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martes, 27 de septiembre de 2016
lunes, 5 de septiembre de 2016
Barruntos
Me llega el
barrunto de la luz extraña de tus ojos. Ahora que tan pronto nos invade la
penumbra y el cuerpo se acomoda a este letargo impreciso, preludio, tal
vez, de la muerte.
Algo está
pasando a lo que no sé poner nombre. Cuando nadie me observa, me da por
escribir versos adolescentes que hablan
de un amor trasnochado; de un amor que nació entre manchas de tinta y el
soniquete cansino de las tablas de multiplicar.
Rebusco en
mi caja de palabras y no encuentro las precisas; así las cosas, termino por decirte
que tus ojos son tan tristes como la tarde que se marcha.
Me vuelvo
hacia la ventana, y me devuelve un paisaje en el que no me reconozco. Todo en
esta tarde triste lo engulle la maleza, la ruina lo acaba todo…los olivos son
fantasmas que ríen mi dolor.
miércoles, 31 de agosto de 2016
Septiembre y los pájaros
Contemplo el tiempo detenido en las alas
extendidas de los pájaros…
Hubo un tiempo alegre y despreocupado en
el que con los dedos tocabas el paraíso.
Aún tenías sus manos, como escudos que te
protegían, aún te envolvía su sonrisa…y nunca era demasiado tarde.
En ese tiempo, las mañanas tenían el olor
del pan recién hecho, y el mundo se presentaba ante tus ojos como recién
creado.
Guardabas el tiempo, prisionero, entre los
poros inertes de la piedra…el tiempo que se hacía silencio…las horas que
quedaban quietas en las esferas de los relojes.
domingo, 28 de agosto de 2016
Los ojos de Paul Auster
“…Y cómo huir cuando no
quedan islas para naufragar”
(Peces de ciudad, Joaquín Sabina)
Creedme
cuando os digo que es muy recomendable, tener a mano unos ojos como los de Paul
Auster. Espero que sigáis mi consejo, porque sé de lo que hablo. Unos ojos como
esos, pueden ser necesarios para echar a andar cada día; o mejor, para no
perder, en algún embate inesperado, las alas de la ilusión.
Esa que
cotillea mis cuadernos y que ustedes conocen igual que yo, había dejado Leviatán,
olvidado encima de la mesa. A servidora le gusta leer y mucho, pero los
autores norteamericanos no han sido nunca santos de mi devoción lectora. Pero, sólo
por los ojos que tiene este tal Auster,
me empeñé en hacer el esfuerzo.
Confieso que la experiencia resultó fascinante. De todas formas, para
ser honesta, os diré que hacia la página sesenta, o tal vez antes, estuve
tentada de abandonar la aventura; pero mi orgullo de lectora convencida le dio
un manotazo al mal pensamiento y continué…y continué, y… ya no pude dejarlo
hasta el final.
Me dejé
envolver por una trama impecable, hecha de casualidades que, bien pensado, no
son tales. Todo está perfectamente conectado, ni sobra nada ni hace falta nada;
y todo, con un ritmo narrativo perfecto.
A través
de los dos escritores protagonistas de la historia, Peter Aaron y Benjamín
Sachs, el propio Auster se nos hace presente en la novela.
Leviatán, comienza con una fórmula potente, de esas que
hacen lectores: “Hace seis días un hombre
voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin”.
miércoles, 17 de agosto de 2016
Estío en gris mayor
No sabría expresar con precisión la relación tan especial que me une a Julia. En ocasiones, los personajes que uno crea se vuelven tan reales que cuando los dejas marchar, te duelen terriblemente en el alma. Hoy no pude por menos que escribirle estas palabras de añoranza.
Querida
Julia:
Apenas
acabas de irte y ya te echo de menos. Sin duda, nadie me entiende como tú, sólo
a ti podía contarte la historia de las penas de cada día.
Sólo tus manos cosían de manera adecuada mis heridas.
