miércoles, 22 de abril de 2015

Hija de la palabra

Foto Internet

No sólo de pan vive el hombre, pues son otras las cosas que calman el hambre y la sed del sentimiento.
Toda mi vida me recuerdo rodeada de libros, de historias de nunca acabar, del yo no te digo ni que sí ni que no, de la canción del ternerito al que apartaban de su madre, de los cuentos que inventaba la mía exclusivamente para mí, de las historias que escribía la abuela en el libro de la vida…
Aún hoy, cuando se ha cumplido una buena parte de mi caminar por el mundo, creo que en cualquier momento una ondina de hermosura insuperable y cabellera dorada, va a asomarse a aquella ventana de la Casa de las Sirenas, y he de verla peinarse, lánguidamente, con un peine de oro.
Si soy como soy es porque los libros, las palabras que los conforman, me han ido moldeando. Soy hija de la palabra y de las infinitas formas  en que aquella se manifiesta y nada de lo que pase a mi madre me es ajeno.
Me consta , porque los conozco como conozco a los de mi sangre, que ningún libro quiere acabar en el Cementerio de los Libros Olvidados. Los cadáveres de palabras amontonados unos encima de otros, dan una pena infinita y no hay bastantes cruces para recordarlos.
No quiero historias prisioneras de un tiempo al que arrancaron el corazón. ¡Yo quiero palabras aladas, que vuelen de estante en estante, que vayan de mano en mano! ¡Que Don Quijote baile con Mme. Bovary y la Cenicienta tenga derecho a perder su zapato de cristal a la hora que le apetezca , porque los hechizos no tienen por qué desaparecer nunca!

domingo, 19 de abril de 2015

Haikus para una tarde de Abril

Torre de la Iglesia de Dauseda




Y Dios resiste,
guardián de la tarde,
sobre la torre.

Mª José Vergel Vega

viernes, 17 de abril de 2015

El hombre que escuchaba a los grillos

Ismael Serrano en el Gran Teatro de Cáceres, 7 de Marzo 2015. Foto de Mª José Vergel Vega

Aquella noche conocimos al hombre que escuchaba a los grillos.
Hasta el lugar donde reposaba, fuimos llegando caminantes  exhaustos del camino de los días; las espaldas transidas, como es condición natural de cada Sísifo.
Un hombre, bajo un manto de estrellas, escuchaba a los grillos con una guitarra en la mano. Es posible que estuviera componiendo la canción más hermosa del mundo. A ratos  corregía con vehemencia alguna nota juguetona que se le iba de las manos.
De pronto, el aire se llenó de acordes. Nos invitaba la noche, serena y estrellada, a sentarnos y descargar las mochilas sobre la alfombra agradable de la hierba.
La vida duele tanto que necesita de noches estrelladas y canciones que llevarse al alma. Es el hombre que escuchaba a los grillos quien nos las regala, y nos habla del amor y de la ira, del recuerdo justo del pasado y de la esperanza en el futuro, de las pérdidas necesarias para entender la vida y cabalgarla hasta quedarnos exhaustos.
No cesa el canto de los grillos, y la noche se va llenando cada vez más de estrellas y luciérnagas. El hombre sigue con su ofrenda de canciones; ahora le habla de desamor a mi corazón. Comprendo que son necesarias las canciones amargas para que el mundo gire hacia nuevos horizontes, agarrarse a otras caderas y rogar a las musas que destapen el tarro de los versos.
Yo, que apenas sé nada de la vida, sino que me da miedo que el tiempo siga pasando, imparable, y un día no muy lejano, no me reconozca en el espejo. Por eso, doy gracias al hombre que llegó ligero de equipaje para encendernos la noche y llenarla de canciones sanadoras, cuyas notas  dejan escrita en las  estrellas la promesa de que volveremos a encontrarnos en el camino.
El hombre se aleja tranquilo y se lleva con él el canto de los grillos. Es hora de alimentar los sueños y, al abrigo de una nota juguetona, que me traje prendida en el pelo, duermo acunada por el sonido de sus pasos al marcharse y la promesa de una historia que palpita en el vientre de las caracolas.

