fronteras están ahí para arriesgarnos a cruzarlas o son una invitación a ponernos trabas los unos a los otros.

Seguro que todos hemos imaginado alguna vez una ciudad amurallada en cuyos dominios habitan unicornios y algún que otro monstruo que mantiene a raya a los enemigos. Ni siquiera lo imaginado nos sale como pensamos. Los paraísos están sobrevalorados.

El universo de Murakami es inquietante. El lector tiene la sensación de atravesar una delgada línea que separa lo real de lo imaginado. Los dos mundos se funden y nosotros, lectores indefensos, confundimos uno y otro porque: “Quizá el mundo se haya desvanecido al doblar la primera esquina”. Habitamos un mundo de sombras que alguien maneja a su antojo. Cuando no podemos sobrellevar la realidad que nos ha tocado en suerte, somos muy dados a construir mundos paralelos.

¿Dónde fue desterrado nuestro “ser real”? Quizá solo seamos viejos sueños de lo que un día fuimos como humanos, los seres más perfectos ─eso dicen los textos sagrados─ salidos del soplo de Dios.

A esos sueños de lo que éramos hay que despojarlos de sentimientos porque los poderosos los consideran “focos de infección”. Cuanto menos sientas, mejor te manejan. Y si nos privan de nuestros sentimientos, ¿qué somos sino sombras?: “el ser humano es un simple suspiro y su vida  una sombra que pasa” (Libro de los salmos).

 

En toda novela de Murakami hay una biblioteca, lugar en el que todo puede suceder. El amor  a los libros y la literatura atraviesa como un río toda la novela. Las bibliotecas son santuarios capaces de acoger a las almas en pena y sanarlas; incluso pueden reconciliarnos con nuestra sombra. Vamos a la biblioteca a huir del ruido del mundo, a vivir como anacoretas, a pensar, a darle vueltas a lo que importa, a interpretar lo que soñamos o nos sueña.

No podemos evitar sentirnos prisioneros del mundo que habitamos. ¿Será la solución marcharse lejos para encontrar una vida nueva y restañar las viejas heridas?

El mejor de los caminos puede estar cerca o lejos. Tenemos que encontrarlo por nosotros mismos. Algo así da a entender el Señor Koyesu a través de estas palabras: “…que tenga el coraje de vivir según sus propias coordenadas, en su propio mundo”…”Quizás la ciudad amurallada sea la conciencia que lo crea a usted como ser humano. Eso explica la versatilidad de sus contornos, la flexibilidad de su perímetro, con independencia de su pensamiento y de su voluntad…

Los muros entre realidad e irrealidad son muros inciertos, se reblandecen, pierden consistencia y por eso muchas veces lo real se nos torna irreal y viceversa. Lo real es mágico.

Da la impresión de que en la ciudad de muros inciertos no existe el tiempo. El reloj de la torre no tiene manecilla para que reflexionemos sobre la falta de sentido del tiempo.  

No todo el mundo está preparado para entrar en esta ciudad y recalar en su biblioteca con la misión sagrada de ser lector de sueños. Hace falta dañarse la vista para ver más allá. Para vivir hacen falta heridas.

En realidad, nuestro ser es un compendio de dos seres: el que quisimos ser y el que somos, en el que sin duda intervienen las circunstancias. Pero no todos tenemos el coraje de fusionar esos dos seres que nos permitiría encontrar el verdadero sentido de la vida, de nuestra vida.

La unión entre esos dos seres tiene lugar en la conciencia, aunque deberíamos escuchar también al corazón, pues es él quien decide  qué ser de los dos queremos ser.

En definitiva, que la realidad no es algo estático, sino que se halla sometida a un incesante devenir y: “¿no es en ese devenir donde se encuentra la esencia de toda historia? Yo así lo pienso”.

Mª José Vergel Vega

lunes, 16 de febrero de 2026

Dejándome leer por David Uclés

 



Son  muchas las páginas que se han ocupado de retratar aquella guerra civil, o incivil, por mejor decir.

Cuando comencé a leer «La península de las casas vacías», alguien con muy buen criterio lector, me dijo que no le pillaba el punto a ver este tema bajo el prisma del realismo mágico.

Ninguna guerra se suaviza con metáforas y demás figuras retóricas, ni imprimiendo a lo narrado un halo de magia o extrañeza. Lo que ocurrió fue tan horrible que ningún punto de vista puede anestesiar el sentimiento. Esa pátina de realismo mágico que recorre la novela de Uclés no hace sino acentuar lo macabro de la realidad. Es imposible olvidar aquel horror, incluso no habiéndolo vivido.

Leyendo estas páginas me he sentido  muchas veces acompañada por un conato de náusea en la boca del estómago. Náusea literal ante esa guerra entre hermanos que se arrancan el corazón como pájaros en busca de carroña. En la memoria me martillea ese encuentro entre Pablito y José, esos jóvenes hermanos que luchan en bandos contrarios, a los que se lleva por delante los estigmas de las tres heridas a las que aludía el poeta de Orihuela.

Magistral David Uclés. «La península de las casas vacías» es una novela de lectura obligada para aquellos a los que nos obsesiona el tema de la guerra civil. Ójala dejemos de alimentar de una maldita vez tantos discursos de odio.

Mª José Vergel Vega

martes, 10 de febrero de 2026

Febrero de cigüeñas

 



La cigüeña es un ave símbolo de fertilidad. Son fieles a los lugares que habitan temporada tras temporada.

Cada año ─mucho antes ya de la onomástica que reza en el dicho de “por San Blas, cigüeñas verás” ─regresan a sus nidos desde tierras más cálidas en las que han pasado los rigores del invierno.

Las torres de nuestras iglesias no serían las mismas sin el crotorar de estas aves que preparan el gazpacho como los más reputados chefs.

San Isidoro y otros estudiosos nos dicen de ellas que son un símbolo de “piedad filial”. Pocas aves como ellas se dedican con tanta atención  a la cría de sus hijos.

Mitológicamente, la cigüeña estaba consagrada a Juno, diosa del matrimonio.

Has de saber, cuando veas una cigüeña, que la vida está próxima a renovarse, a ofrecernos días de cálida esperanza.

Vengan o no vengan por San Blas, en clase hemos abierto nuestras puertas a las cigüeñas este mes de febrero. Tenemos ya unas cuantas acomodadas en unos nidos artesanos que han hecho los alumnos/as de Infantil y Primer Ciclo de Primaria de la actividad de Fomento de la Lectura del CEIP Batalla de Pavía de Torrejoncillo.

Os dejo unos versos que hice para esta actividad.

¡Buen provecho, grumetes de las palabras!


CIGÜEÑA  PATEÑA

Conozco una cigüeña,

pate pateña,

que subida en la torre

su pata enseña.


Yo sé de una cigüeña,

pate pateña,

que cuando llega el día

peina sus greñas.

 

Me gusta la cigüeña,

pate pateña,

que sale de mañana

y va a la aceña.

 

Se baña la cigüeña,

pate pateña,

y pesca con el pico

ramas pequeñas. 

 

Volando la cigüeña,

pate pateña,

regresa a su nido


risu risueña.

 

Se oye a la cigüeña

pate pateña,

haciendo su gazpacho

desde la peña.

 

Por San Blas las cigüeñas,

pate pateñas,

vuelven al campanario:

son lugareñas.

Mª José Vergel