Cuanto más leo, más me
convenzo de que son los libros los que nos leen y no al contrario.
Leyendo esta historia epistolar
de Susanna Tamaro me he sentido vulnerable, como si alguien estuviera contando
mi propia vida. Continuamente me preguntaba de qué me conocía a mí esta señora
para dejarme tan al descubierto.
Dejaré por aquí algunas de
las cuestiones que me ha planteado su lectura.
¿Nuestra vida hubiese tomado
los mismos derroteros si nos hubieran dado otro nombre? El nombre imprime carácter, pero también duda, desconcierto,
¿Buscamos ser invisibles o
se nos impone serlo? De lo que sí estoy
segura es de que ser invisible es bastante doloroso en algunas ocasiones.
Hija de finales de los años
sesenta del pasado siglo ─tiene bemoles cómo suena esto ─sin móviles, sin
pantallas, alma libre en medio del campo. Mis puntos de anclaje y de evasión
eran los pocos libros que tenía a mi alcance. Desde bien pequeña, cuando necesito
algo de abrigo, recurro a la poesía.
A este respecto, en la
deriva melancólica de la adolescencia, descubrí a Salvatore Quasimodo y me
aprendí como un mantra los versos que
aquí cita Chiara:
«Todos
estamos solos en el corazón de la tierra,
atravesados
por un rayo de sol:
y
de pronto es de noche»
Hermosos y terribles. Tan pronto estamos aquí como dejamos de estarlo.
Pues nada, que le doy la
razón a Susanna Tamaro y os digo que el viento sopla donde quiere y si se
levanta el solano para qué queremos más.
He cerrado el libro un tanto sobrecogida y me sigo preguntando qué podemos tener en común Susanna Tamaro y esta aprendiz eterna de tantas cosas. Misterios que seguro nunca resolveré o sí…con esto de la lectura nunca se sabe. Por si acaso, seguiré dejándome leer.
Mª José Vergel Vega

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