lunes, 5 de septiembre de 2016

Barruntos


Me llega el barrunto de la luz extraña de tus ojos. Ahora que tan pronto nos invade la penumbra y el cuerpo se acomoda a este letargo impreciso, preludio, tal vez,  de la muerte.
Algo está pasando a lo que no sé poner nombre. Cuando nadie me observa, me da por escribir versos adolescentes que hablan  de un amor trasnochado; de un amor que nació entre manchas de tinta y el soniquete cansino de las tablas de multiplicar.
Rebusco en mi caja de palabras y no encuentro las precisas; así las cosas, termino por decirte que tus ojos son tan tristes como la tarde que se marcha.
Me vuelvo hacia la ventana, y me devuelve un paisaje en el que no me reconozco. Todo en esta tarde triste lo engulle la maleza, la ruina lo acaba todo…los olivos son fantasmas que ríen mi dolor.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Septiembre y los pájaros



     Contemplo el tiempo detenido en las alas extendidas de los pájaros…
     Hubo un tiempo alegre y despreocupado en el que con los dedos tocabas el paraíso.
     Aún tenías sus manos, como escudos que te protegían, aún te envolvía su sonrisa…y nunca era demasiado tarde.
     En ese tiempo, las mañanas tenían el olor del pan recién hecho, y el mundo se presentaba ante tus ojos como recién creado.
     Guardabas el tiempo, prisionero, entre los poros inertes de la piedra…el tiempo que se hacía silencio…las horas que quedaban quietas en las esferas de los relojes.

domingo, 28 de agosto de 2016

Los ojos de Paul Auster


 …Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar”
(Peces de ciudad, Joaquín Sabina)

     Creedme cuando os digo que es muy recomendable, tener a mano unos ojos como los de Paul Auster. Espero que sigáis mi consejo, porque sé de lo que hablo. Unos ojos como esos, pueden ser necesarios para echar a andar cada día; o mejor, para no perder, en algún embate inesperado, las alas de la ilusión.
     Esa que cotillea mis cuadernos y que ustedes conocen igual que yo, había dejado  Leviatán, olvidado encima de la mesa. A servidora le gusta leer y mucho, pero los autores norteamericanos no han sido nunca santos de mi devoción lectora. Pero, sólo por los ojos que tiene este tal  Auster, me empeñé en hacer el esfuerzo.
     Confieso que la experiencia resultó fascinante. De todas formas, para ser honesta, os diré que hacia la página sesenta, o tal vez antes, estuve tentada de abandonar la aventura; pero mi orgullo de lectora convencida le dio un manotazo al mal pensamiento y continué…y continué, y… ya no pude dejarlo hasta el final.
     Me dejé envolver por una trama impecable, hecha de casualidades que, bien pensado, no son tales. Todo está perfectamente conectado, ni sobra nada ni hace falta nada; y todo, con un ritmo narrativo perfecto.
     A través de los dos escritores protagonistas de la historia, Peter Aaron y Benjamín Sachs, el propio Auster se nos hace presente en la novela.
     Leviatán,  comienza con una fórmula potente, de esas que hacen lectores: “Hace seis días un hombre voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin”.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Estío en gris mayor


No sabría expresar con precisión la relación tan especial que me une a Julia. En ocasiones, los personajes que uno crea se vuelven tan reales que cuando los dejas marchar, te duelen terriblemente en el alma. Hoy no pude por menos que escribirle estas palabras de añoranza.

Querida Julia:
Apenas acabas de irte y ya te echo de menos. Sin duda, nadie me entiende como tú, sólo a ti podía contarte la historia de las penas de cada día.
 Sólo tus manos cosían de manera adecuada mis heridas.
Me pregunto qué estarás haciendo ahora, a solas con ese Sandokán rubio del Yoni que, bruto y todo, siempre estuvo por tus huesos.
Te recuerdo deambulando por la casa, buscando la palabra precisa para opinar sobre lo divino y lo humano.
 Soy un corazón cansado que te extraña.
Nunca pensé que diría esto, pero fueron tantos años a tu lado, que la vida se me ha ido pintando de gris sin el cascabeleo de tu risa.
¿Acaso me robaste la caja de las palabras antes de marchar a tu isla de caracolas? Ando buscándolas y puse la casa patas arriba. No hay ni rastro de ellas. Puede ser también, no me hagas caso, que se las haya tragado este mundo loco que no nos deja sosiego. Tú sabes que yo no puedo vivir sin las palabras. Ellas llenan cada rincón de mi pecho, son mi sístole y mi diástole, mi alfa y mi omega. Desde que te marchaste no encuentro la manera de que me bajen a la mano, andan en mi cabeza hechas una maraña que me tortura y me hace sentir vulnerable.
Cachito de mis entrañas, ¿será que formas parte de mí?, de esa niña que aún me habita de cuando en vez y que abrazo ahuyentando la desesperanza.