Mª José Vergel Vega



viernes, 10 de abril de 2015

Los mendigos de París

Pont de les Arts. Foto de Paqui Cabello Calvo


¿Por qué habiendo estado en la que posiblemente sea la ciudad más bella del mundo, habiéndome hecho miles de fotos con el fondo de los lugares más emblemáticos, lo que anoto en mi diario es que incluso en París, una de las ciudades que más glamour desprende, también hay mendigos que me causan una desazón terrible?


"Me temo que escribo como mirando a otro lado" (A. Sáez Delgado)

Los mendigos de París duermen descalzos en las aceras, acurrucados sobre las rejillas que exhalan un aliento caliente y pegajoso.
Quizá sueñan con el tiempo feliz en que el útero materno los protegía y calentaba. Y mientras sueñan, intentan olvidar la certeza de que el nuevo día nacerá ya viejo y gastado, como sus harapos.
Y cuando el sol o la lluvia los despierten, volverán a coger sus cosas tan mugrientas como sus vidas, esos zapatos a los que les sale la tristeza por los costados; los abrigos que no abrigan; las colillas refumadas; la tos y los esputos, y caminarán encorvados porque llevan toda la desazón del mundo a las espaldas.
Los mendigos de París tienen porte de pintores a los que los turistas impúdicos regatean el precio de un  retrato en la Place du Tertre.
Los mendigos de París fueron perdiendo los sueños por las bocas malolientes de los metros, entre las notas de un acordeón que les llora entre los dedos.
Entre tanta belleza que llevarnos a los ojos, los mendigos nos recuerdan que la vida se nos puede poner brava cuando menos lo pensemos. Y se rascan y lamen sus heridas sin importarles nuestra presencia; y nosotros que, ¡maldita sea!, nos quejamos de vicio, tapamos nuestras narices para no oler su miseria.
Los mendigos de París conviven con la belleza estremecedora de los Puentes del Sena, y miran con añoranza los bateaux-mouches que se deslizan lentos por el río gris...En sus ojos , la estela de un amor muy viejo.
Uno de ellos, arrastra a duras penas su mala suerte, y tira de un carro remendado donde lleva todo cuanto posee, unos enseres abollados y sucios. Cruza lento por el Pont de les Arts y se detiene ante los candados de los enamorados. Al pasar junto a él me dio la impresión de que tenía algo que decirme; pero no soy capaz de detenerme, sigo caminando porque me da miedo que pueda darme una explicación que justifique su vida fuera , del que nosotros llamamos, orden social. Sigo caminando porque tengo pánico de reconocer en voz alta que yo también soy responsable de que él duerma encima de una rejilla de aire caliente; de reconocer que soy culpable de que ese mendigo, que es mi semejante, se muera de hambre, de frío y de asco en la ciudad más bella del mundo.

Mª José Vergel Vega

lunes, 6 de abril de 2015

Fonchito y la luna

Una escena de Fonchito y la Luna. Foto de Mª José Vergel Vega

Para que un cuento sea considerado sublime, ha de llegar por igual a un niño que a un adulto. Al menos esa es mi humilde opinión.
La lectura de un cuento ha de proporcionar momentos mágicos, y sólo los buenos cuentos los hacen posibles.
Una de estas tardes viví uno de esos momentos.  El cuento que tenía entre las manos llevaba por título Fonchito y la luna, una joya magistral y entrañable de Mario Vargas Llosa, que sabe contar de la manera más dulce la historia del primer beso entre Fonchito y Nereida, para quien el chico fue capaz de bajar la luna.
A los niños les encanta que les hables de besitos entre amigos del cole. La palabra beso tiene entre ellos cierto magnetismo. Tal es la atracción, que sus ojitos sonríen y se les abre la boca de una manera preciosa. Alguno que otro no puede estarse quieto en el cojín: ¡Seño, es que mi amigo imaginario no ve bien los dibujos del cuento! La niña que tengo al lado hurga con sus deditos a ver si es capaz de saber lo que pasa en la página siguiente antes que sus compañeros.
Las niñas se sienten identificadas con Nereida, quizá porque es una chica lista que  no se lo pone nada fácil al enamorado Fonchito. Los niños sienten que el chaval tiene un marrón considerable:  "ese no le da un beso ni en sueños".
Les digo que Fonchito sabía que darle un beso a Nereida en la mejilla no iba a ser tan fácil como había pensado. La verdad es que nunca creyó que fuera fácil:  es que Nereida le pide que ¡le regale la luna!
-Pero seño, ¡no hay ninguna escalera que pueda llegar a la luna! 

