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No sólo de pan vive el hombre, pues son otras las cosas que
calman el hambre y la sed del sentimiento.
Toda mi vida me recuerdo rodeada de libros, de historias de
nunca acabar, del yo no te digo ni que sí ni que no, de la canción del
ternerito al que apartaban de su madre, de los cuentos que inventaba la mía
exclusivamente para mí, de las historias que escribía la abuela en el libro de
la vida…
Aún hoy, cuando se ha cumplido una buena parte de mi caminar
por el mundo, creo que en cualquier momento una ondina de hermosura insuperable
y cabellera dorada, va a asomarse a aquella ventana de la Casa de las Sirenas,
y he de verla peinarse, lánguidamente, con un peine de oro.
Si soy como soy es porque los libros, las palabras que los
conforman, me han ido moldeando. Soy hija de la palabra y de las infinitas
formas en que aquella se manifiesta y
nada de lo que pase a mi madre me es ajeno.
Me consta , porque los conozco como conozco a los de mi
sangre, que ningún libro quiere acabar en el Cementerio de los Libros
Olvidados. Los cadáveres de palabras amontonados unos encima de otros, dan una
pena infinita y no hay bastantes cruces para recordarlos.
No quiero historias prisioneras de un tiempo al que
arrancaron el corazón. ¡Yo quiero palabras aladas, que vuelen de estante en
estante, que vayan de mano en mano! ¡Que Don Quijote baile con Mme. Bovary y la
Cenicienta tenga derecho a perder su zapato de cristal a la hora que le
apetezca , porque los hechizos no tienen por qué desaparecer nunca!