Sólo tus manos cosían de manera adecuada mis heridas.
Me pregunto
qué estarás haciendo ahora, a solas con ese Sandokán rubio del Yoni que, bruto
y todo, siempre estuvo por tus huesos.
Te recuerdo
deambulando por la casa, buscando la palabra precisa para opinar sobre lo
divino y lo humano.
Soy un corazón cansado que te extraña.
Soy un corazón cansado que te extraña.
Nunca pensé
que diría esto, pero fueron tantos años a tu lado, que la vida se me ha ido
pintando de gris sin el cascabeleo de tu risa.
¿Acaso me
robaste la caja de las palabras antes de marchar a tu isla de caracolas? Ando
buscándolas y puse la casa patas arriba. No hay ni rastro de ellas. Puede ser
también, no me hagas caso, que se las haya tragado este mundo loco que no nos
deja sosiego. Tú sabes que yo no puedo vivir sin las palabras. Ellas llenan
cada rincón de mi pecho, son mi sístole y mi diástole, mi alfa y mi omega.
Desde que te marchaste no encuentro la manera de que me bajen a la mano, andan
en mi cabeza hechas una maraña que me tortura y me hace sentir vulnerable.
Cachito de
mis entrañas, ¿será que formas parte de mí?, de esa niña que aún me habita de
cuando en vez y que abrazo ahuyentando la desesperanza.
jueves, 21 de julio de 2016
Pájaros en la cabeza
El
verano es también tiempo de reencuentros con lecturas que nos llevan a las
puertas de un tiempo azul y despreocupado.
Cada
vez estoy más convencida de que somos en gran medida aquello que leemos.
Hay
libros que están irremisiblemente ligados a una época de nuestras vidas y
volver a tenerlos en nuestras manos es tener el coraje de revivir aquello que
nos resultó placentero, desoyendo las voces que nos advierten que no debiéramos
tratar de volver a los lugares en los que fuimos felices.
Escribo
en mi Cuaderno de Hadas que desde que Alfanhuí puso su mundo en mis manos, sé
que las abuelas tienen cintura de almendro, y que los desvanes en los que
crecimos “están llenos de sueños”. De hecho, si hoy escribo historias, es
gracias a los desvanes y alacenas oscuras donde vivían ratones y culebras,
aliados de los mayores, con los que nos asustaban cuando nos tomábamos la
justicia por nuestras manos inocentes. Hoy esbozo una sonrisa al recordarlo,
porque difícilmente pueden convivir ratones y culebras en un cuarto cerrado, ya
que las segundas darían buena cuenta de los primeros, pero no es menester decir
que los pocos años nos eximían de saber ciertas cosas.
Alfanhuí
sabe de la importancia de las palabras y de los colores. Desde muy niño supo
que el fuego es capaz de encender miles de historias.
Guardo
mi Cuaderno en la mochila y me dispongo a emprender el camino de la mano sabia
de Alfanhuí. Soy una mendiga cubierta con los harapos del tiempo…y el grito de
los alcaravanes se estrella contra las colinas somnolientas de mi alma:
¡Al-fan-huí…al-fan-huí… En uno de los bolsillos remendados palpo, de vez en
cuando, una culebra de plata para las noches sin luna.
Se
van marchando las tardes estivales mordiendo con gula las esquinas de la
memoria. Digo: ¡Al-fan-huí! y viene a mí un tiempo de risas y llantos, de
sentimientos subidos a una noria descontrolada, en que íbamos y veníamos
alocados por los pasillos del instituto entre la tabla periódica de los
elementos, las declinaciones latinas, mi odio declarado a las matemáticas y el
cruce nervioso con unos ojos especiales antes de entrar en clase.
domingo, 17 de julio de 2016
Los peces del frío
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| Foto de Lorena Cabello Vergel |
Nunca me
dejaron ser caracola, en la que encerrar para siempre las letras de tu nombre.