sábado, 28 de marzo de 2015

Por el mar de la tarde ...(Tercera entrega)

Imagen de internet

No iban a ser menos mis niños de Educación Infantil, a los que cada día el duendecillo Biblonio les trae historias que deja, sigiloso, en su Caja Roja. Hoy, estos versos, alegres y rimados, pretenden llegar navegando a la mismísima Biblonia.

Por las aguas de la tarde
Adrián va navegando,
cuando escucha a un marinero
que al viento le va gritando:

_¡Adrián, asómate a la proa,
que llegará una canoa
en la que navega Alberto
que es un niño muy despierto!

Cuando ya clarea el día
se despierta Ana María,
que a César ve a lo lejos
mirar con su catalejo.

_¿Aquel que viene en bajel,
no es el marino Ezequiel?
_Según dice el catalejo,
parece el pirata Héctor,
que viene con Isabel
a bordo de un buque inglés.

En cuanto ha llegado Izan
al capitán avisan:
_¡Debéis de tener cuidado
porque el mar está enfadado!

_¡Arría las velas, tú,
le dice a Manuel Jesús,
que se acerca una tormenta
y hay que tenerlo en cuenta!

jueves, 26 de marzo de 2015

Breve reflexión sobre el desencanto


Quizá a todos nos interconecte de alguna manera la decepción ante el  mundo, o dicho de otra manera: somos quijotes luchando a brazo partido contra los molinos del desencanto.
Sucede que a veces pasamos por los lugares que habitamos sin fijarnos en quienes tenemos al lado. Si hablamos de dignidad, que la pidamos para nosotros y para el prójimo.
Si todas las circunstancias nos llevan a la interconexión, ¿por qué nos empeñamos en no querer saber nada los unos de los otros?
Para saber quiénes somos y qué pintamos en el lienzo del mundo, cada cual hemos de emprender nuestro particular descenso a las cloacas de la existencia, si no, no podremos confesar que hayamos vivido.
 Vivir es navegar hacia Ítaca, larga y pausadamente. Y pensar que por difícil que sea la singladura, y aunque nos sintamos marineros solos, siempre habrá algún faro que nos alumbre.
 Y  aunque cuando uno fracasa siente mucho frío, la vida consiste en atreverse, en echarle bemoles, por más que haya momentos en que  nos pese demasiado , como aquel abrigo de astracán.
Mª José Vergel Vega

martes, 24 de marzo de 2015

Por el mar de la tarde... (Segunda entrega)

Ésta está siendo una semana llena de versos . El poemita, rimado y alegre, que os dejo a continuación lo hice para inocular el virus maravilloso de la poesía a mis niños de Segundo Ciclo de Primaria a los que intento cada día animar a leer y a disfrutar con lo que leen. 


Por las aguas de la tarde
un barco va navegando,
a bordo  unos marineros
que los mares van surcando.

Nada más cerrar los ojos
comienza la singladura,
y en un barquito de nuez
vivirán mil aventuras.

¡Jony, asómate a la proa,
que parece que a lo lejos,
me lo dice el catalejo,
se divisa alguna cosa!

Corre que te corre Jony
se presenta de inmediato,
y al mirar al horizonte
ve saltar ¿un ballenato?

¡Nerea, asómate ,pronto,
creo que veo a Moby Dick!
¡Deja lo que estés haciendo
y corre presto hacia aquí!

