lunes, 20 de julio de 2026

Dejándome leer por Alejandro Palomas

 



Dicen que las bicicletas son para el verano. Y, añado: también las pilas de libros esperando ser leídos. Nada como este tiempo estival en el que la prisa se sosiega un poquito, para darse a la lectura como uno de los grandes placeres de la vida, al menos de la mía.

Entre las joyas que tenemos alojadas en nuestra Biblioteca Pública ─lástima que esté tan poco dinamizada─, se encuentra Esto no se dice de Alejandro Palomas.

Aviso a navegantes, que no es de esas lecturas livianas que puedas leer entre vuelta y vuelta  mientras tomas el sol en la piscina. La historia de Palomas incomoda por la verdad tan dolorosa que encierra.

Alejandro Palomas se abre en canal para contarnos que él fue un niño violado y abusado por uno de los religiosos, que lo que debería haber hecho sería educarlo y respetar el territorio sagrado de la infancia.

Una se pregunta cómo se puede superar algo tan terrible, aunque lo correcto sería tal vez cuestionarse cómo se puede recuperar alguien después de haber vivido tanto horror. Lo más fácil hubiera sido echarse a morir, no dar oportunidades a una vida que tan poco te había cuidado. ¿Cómo puede la Santa Madre Iglesia y todos sus ministros mirar para otro lado, dando cobijo a quienes vulneraron el cuerpo y el alma de niños inocentes?

Pese a todo, siempre hay razones para seguir adelante. Hay a quien le cuesta toda una vida confesar aquello que no había que decir porque las víctimas se sienten sucias y culpables del proceder del verdugo. Nunca preguntemos a una víctima  por qué ahora. Cada cual cuenta cuando está preparado. Nadie sabe los desiertos, los mares enfurecidos  que ha tenido que atravesar para contar algo tan terrible, tan inconfesable, pues: “Recordar es arriesgarnos a despertar al monstruo que habita en la herida”.

¿Cómo puede un niño atreverse a contar el horror, la vergüenza a la que lo somete uno de sus educadores? ¿Hay algún camino para desechar el asco que produces en los demás sin ser tuya la culpa?

La respuesta es que hay caminos, aunque haya que transitarlos  despacio, dando traspiés en muchos casos.

En ese tránsito están las manos de una madre, su mirada sanadora, su paciencia infinita, acompañando en el dolor y en la esperanza. Como dice el autor, menos mal que las madres están sobre todo cuando ya no están.

Fundirte en la mirada de tu perro cuando duerme, sentir su cálida presencia a tu lado. Animalizarnos con él, pues en ese proceso nos sentimos capaces de volver a confiar en quienes somos, en aceptarnos y querernos.

Y escribir, porque escribir siempre ha sido terapéutico: “Escribo para que la luz no se apague, esa es la verdad”. La palabra escrita y leída nos salva de los naufragios, del dolor insoportable que produce vivir cuando la herida es tan profunda. Las palabras nos conceden ese atisbo de luz que nos permite intuir que en algún momento tendremos “esa habitación propia” en la que estar a salvo. Las palabras cauterizan las heridas. Hay libros que parece que alguien escribió pensando en nosotros, tal es la manera en la que nos reconocemos en ellos. Esas historias nos hacen saber que no estamos solos, que hay que seguir peleando por ser hombres y mujeres libres y sagrados.

¡Qué duro, qué necesario contar desde lo más profundo del sufrimiento, qué inyección de esperanza para quienes no acaban de encontrar un faro que los ilumine!

Y vuelvo a repetir qué sinrazón y qué absoluta vergüenza que religiosos que han abusado y violado a niños tengan hoy una vejez plácida, amparados mezquinamente por la Iglesia.

Lo que no se nombra, no existe. Por eso, gracias a los que se atreven a nombrar porque a la par que conjuran el horror, hacen la vida más verdadera.

Mª José Vergel Vega

1 comentario:

  1. Gracias por tu recomendación Mª José y totalmente de acuerdo contigo en tu reiteración.

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