jueves, 21 de julio de 2016

Pájaros en la cabeza


El verano es también tiempo de reencuentros con lecturas que nos llevan a las puertas de un tiempo azul y despreocupado.
Cada vez estoy más convencida de que somos en gran medida aquello que leemos.
Hay libros que están irremisiblemente ligados a una época de nuestras vidas y volver a tenerlos en nuestras manos es tener el coraje de revivir aquello que nos resultó placentero, desoyendo las voces que nos advierten que no debiéramos tratar de volver a los lugares en los que fuimos felices.
Escribo en mi Cuaderno de Hadas que desde que Alfanhuí puso su mundo en mis manos, sé que las abuelas tienen cintura de almendro, y que los desvanes en los que crecimos “están llenos de sueños”. De hecho, si hoy escribo historias, es gracias a los desvanes y alacenas oscuras donde vivían ratones y culebras, aliados de los mayores, con los que nos asustaban cuando nos tomábamos la justicia por nuestras manos inocentes. Hoy esbozo una sonrisa al recordarlo, porque difícilmente pueden convivir ratones y culebras en un cuarto cerrado, ya que las segundas darían buena cuenta de los primeros, pero no es menester decir que los pocos años nos eximían de saber ciertas cosas.
Alfanhuí sabe de la importancia de las palabras y de los colores. Desde muy niño supo que el fuego es capaz de encender miles de historias.
Guardo mi Cuaderno en la mochila y me dispongo a emprender el camino de la mano sabia de Alfanhuí. Soy una mendiga cubierta con los harapos del tiempo…y el grito de los alcaravanes se estrella contra las colinas somnolientas de mi alma: ¡Al-fan-huí…al-fan-huí… En uno de los bolsillos remendados palpo, de vez en cuando, una culebra de plata para las noches sin luna.
Se van marchando las tardes estivales mordiendo con gula las esquinas de la memoria. Digo: ¡Al-fan-huí! y viene a mí un tiempo de risas y llantos, de sentimientos subidos a una noria descontrolada, en que íbamos y veníamos alocados por los pasillos del instituto entre la tabla periódica de los elementos, las declinaciones latinas, mi odio declarado a las matemáticas y el cruce nervioso con unos ojos especiales antes de entrar en clase.

domingo, 17 de julio de 2016

Los peces del frío

Foto de Lorena Cabello Vergel

Nunca me dejaron ser caracola, en la que encerrar para siempre las letras de tu nombre.
Lo nuestro fue  un amor a destiempo que tejió sus hilos entre los charquitos en los que iban ahogándose los besos.

 Una vez estuve llena de sueños que iban y venían en las alas de las mariposas.
¡Ahí va la loca- decían- a la que una vez prometieron la luna, la que escondía versos en los bolsillos rotos!

A duras penas, la vida, sigue  rodando entre las piedras.

Cuando cae la noche y te recuerdo,  hay peces de frío bogando entre las nubes.


Mª José Vergel Vega


jueves, 7 de julio de 2016

El agua que nos lleva

Dibujo de Juli Cabello Vergel
Os dejo el relato que el jurado del  III Concurso de Relatos Encadenados organizado por la Plataforma de Radios Escolares de Extremadura- Radio Edu, ha tenido a bien declarar ganador en la categoría libre. Lo mejor de todo ha sido reencontrarme de nuevo con el buen hacer de tanta gente buena como hay en el IESO "Vía Dalmacia", al que siempre consideraré mi casa.



Lo había intentado en más de una ocasión, pero era superior a sus fuerzas. Siempre volvía a martillazos, sordos y continuos, aquella noche de elefantes en que navegaron aguas arriba.
Incesante, el hilo de voz con que él quería aferrarse a la vida, gota a gota, le taladraba las sienes: “Ésta es el agua que nos lleva”.
No pudo hacer otra cosa que dejarse ir con la corriente, asido de su mano. Ante sus ojos, la caravana de elefantes amarillos continuaba su periplo hacia ninguna parte.
Nada fue igual a partir de aquella noche. Sin saber cómo, anda a cada rato con su nombre mordido entre los labios, apartando a manotazos los recuerdos que, como algas resecas le nublan los ojos.
Quizá tras el invierno cese la lluvia y él regrese de nuevo al mundo de los vivos y con sus manos de titán moldee , para los dos, una nueva tierra.