-Nerea que está leyendo
muy tranquila en la cubierta,
deja el libro solitario
y corre a la proa, presta.

Aquel barquito de nuez
de pronto, se tambalea
y ambos los marineros
por el fondo del mar bucean.

Casi se quedan sin aire
y allá en el fondo del mar,
una sirena muy linda
los ha venido a buscar.

Dice llamarse Victoria,
es coqueta y muy valiente;
 les presenta al dios Neptuno
que no suelta su tridente.

sábado, 21 de marzo de 2015

Por el mar de la tarde...


Hay días que para una aprendiz de poeta no pasan inadvertidos. Uno de esos días es el  Día de la Poesía. Es preciso que en la Escuela reivindiquemos la poesía y que hagamos partícipes de ella a nuestros alumnos. Para que mis aprendices de poeta se zambulleran con gusto en el mar de los versos, una tarde, en la alfombra de los cuentos, les hice este humilde poema , rimado y alegre, en el que "¡salen ellos!".

Por las aguas de la tarde
Ainhoa va navegando,
cuando escucha a un marinero
que en el viento va gritando:

¡Ainhoa, asómate a la proa!
por allí verás a Alberto
que es un niño muy despierto.

Remando  viene Alejandro
que le gusta viajar en balandro.

Por el mar de la tarde larga
la calma llega con Carla.

¡Carlos Andrés! ¿Aquel  bajel
lo ves o no lo ves?
-Yo sólo veo a Celeste
que vive en el Suroeste.

¡Oh! ¿Qué es aquello que gira?
¿Será la bailarina Elvira?
¡Que venga el  Pirata Hugo
que a todo le saca jugo!

martes, 17 de marzo de 2015

Caminar para ser libres

Madre del Agua (Grimaldo) Foto de Mª José Vergel Vega

Por cuestiones técnicas no pude colgar estas humildes palabras que me vinieron a los dedos después de disfrutar de la ruta Cabezón-Grimaldo. Lo hago ahora y pido a mis compañeros disculpas por la tardanza.

Las rutas de los domingos por la mañana se están poniendo de moda irremediable y gratamente. Ya hemos programado unas cuantas desde la Asociación de Amas de Casa “María Inmaculada” de Torrejoncillo.  ¡Y las que nos quedan, porque se lo debemos a ese grupito “cincuentón”, y que no se me ofenda nadie, porque el adjetivo hace honor al número de personas que nos reunimos para andar los caminos sagrados  del domingo. Nada tiene que ver el calificativo con la edad de los caminantes, pues tenemos la dicha de contar con gente de todas las edades, incluso con dos locos bajitos y sus dos perritos.
Y es que cada vez somos más los que sentimos la llamada de nuestros campos, tan hermosos en cualquier época del año, incluso en invierno.
Serían innumerables las razones por las que uno tiene que probar la sensación de echarse a los caminos.
Por citar algunas, las que a servidora le enganchan, les diré que, al tiempo que  ponemos en forma el cuerpo, el corazón siente con mucha más intensidad, lo cual es muy bueno en los tiempos que corren.
Caminando se aprende a respetar a la naturaleza, que nos acoge siempre con sus mejores galas. Aprendemos a escuchar el canto de los pájaros, una de las mejores bandas sonoras que conozco, acompañados sus trinos con el titilar de las hojas con el viento. Cada vez que salimos al campo, disfrutamos de una sinfonía diferente, sólo hay que dejarse llevar y caminar como si nada importara, como si nunca fuera a llegar el lunes con sus malos modos .
A los aprendices de poetas se nos ocurren versos por el camino. Siempre hay algún duendecillo despistado o alguna musa que deja enganchada sus alas entre las ramas de los alcornoques. Cuando tropiezo con algún verso lo que hago es almacenarlo en la mochila; claro que a veces cuando llego a casa no están allí, tienen el defectillo de ser invisibles y escurridizos. Más de uno me ha dicho alguna vez que los vieron prendidos en las bocas de las hormigas, pero ese ya es cuento para otro día.