viernes, 11 de diciembre de 2020

DICIEMBRE DE SILENCIO

 




Hasta esta playa de espuma y caracolas, a la que me retiré del mundanal ruido, llegan los ecos de las palabras de pregonero y oferente. Han bañado lentas mis pies y llegaron envueltas en los sones de un solitario tamborilero recorriendo las viejas calles de Torrejoncillo, mi pueblo amado.

¡Seamos luz y testigos del acontecer de cada día! ¡Vayamos del alborozo al silencio! ¡Vayamos de la pena al gozo de existir en las cosas invisibles de la vida, esas que duermen en la vuelta de los bolsillos, como pequeñas miguitas de esperanza! Seamos uno mismo y, a través del otro, vayamos del yo al nosotros. No hay mayor dicha que la de vivir en los pronombres; esa es la verdadera esencia del ser humano.

Gracias a los dos, Cristina y Pedro Luis, por esas palabras que desencriptan la esencia de la verdadera Encamisá, porque no hay una única Encamisá, sino muchas y todas son válidas . Gracias por reivindicar esa fiesta oculta que cada cual llevamos dentro y que sólo sale a la luz cuando escarbamos en su prodigio a través de la palabra. Sólo existe aquello que se nombra.

Somos tiempo enamorado, y así es como debemos caminar el sendero que nos va labrando el día a día, a través del amor. Es así como el fin justifica nuestro principio, es así como sentimos que nos nacieron para llevar a cabo la hazaña más importante: ¡VIVIR! Que no se nos olvide, es a eso a lo que hemos venido a este mundo.

Siempre hay alguna promesa hecha a una mujer anciana a la que llevamos tatuada en el alma , que así pasen años sin cuento, nos la recuerda las hojas muertas de un devocionario dormido en el fondo sin fondo de un caja polvorienta.

Vuestras palabras nos han desnudado el alma y, lejos de sentirnos desprotegidos y avergonzados por la desnudez, nos hemos visto de lleno en el paraíso, abrigados de sentir verdadero.

Sólo se ve con claridad a través de la mirada del corazón. La razón al desnudo, en la mayoría de las ocasiones, produce monstruos. Que nuestro mayor empeño sea detener lo efímero de la vida,  vivir pendientes de las estrellas; aquel que no sepa o se niegue a hacerlo, no ha vivido en absoluto.

Hasta esta isla de silencio y caracolas, llegan aún los ecos de esa hermosa llamada a vivir la Encamisá y la vida desde la autenticidad, sabiendo que necesitamos el silencio para reencontrarnos con lo que somos, sabiendo que estamos hechos de cachinos de quienes tenemos al lado. El mundo se quedaría a oscuras si quienes nos rodean no contasen en nuestro yo, si nos arrancásemos las piezas que nos completan.

Cuando el verbo se hace carne, hay palabras que crean de nuevo el mundo, la percepción que tenemos de lo que nos rodea, el manto ancestral que recubre nuestro presente. 

El pregón de Pedro Luis, ese teatrero con corazón de niño, nos invitó a ser luz y testigos de vida. A proyectar en los otros nuestra luz y a recoger la que emane de su fanal, para que jamás se apague la antorcha del amor verdadero. La ofrenda de Cristina llevaba aroma de flor y silencio, e insistió en ralentizar nuestro existir para disfrutar de lo importante, sin urgencias vanas. Uno y otro nos legaron un presente de amor.

De las palabras de ambos nos puede sorprender la forma, la puesta en escena, pero no el fondo, porque somos muchos los que ya vivíamos la Encamisá de esta manera, desde dentro, arañando las entrañas hasta sentir el latido de un corazón enamorado que nos pacifica.

Edifiquemos nuestra casa sobre lo importante. Pedro Luis y Cristina han puesto un pedazo de arcilla en nuestras manos. Es nuestro deber pasarlo por el torno de ese corazón y construir un Diciembre de silencio y de escucha. De nosotros depende volver a la esencia de lo que somos y sentimos como pueblo.

Mª José Vergel Vega

 

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