 Mª José Vergel Vega

miércoles, 11 de mayo de 2016

Federico y la tierra


"La soledad de Federico". Versos de amor heridos de Teatro Jachas.
Debió ser muy doloroso morir de noche, cuidando de no hacer ruido para no despertar a la Madre Tierra.
Los que mueren de noche, se marchan pisando estrellas. Ellos saben que la tierra los espera con su vientre húmedo, oscura madre de los desamparados, de los que fueron empujados a sentir el dolor inmenso de morir a cielo abierto.
Federico tuvo cuidado de no despertarla con sus lágrimas.
De sus ojos brotó un agua silenciosa que apagó el fulgor de las luciérnagas. Dicen que los grillos oscuros de la noche cerraron su boca con besos extraños. 
Cuentan, los que viven al abrigo de la noche, que el lucero del alba tomó para sí la luz verde de sus ojos, antes de que la sinrazón los cegara con sus dedos de plomo.
Después vino un tiempo en el que el ruiseñor entretuvo sus días rescatando sus versos, limpios como el agua.
El viento sabe que aquella noche no perfumaba el aire el aroma somnoliento de los dondiegos. Había un olor a selva, a tierra virgen que despertaba de corrientes subterráneas.
Cada vez que muere un poeta, la tierra inventa refugios de arcilla y luciérnagas, vasijas funerarias que las raíces amasan para acoger a los que mueren en sombra para no violentar a las criaturas de la noche.
Dicen las falenas y otros testigos insomnes, aquellos que se levantaron sobre el plomo, que desde entonces la tierra mece tu sueño, con un rumor incesante de versos que nacen heridos de amor.
Hace tiempo que tomé por costumbre sentarme sobre la tierra y, a noche abierta, amasar con mis manos tu recuerdo.
En el cáliz de las rosas está escrito que, alguna de esas noches, él derramó sobre mí la miel de sus versos.

Mª José Vergel Vega


martes, 10 de mayo de 2016

Flor de jaguarzo


Blanca, tan blanca,
temblando en la mañana:
Flor de Jaguarzo.
Mª José Vergel Vega

domingo, 1 de mayo de 2016

María Libertad


Sé de una mujer que proclama a los cuatro vientos que nació el año en que la República vio la luz en nuestro país; aquel tiempo en el que la gente se echaba a la calle para celebrar que éramos más libres y que un futuro luminoso abría sus puertas de par en par.
No sin dificultades, a esta niña le pusieron María Libertad, porque nació republicana y trabajadora. Cuenta, con su sonrisa imborrable, que acompañaba a su padre cada primero de Mayo y se manifestaba con alegría; levantando el puño y cantando las coplas que reivindicaban pan y dignidad para los obreros explotados.
María Libertad vivió una guerra siendo muy niña, y vio quemar con su hermana Francisca, con todo el dolor de su corazón banderas republicanas y hasta, relata, que quisieron quemarles el vestido rojo que llevaban puesto.
María Libertad caminaba las calles recogiendo cachinos de pan para matar el hambre; porque ella, cuenta, ha pasado mucho. Pero cuanto más grandes eran las dificultades, más se crecía y más luchaba para que nadie le pisara sus ganas de vivir y de habitar un mundo en el que todos nos tratáramos con respeto y en el que todos tuviéramos nuestra ración de paz.
María Libertad no se detuvo ante las adversidades, apretó los dientes y encaró con valentía, como la mujer luchadora que siempre ha sido, lo que la vida le mandaba, porque la vida a ratos es dulce  pero otros nos devora  a dentelladas.
María Libertad, mujer de mil oficios. Benditas tus manos que fregaron dobles, ventilaron matanzas, guisaron comidas de quintos. Manos que hicieron picón, que fueron a la siega. Manos que asistieron a muchos en el momento de la muerte, María camposantera.
María Libertad de eterna sonrisa, la mujer que no conocía descanso, porque sabía que cuando llegara a casa no le esperaba el reposo del guerrero, con quince hijos tenía que lavar mucha ropa hasta las tantas de la madrugada.
María Libertad, madre, republicana y socialista, mujer a la que tenemos que agradecer tantas cosas, porque se ha dado a los demás olvidándose de sí misma.
Gracias por tu ejemplo, por no rendirte nunca, por ir sembrando sonrisas, por dar por los demás hasta lo que no tenías. Por eso no debe extrañarte que todos en este pueblo al que adoras te quieras condeliriu y sólo tengan palabras hermosas hacia ti.