Lo nuestro
fue un amor a destiempo que tejió sus
hilos entre los charquitos en los que iban ahogándose los besos.
Una vez estuve llena de sueños que iban y
venían en las alas de las mariposas.
¡Ahí va la
loca- decían- a la que una vez prometieron la luna, la que escondía versos en
los bolsillos rotos!
A duras penas, la vida, sigue rodando entre las piedras.
A duras penas, la vida, sigue rodando entre las piedras.
Cuando cae
la noche y te recuerdo, hay peces de
frío bogando entre las nubes.
Mª José Vergel Vega
jueves, 7 de julio de 2016
El agua que nos lleva
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| Dibujo de Juli Cabello Vergel |
Os dejo el relato que el jurado del III Concurso de Relatos Encadenados organizado por la Plataforma de Radios Escolares de Extremadura- Radio Edu, ha tenido a bien declarar ganador en la categoría libre. Lo mejor de todo ha sido reencontrarme de nuevo con el buen hacer de tanta gente buena como hay en el IESO "Vía Dalmacia", al que siempre consideraré mi casa.
Lo había intentado en más de una ocasión, pero era superior
a sus fuerzas. Siempre volvía a martillazos, sordos y continuos, aquella noche
de elefantes en que navegaron aguas arriba.
Incesante, el hilo de voz con que él quería aferrarse a la
vida, gota a gota, le taladraba las sienes: “Ésta es el agua que nos lleva”.
No pudo hacer otra cosa que dejarse ir con la corriente,
asido de su mano. Ante sus ojos, la caravana de elefantes amarillos continuaba
su periplo hacia ninguna parte.
Nada fue igual a partir de aquella noche. Sin saber cómo,
anda a cada rato con su nombre mordido entre los labios, apartando a manotazos
los recuerdos que, como algas resecas le nublan los ojos.
Quizá tras el invierno cese la lluvia y él regrese de nuevo
al mundo de los vivos y con sus manos de titán moldee , para los dos, una nueva
tierra.
miércoles, 11 de mayo de 2016
Federico y la tierra
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| "La soledad de Federico". Versos de amor heridos de Teatro Jachas. |
Debió ser muy doloroso morir de noche, cuidando de no hacer ruido para no
despertar a la Madre Tierra.
Los que mueren de noche, se marchan pisando estrellas. Ellos saben que la
tierra los espera con su vientre húmedo, oscura madre de los desamparados, de
los que fueron empujados a sentir el dolor inmenso de morir a cielo abierto.
Federico tuvo cuidado de no despertarla con sus lágrimas.
De sus ojos brotó un agua silenciosa que apagó el fulgor de las luciérnagas.
Dicen que los grillos oscuros de la noche cerraron su boca con besos
extraños.
Cuentan, los que viven al abrigo de la noche, que el lucero del alba tomó para
sí la luz verde de sus ojos, antes de que la sinrazón los cegara con sus dedos
de plomo.
Después vino un tiempo en el que el ruiseñor entretuvo sus días rescatando sus
versos, limpios como el agua.
El viento sabe que aquella noche no perfumaba el aire el aroma somnoliento de
los dondiegos. Había un olor a selva, a tierra virgen que despertaba de
corrientes subterráneas.
Cada vez que muere un poeta, la tierra inventa refugios de arcilla y
luciérnagas, vasijas funerarias que las raíces amasan para acoger a los que
mueren en sombra para no violentar a las criaturas de la noche.
Dicen las falenas y otros testigos insomnes, aquellos que se levantaron sobre
el plomo, que desde entonces la tierra mece tu sueño, con un rumor incesante de
versos que nacen heridos de amor.
Hace tiempo que tomé por costumbre sentarme sobre la tierra y, a noche abierta,
amasar con mis manos tu recuerdo.
En el cáliz de las rosas está escrito que, alguna de esas noches, él derramó
sobre mí la miel de sus versos.
Mª José Vergel Vega
martes, 10 de mayo de 2016
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